Maestro en fugas

martes 18 de marzo de 2008 1:00

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=lhepAvTCie4]

Pocos personajes históricos llaman tanto la atención a los amantes de las artes escénicas como el escapista Harry Houdini. Vean el vídeo de ahí arriba y díganme si no les parece insuperable el sentido del espectáculo que este mal llamado "mago" confería a todas sus actuaciones, y eso en una época en la que al marketing como concepto aún le quedaba mucho para ser inventado. Pero la cuestión es que ese hombre lograba reunir a grandes masas en todas sus actuaciones, cada una más espectacular si cabe que la anterior.

Y así hasta llegar al momento de su muerte, todavía un misterio hoy día, de la cual lo único que se sabe a ciencia cierta es que decidió realizar una última actuación tras un ataque de apendicitis (causado por una paliza o por un envenenamiento, dependiendo de las fuentes) y a cuarenta de fiebre. Lejos de acabar ahí su carrera y sus trucos, el tipo aún consiguió un tour de force más espectacular si cabe al revelar a su mujer un código secreto que le serviría para contactar con ella desde el Más Allá. Lo curioso del asunto es que Houdini se había pasado media vida denunciando a los más variopintos mediums y espiritistas de la época, lo cual le costó la amistad de Sir Arthur Conan Doyle (el creador de Sherlock Holmes), su antagonista en la vida pública sobre estos temas. Así que, para evitar que otros espiritistas se beneficiaran de su figura una vez fallecido, Houdini extrajo diez palabras precisamente de una carta de Doyle y se las confió a su mujer antes de morir: le dijo que cualquier ectoplasma que intentara ponerse en contacto con ella debía pronunciar esas palabras para verificar su autenticidad. Y parece que lo consiguió, a tenor de una carta de Bess Houdini (su mujer) tras una scéance con el espiritualista Reverendo Arthur Ford: "Regardless of any statements made to the contrary, I wish to declare that the message, in its entirety, and in the agreed upon sequence, given to me by Arthur Ford, is the correct message pre-arranged between Mr. Houdini and myself." Hubo bastante controversia al respecto, pues algunos medios hablaron de una confabulación entre Ford y la viuda de Houdini, pero lo que es innegable es que Harry Houdini tenía una visión para promocionar su negocio muy adelantada a su tiempo. Tanto, que aún hoy se habla de él como "el mago más grande de todos los tiempos".

Yo siempre he creído que de hecho su éxito se debía a que sabía venderse muy bien al público. Ya saben, si el envoltorio resulta lo suficientemente atractivo al final tampoco importa tanto lo que se vende. Repasando el vídeo del principio del post queda claro lo que digo, pero también reconozco que lo que logró este hombre tuvo mucho mérito. Y además, ayer me topé con el vídeo justo tras leer un párrafo de un libro en el que Houdini tiene una relevancia especial. ¿Coincidencia? Tal vez algo de mago sí que tuvo, y ahora mismo me imagino a su espíritu tronchándose a mi lado y plenamente satisfecho por ver cómo su campaña de marketing anticipado me está obligando a dedicarle este post.

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Actores reivindicativos

miércoles 6 de febrero de 2008 1:00

El domingo me perdí la ceremonia de los Goya (voluntariamente, dicho sea de paso) y por tanto ignoro si aconteció algún hecho fuera de lo normal. Seguramente tampoco lo habríamos visto dado que la retransmisión se pasó con seis minutos de retraso, no fuera que largaran contra el gobierno entre premio y premio, pero digo yo que los responsables tampoco tenían demasiado que temer teniendo en cuenta que en las Españas ahora mandan los de izquierdas. En cambio, en la gala de los premios Max de teatro que se celebró un día más tarde no faltaron las consignas reivindicativas contra la Conferencia Episcopal, la Iglesia en general y el PP en particular. Incluso en las entrevistas post-match se pudo ver a actrices de la talla de Vicky Peña rajar de la confabulación judeomasónica liderada por el clero y la derecha.

Como siempre que se montan estos 'saraos' no puedo evitar preguntarme si debe existir algún actor o miembro del grupo de la farándula que vote al PP o que sea de derechas. Me lo imagino ahí, agazapado en su butaca, mientras toda la platea va coreando lo del "¡No a la guerra!" y él uniéndose al canto general en voz baja y con cierta timidez, por aquello de no quedar mal (no sea que me enfoque la cámara), mientras piensa para sí mismo que en este país hace falta más mano dura y un par de presidentes como Aznar para meternos a todos los díscolos en cintura.

Yo no sé si existen los actores de derechas, en realidad. A veces creo que para afiliarte al sindicato te deben pedir el carné de comunista o, como mínimo, de miembro del PSOE. Si no, ni obras de teatro, ni series, ni películas, ni premio. También me da la sensación, en cambio, que muchos de los que militan políticamente cuando recogen su premio en realidad lo hacen por seguir la corriente; seguro que más de uno pasaría olímpicamente del asunto pero, como siempre, el corporativismo actoral puede más que la discreción individual. Aunque la lógica dicta que entre tanto abstencionista que hay en este país a algún actor le tocará, ¿no?

Hablando hipotéticamente, de existir la modalidad actor/votante del PP no veo porqué debería reprimirse a la hora de recoger sus premios. Al igual que los demás llevan todos sus lacitos rojos y sus adhesivos pacifistas, el intérprete facha podría acudir con una pegatina en la solapa que rezara (nunca mejor dicho) "sí a la Conferencia Episcopal y a la familia tradicional" o "Rouco, tú vales mucho". Cuando saltara al escenario, en vez de gritar un "¡sí a la guerra!", que queda feo, siempre podría entonar un "por un Bagdad libre: ¡Bush estamos contigo!" o algo similar. Se puede perder el talante, pero no las formas. Intuyo de todas maneras que este personaje, en el caso de que sea real, debe ser de los que dice que "pasa de política" entre su círculo de amistades de profesión, al igual que los locutores de Madrid dicen que son todos del Atlético, no sea que en el próximo reparto de premios no le toque ni la pedrea, y al final tenga que pasar a diputado derechista para llegar a fin de mes. Cosa que, teniendo en cuenta lo mucho que se quejan los actores, casi representaría un mejor sustento de cara al futuro. A no ser que sean precisamente los que más gritan los que consiguen los mejores puestos en la Academia y puedan vivir del momio mucho mejor que los políticos, que ya es decir. En tal caso, presumo que el farandulero pepero no sólo no se calla sino que encima es de los que más gritan cuando se trata de rajar del partido de la gaviota. Aunque luego lo vote en la intimidad, que es donde los de derechas alivian sus vicios privados.

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La importancia de un buen final

sábado 3 de noviembre de 2007 1:00

¿Alguna vez les he confesado que odio los finales sorpresa? Ya sean en libros, en películas o en obras de teatro, el hecho de que una historia cuente con un final sorpresa implica que el autor lo apuesta todo a ese final, a ese efecto que nos dejará con las mandíbulas caídas, hipotecando el resto de la narración sólo para conseguir un último impacto en la mayoría de casos artificioso. En cine, por ejemplo, desde que salió el "Sexto Sentido" abundan las películas que intentan emular a M.Night Shyamalan en su capacidad de sorpresa, plagiándolo sin pudor pero quedándose siempre a una gran distancia. Incluso él mismo se plagia, cosa que ya es bastante triste, pero tal es la escasez de ideas entre los creadores actuales. Y sí, en aquella película el final era redondo y hacía replantearte el resto de la historia, pero muchos parecen olvidar que si ese final en concreto funcionaba tan bien era porque el guión no basaba en él toda la gracia del film, sino que lo integraba en el argumento para dar un sentido nuevo a la historia que el director estaba contando, o mejor dicho para desvelar al espectador cuál era la auténtica historia que nos estaba contando.

Personalmente a mí me parece un buen final el de Volver a Empezar, de Ken Greenwood, o el de En la Boca del Miedo, de John Carpenter, con esa carcajada final que difumina la línea entre la cordura y la locura más absoluta, o mejor entre ser una persona real o un personaje de un libro de Sutter Cane. En ambos casos no se trata de finales sorpresa, sino más bien de una forma ambigua de cerrar el círculo narrativo dejando el paso definitivo de la interpretación de los hechos a cargo del lector/espectador. Es decir, que estos finales estimulan las neuronas y tratan al receptor como un ser inteligente, sin necesidad de dárselo todo masticadito y con un "¡oh!" saliendo de su garganta, pero tampoco llegando a los niveles de abstracción de un Lynch, por ejemplo, sólo aptos para mentes privilegiadas. Por eso, y permítanme que me ponga pesado, "El Orfanato" falla más que una escopeta de feria: lo encara todo al presunto final sorpresa y cuando éste llega y nos damos cuenta del sentido del argumento la decepción es mayúscula.

Pero si ya resulta peligroso un giro argumental y sorpresivo en la ficción en la vida real la cosa se me antoja prácticamente intolerable. Estoy pensando en el tan comentado caso de la pareja en la que tanto él como ella eran infieles a su cónyuge a través de internet. Él chateaba con su hipotética musa virtual poniendo a parir a su mujer y ella hacía lo propio con su marido gracias a su confidente internauta. El día en que ambos se citaron con sus amantes de la red en el mundo real y descubrieron que se trataba de ellos mismos imagino que se sintieron como los protagonistas de una mala película de serie "B" con final sorpresa. Y aunque en este caso la auténtica clausura de la historia es de las que a mí me gustan, de las que te hacen pensar en cómo evolucionarán las cosas a partir de ahí (¿volverán a enamorarse al descubrir que su media naranja virtual coincide con la real? ¿se divorciarán al comprender ambos que su pareja le ha sido infiel, aunque fuera con ellos mismos? ¿se suicidarán al unísono al comprender que son un caso perdido?), admito que ser la víctima de un final sorpresa es una de las mayores putadas que puede depararte el destino. Aunque la sorpresa sea para bien, pues te sigues sintiendo como una marioneta en manos del azar.

Y más si tenemos en cuenta que nuestra existencia es un continuo cerrar y abrir de etapas inconclusas (es decir, con un final que deja un signo de interrogación que ineludiblemente queda en nuestras manos o en las de otro, por lo que ya deberíamos estar acostumbrados a este tipo de finales abiertos) y que el inevitable final de la vida de cada uno -El Final con mayúsculas- constituirá, si todo va bien, una sorpresa para nosotros mismos. En realidad, éste sería el único caso en el que un final anunciado puede resultar peor que el tan sobado final sorpresa hollywoodiense.

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Me gusta el fútbol

miércoles 13 de junio de 2007 2:00

Alguno pensará que no he escogido la fecha más adecuada para lanzar un titular como éste, siendo como soy de vocación culé, pero es que desde la debacle del sábado no paro de recibir comentarios del tipo "es que a ti en realidad no te gusta el fútbol" cada vez que intento levantar la moral de la tropa. Ciertamente, mis intereses principales en la vida discurren por otros caminos, pero me niego a que me excluyan de la tribu futbolera sólo por la visión cerrada y monolítica que algunos tienen del Deporte Rey. En el otro bando tengo a los amigos presuntamente "cultos", esos que sólo se interesan por el cine, el teatro o la literatura, y que opinan que el deporte no es más que el opio del pueblo y en general sólo apto para mentes inferiores. Contra unos y otros me rebelo en este post, y pienso demostrar que entre el teatro de pedigrí y el fútbol hay muchas más similitudes de las que se puedan percibir a primera vista, y que por tanto personas con aficiones diversas pueden compatibilizarlas sin ningún tipo de inconveniente y sin caer en una contradicción interna.

Tomemos a Shakespeare como ejemplo y analicemos la actual situación del Barça, que por momentos adquiere tintes de tragedia Shakespeariana y que todo amante del melodrama debería poder apreciar en su justa medida: por un lado tenemos la figura del Rey Lear, ese monarca que, debido a su avanzada edad, decide preparar su sucesión al trono pero que de pronto se ve traicionado por sus herederas y se encuentra más solo que la una. La soledad del poder cuando van mal dadas es un tema fascinante que ha dado pie a mil y una novelas y argumentos cinematográficos, y no sería del todo descabellado identificar a Joan Laporta, actual mandamás azulgrana, con esa figura de un ser todopoderoso derrotado y abandonado por todos (espérate a leer los periódicos del verano, amigo Joan) a la que la tortilla ha dado la vuelta. También podríamos identificar a los periodistas y representantes deportivos como una metáfora futbolera de las brujas de Macbeth, las "hermanas fatales" que conspiran en la sombra para derrocar al poder establecido usando todas las artimañas a su disposición. ¿Acaso pueden hallarse en una novela de Le Carré tramas conspiratorias más elaboradas que las campañas orquestadas por la prensa con tal de cargarse al establishment futbolero, siempre con la connivencia de los representantes de los jugadores, que sacan tajada de cualquier portada incendiaria que insinúe un traspaso de algún crack? ¿Y qué me dicen de los partidos en sí? Últimamente los choques sobre el césped se asemejan a las luchas de gladiadores del circo romano, y las batallas y estrategias desplegadas sobre el terreno de juego no tienen nada que envidiar a las épicas batallas que libró Enrique V. Tampoco podía faltar la comparación con Otelo, esa obra cumbre del género de traiciones, aunque nuestro Yago particular fuera de origen portugués (si bien su nombre también de dos sílabas rima con el de tan maquiavélico personaje) y no usara los celos como instrumento de su traición. Finalmente, el fantasma del pasado se cierne sobre las figuras de nuestros solitarios mandatarios, siempre obnubilados en su misión de intentar emular gloriosas épocas pretéritas (¿alguien dijo "Dream-Team"?), cual espectro paterno torturador del más célebre príncipe danés, ese Hamlet que se pregunta si debe ser o no ser, dilema de envergadura que apuesto trae actualmente de cabeza a nuestro actual mandatario.

Todo esto por no hablar de las intrigas palaciegas, propias de cualquier culebrón venezolano, de los desenlaces hitchcockianos de los campeonatos como el presente, o de la rivalidad / odio entre familias rivales (léase clubs de fútbol), que representan un fiel reflejo de las historias que Mario Puzzo y Francis Ford Coppola plasmaron en celuloide tan brillantemente a lo largo de su trilogía sobre la mafia italiana.

Visto pues el panorama, ¿cómo puede acaso alguien dudar que un aficionado como yo al séptimo arte, a las novelas de intriga, al teatro ("y del bueno", que diría Mourinho) y a las teleseries de origen más diverso no pueda sentir una atracción casi irresistible por el fútbol, y más tal y como está montado en nuestro país? El que no lo aprecia es sin duda porque aún no le ha sabido encontrar la gracia...

¿Y lo de ganar y perder? ¡Bah, eso no es más que la zanahoria para que la persigan los mediocres! La gracia está en el envoltorio, no en el contenido...

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Primadonnas

miércoles 31 de enero de 2007 0:01

Supongo que a día de hoy todo el mundo sabe que Volver fue la triunfadora de los Goya. E imagino que también estarán al tanto del desplante de Almodóvar para con los organizadores de la gala. El cineasta manchego dio ayer sus oportunas explicaciones, alegando que no acudió a la ceremonia "por agotamiento". Si ustedes se quieren tragar la excusa son bien libres de hacerlo, pero cualquiera que conozca la larga historia de cabreos recíprocos entre Almodóvar y la Academia de Cine Español sabrá que en el fondo la actitud del director responde más a una pataleta que a otra cosa. Intuyo además que se arrepiente de no haber acudido, pues para una vez que se lleva el lote gordo de los premios el tío va y se lo pierde. Pero ya se sabe, no hay como ser el enfant terrible del cine patrio como para permitirse estas poses de diva a la que sientes que alguien no te trata como te mereces.

Un caso similar sería el de Josep Maria Flotats, genio del arte escénico donde los haya, y otro que luce la actitud de panache a la que se coloca en el centro mediático. De todos es conocida la forma en que se largó del Teatre Nacional de Catalunya después de haberlo montado por desaveniencias con el poder convergente de la época (cuestión que él calificó de "traición"). Herido en su orgullo, partió hacia Madrid y nos "castigó" a todos los catalanes a no poder disfrutar de su talento salvo en contadas ocasiones hasta este año, momento en que ha decidido que ya nos puede perdonar la vida y regresar a la ciudad que le consolidó como mito teatral. Más o menos sus palabras han sido: "Las cosas duras necesitan su tiempo para pasar el duelo. Pero ya está todo superado y necesitaba volver a casa y actuar en la lengua de mi madre".

No seré yo quien ponga en tela de juicio las dotes artísticas de ambos señores (Almodóvar no me gusta nada pero en cambio Flotats sí), aunque sinceramente debo reconocer que me sobran sus comportamientos de primadonna. No sé qué cuernos ganan haciéndose el artista ofendido y castigador de masas, a no ser que se trate de engrandecer su propio personaje a ojos de los demás, y más teniendo en cuenta lo profesionalizado que está el mundo artístico hoy en día. Porque si Almodóvar jamás ha creído en los Goya no sé qué pintaba en las galas de hace diez años, cuando le daban un bofetón tras otro, y si Flotats cree que no nos merecemos su arte por haber escogido al gobierno de turno menudo momento de estabilidad política ha escogido para volver a reconciliarse con el pueblo catalán. Nada, que no cuela: el primero habría acudido a los Goya a recoger elogios de haber supuesto que arrasaría, y el segundo siente necesidad de que le vuelvan a regalar los oídos el amplio plantel de aduladores que en Barcelona siempre han besado el suelo que ha pisado. Nada que objetar en ninguno de los dos casos, pero a veces en la vida lo mejor es no montar grandes escenas "teatrales" para resolver los pequeños conflictos que podrían perfectamente solucionarse con normalidad.

Pero bueno, será que las grandes artes ya se prestan a este tipo de figuras, no en vano el concepto de primadonna surge de los ámbitos operísticos, y efectivamente todos conocemos algún que otro caso que demuestra la vigencia del término. Lo malo es que algunos adoptan actos propios de estas figuras sin haber alcanzado tal estátus, y entonces sus gestos grandilocuentes se pierden en lo anodino de su existencia, quedando ridículos y demostrando de paso una falta de clase total. Porque una cosa es que Almodóvar o Flotats nos obsequien con florituras propias de los mitos que son, y otra que el compositor de 'La Abeja Maya' se suicide a lo Kurt Cobain como si fuera un gran artista atormentado. Y por ahí sí que no paso.

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El Teatro ya no es lo que era

sábado 24 de diciembre de 2005 1:14

A través de mis servicios RSS recibo noticias de lo más insólitas, y en el 90% de los casos suelo ignorarlas a pesar de que muchas de ellas darían bastante juego en este blog. Intento seleccionar siempre la crème de la crème para que sus paladares, fieles lectores, puedan saborear una pequeña muestra de las cosas curiosas que suceden a diario en este mundo. A veces resulta difícil descartar ciertos acontecimientos (que estoy convencido de que harían las delicias de todos ustedes), pero intento aplicar un criterio riguroso a la hora de efectuar la selección definitiva porque considero que no se merecen menos. Sin embargo hay asuntos que de tanto en tanto se me quedan en el tintero y que, echando la vista atrás, intuyo haber cometido un error imperdonable obviándolas en esta página. Pero es evidente que, a ritmo de un comentario por día, tampoco puedo glosar un compendio de todas las subnormalidades que suceden en este pequeño planeta atiborrado de gente impresentable.

A pesar de todo, ocurre que de vez en cuando hay noticias "recurrentes" que aterrizan periódicamente en mi bandeja de entrada a medida que van evolucionando y que, a la larga, me resulta prácticamente imposible el no referirme a ellas. Tal es el caso de las nuevas que me llegan desde Dinamarca, en las que se menciona el tinglado organizado por los cazafantasmas del castillo de Hamlet. Parece ser que en tan insigne lugar el servicio que trabaja en las dependencias lleva un tiempo constatando ciertos fenómenos paranormales (velas que se encienden solas, puertas que se cierran de improviso y botellas de vino cayéndose de las estanterías) para los que no encuentran ningún tipo de explicación lógica. Tan acojonadas estaban las camareras que la dirección del castillo optó por contratar los servicios de una parapsicóloga/excorcista (no puedo evitar pensar en la viejecita enana de 'Poltergeist`) para erradicar el mal de este famosísimo enclave cultural. Ya hace un tiempo que me enteré del asunto y mentiría si dijera que la cosa no me dejó intrigado. Ocasionalmente pensaba en las pobres señoritas a las que les tocaba trabajar entre espectros (para que luego se quejen algunos de lo duras que son sus condiciones laborales), sufriendo por si alguna de ellas pudiera sucumbir ante los ataques de un ectoplasma cabreado. Pero los días pasan y, al cabo de unas semanas, me he enterado de que finalmente han conseguido desalojar los fantasmas de la antigua morada del príncipe danés. No se crean que la cosa ha sido fácil, no. Bien al contrario, han hecho falta meses de duro trabajo para eliminar hasta el último resíduo del más allá que pudiera esconderse en los oscuros rincones de la vivienda. En fin, bien está lo que bien acaba, y ahora todo el mundo respira feliz y contento porque las cosas han vuelto a la normalidad.

¿Todos? Bien, todos no. Porque si hacemos caso a la leyenda, el fantasma al que se acaban de cargar es ni más ni menos que el del padre de Hamlet. Y todos los que tengan una mínima noción acerca del argumento del texto original de Shakespeare sabrán el papel clave que semejante ser paranormal desempeña en la célebre tragedia. La verdad es que es un poco indignante ver el poco respeto que se tiene hoy en día por los iconos culturales que han forjado nuestra civilización. Para que me entiendan los no versados en la materia, esto es como si de "La Ratonera" de Agatha Christie (obra que lleva decenios representándose con éxito en Londres) eliminaran el personaje del inspector que, para más inri, acaba revelándose como el asesino de la obra. O como si del ahora exitoso "Método Grönholm" borraran por completo al ejecutivo sin escrúpulos al que da vida Jordi Boixaderas (en la versión catalana). ¿Cuáles serían las funestas consecuencias? Pues que no habría obra, simple y llanamente. Así que resulta imperdonable que un vulgar cazafantasmas venido a menos fulmine a tan noble personaje sin consultarlo con ningún experto en la materia (literatos y dramaturgos varios). Bastante dura debe ser la existencia post-mortem del caballero sabiendo que su propia mujer conspiró para asesinarlo y que su hijo, sangre de su sangre, estuvo en su día a punto de pasarse por la piedra a su esposa, como para ahora liquidarlo de una forma tan expeditiva como irreverente.

Si, en contra de lo que creíamos hasta ahora, el hombre consiguió sobrevivir a tan escabrosa historia familiar considero que se le debería de guardar un cierto respeto, dejándolo campar a sus anchas por lo que en su día fue su castillo. Aunque su presencia fastidiara a las sirvientas del lugar, caramba. Pero es evidente que hoy en día el teatro es una forma de entretenimiento en desuso (a las cifras de asistencia de público me remito) y ya nadie tiene la más mínima consideración por sus héroes, pretéritos o presentes... Definitivamente el teatro ya no es lo que era.

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Medidas para Popularizar la Ópera

miércoles 21 de septiembre de 2005 1:31

Si la semana pasada el genial Quim Monzó me sorprendió desde las páginas de La Vanguardia con su noticia acerca de una ópera en la que los actores aparecerían sobre el escenario fumando porros, invitando además a los asistentes a que les acompañaran (en un intento de llevar a cabo la máxima transgresión posible dentro del mundo operístico), acabo de enterarme de otra medida novedosa que a buen seguro atraerá a un nuevo público a las representaciones clásicas. Como mínimo a las de Wagner, porque en el Gran Teatro de Ginebra han decidido incluir en el reparto de 'Tannhauser' a una estrella del cine porno. Déjenme que me explique: no se trata de convertir el escenario en una versión con música clásica de "Jovencitas Ardientes 4", al más puro estilo Calixto Bieito, sinó de incorporar a un profesional del ramo para una escena en concreto en la cual su depurada técnica puede ayudar a la representación.

Por lo que cuenta el artículo, en el primer acto del evento debe realizarse un baile en el que atraviese el escenario un actor disfrazado de minotauro, pero con una peculiaridad: debe aparecer en escena con su miembro viril bien erecto, y en tal posición debe permanecer mientras se pasee sobre las tablas ante el respetable. Teniendo en cuenta la dificultad de la empresa, el director de la obra ha decidido optar por los servicios de un actor porno reconocido, dado que (y cito textualmente) "garantizar cada noche una ausencia de fallos no era posible más que con un profesional". Interesante medida, añado yo, para ampliar el abanico de asistentes al mundo lírico. Es bien sabido que el mundillo de la ópera goza de un ambiente más bien cerrado, en el que cualquier curioso que intente acudir por primera vez a un Gran Teatro siempre es visto con un cierto recelo. La prueba la tenemos en el Liceo de Barcelona, donde las juventudes de la ciudad han invadido las representaciones usualmente copadas por parejas de una cierta edad ataviadas con chistera y abrigo de pieles, y lo han hecho ni más ni menos que en chanclas y bermudas. La cantidad de quejas al respecto que he podido leer durante el último año en diversos rotativos ha provocado que un servidor, no demasiado amante de Verdi & Co. y que jamás ha pisado un recinto operístico en sus 32 años de existencia, posponga indefinidamente la visita a tan magno lugar. Además, por lo que me cuentan los que han tenido el privilegio de asistir a alguna representación, como no te sepas de cabo a rabo la función y aplaudas en el momento justo, o como se te ocurra toser en plena exhibición de la mezzosoprano, los compañeros de fila te fusilan con la mirada y sólo con suerte logras evitar que te echen a patadas.

Visto lo cual no deja de tener su gracia el tema del actor porno. ¿Se imaginan a las viejecitas del palco admirando con sus prismáticos las buenas dotes del minotauro? ¿Y a sus acompañantes, poniendo una cara de pasmo tan estirada que termine por hacerles caer el monóculo y de milagro no les provoque el infarto de miocardio definitivo? Sólo en semejante tesitura podría ocurrir que el jovenzuelo que se les sienta al lado en pantalón corto y con barba de tres días deba dirigirles la palabra para informarles de la personalidad a la que están viendo en el escenario, repasando por el mismo precio el currículum del actor en cuestión. Si esto no logra revolucionar el mundo de la ópera, ya nada lo hará.

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