El síndrome de James Dean

jueves 19 de junio de 2008 0:00

Nunca he entendido la obstinación de algunas personas con los temas que claramente los perjudican. "Me hace daño pero la quiero", "no me fío de estos políticos pero los voto", "este año no ganamos nada pero el domingo voy al partido" y un largo etcétera de ejemplos cotidianos que demuestran que el hombre no sólo es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, sino que también es al que más le gusta darse de cabezazos contra la pared hasta que asome la masa encefálica. Dada nuestra tendencia al masoquismo y la poca fiabilidad de nuestras promesas utópicas y nunca cumplidas ("mañana la dejo", "votaré a los otros", "me borro del fútbol") me pregunto si no será esta misma actitud la que nos llevará a nuestra extinción como especie. Como individuos lo tengo claro: fumamos y bebemos aunque sabemos que aumenta nuestras posibilidades de palmar pronto y mal, trabajamos una indecente cantidad de horas a la semana y nos comemos todos los marrones habidos y por haber aun siendo conscientes de que la empresa nos sustituirá por un becario imberbe a la que nuestro sueldo se salga de su presupuesto, nos autoengañamos con relaciones personales que no llevan a nada a pesar de que todos los indicios apuntan al desastre, corremos por la autopista sin cinturón de seguridad mientras hablamos por el móvil, compramos pisos a sabiendas de que no podremos hacer frente a las hipotecas...

A nivel genérico hay quien dice que nos estamos cargando el planeta pero nos da igual y otros sostienen que se acerca una guerra de civilizaciones y lo máximo que hacemos es entrenarnos con los First Person Shooters de la Playstation. Estas aseveraciones las pongo en duda porque ya no me fío ni de mi padre, después de que los agoreros de turno nos sablearan con la gripe aviar, con el efecto dos mil y con la sequía galopante hace tan sólo tres meses y los resultados a la vista están. Pero eso sí, intuyo que algo de cierto debe haber cuando tantas voces se ponen de acuerdo para sermonearnos día sí y día también. Vistas nuestras tendencias autodestructivas, no sería descartable que colectivamente la raza humana sea presa sin saberlo del conocido "síndrome de James Dean", a saber, el que dio origen a la lapidaria frase "vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver". Estamos programados para vivir el presente, y cualquier cosa que suponga pensar en nuestro futuro, aunque sea a cinco minutos vista, nos trae sin cuidado o lo relativizamos de tal modo que parece que nunca vaya a suceder. ¿Cuántos de ustedes son plenamente conscientes de su propia muerte? ¿Acaso no tienen la sensación de que, en el fondo, vivirán eternamente? Es irracional, sí, pero nuestra escasa imaginación nos impide de algún modo visualizar un universo en el que ya no existamos como individuos. Trasladando este razonamiento a escala planetaria, tal vez lo que nos convenga, dado que según muchos ya hemos llegado a un punto sin retorno, sea emular a Dean y pegarnos unas cuantas juergas hasta ver salir el sol, acelerar a fondo y aguardar al trompazo final. Puestos a palmar y dado que no tenemos remedio, al menos que sea con una sonrisa en el rostro, habiéndonos fumado el Amazonas y acabado con todo el hielo del Ártico a base de Martinis on the rocks. Eso sí, si puede ser que el leñazo cósmico se lo peguen nuestros tataranietos. No hay nada que siente mejor que ser un cortoplacista.

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Engendrando violencia

lunes 31 de marzo de 2008 2:00

Desde que tengo uso de razón que escucho a diestro y siniestro que las películas engendran violencia, que el fútbol engendra violencia, que las religiones engendran violencia, que la pobreza engendra violencia, que la COPE engendra violencia... cualquier excusa es buena para erradicar la culpa del tío que coge un machete y se carga a su esposa, del hooligan que revienta con un bate de béisbol el cráneo de otro, o del quinceañero que aparece en su escuela de Oklahoma con un AK-44 y decide eliminar de la faz de la tierra a sus compañeros de curso. No me entiendan mal: yo creo que en efecto para cualquier desequilibrado todas estas influencias pueden resultar nefastas, pero más como excusa que como raíz profunda de su comportamiento violento. Es decir, que el tarado a lo mejor sí que coge la 'pipa' para emular a Mel Gibson en Arma Letal, pero el hecho que decida cargarse a sus vecinos probablemente tenga más que ver con las palizas que le propinaban durante la infancia que con el impacto de la última superproducción Hollywoodiense. Tarados los hay por todos lados, y seguro que la mayor parte de ellos tienen una buena excusa para su comportamiento abyecto, pero en el fondo no es más que eso: una excusa. Piénsenlo bien: siempre existe una justificación para toda historia atroz, pero no por ello explica el origen del hecho en sí.

Dicho de otro modo: cualquier excusa es buena para liarse a bofetadas, y en realidad la raza humana lo viene haciendo cíclicamente desde mucho antes de la existencia del cine, el fútbol, las religiones o Losantos. Es lo que decía Plauto: "el hombre es un lobo para el hombre", o encierren a un par de tipos con motivos para odiarse en una habitación con un cuchillo en el centro y la cosa terminará seguro en carnicería. Las probabilidades de que el encierro acabe en un diálogo sosegado y en consenso tienden a cero, y eso mismo explica la mayoría de reyertas políticas, sociales, deportivas y étnicas que se viven hoy en día. Da igual que intentemos resolver los conflictos, ¿para qué? Sin ellos el 99% de la población carecería de aliciente al salir de casa: lo anómalo es la civilización, lo normal es el caos. ¡Si lo que quiere la gente es pegarse! Pues dejen que lo hagan, que se vaya todo al cuerno y los demás dediquémenos a tumbarnos en el sofá y a reírnos de todo ello de la mejor forma que sepamos. De momento y para empezar me ha hecho gracia este vídeo, que se mete indirectamente con todas las causas artificiales que en un momento dado pueden generar un "acto de violencia". Va por el 1% de los cuerdos:
[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=BdffmmnWZHs&hl=en]

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No estás hecho para tener jefe

viernes 28 de marzo de 2008 1:00

Miren, yo hoy no tendría que haber escrito este post. En serio, bastaba con fusilar el ensayo original sobre el que se basa y listos. Los más viejos del lugar recordarán una entrada que se tituló Trastos y que se inspiraba en un texto de Paul Graham, que tuvo bastante buena aceptación entre la parroquia de este blog y que me llevó a decidir que de tanto en tanto enlazaría a Graham si escribía alguna nueva genialidad, cosa harto frecuente en su página de Yahoo! Pues bien, el día ha llegado, y el artículo en cuestión se titula You Weren't Meant To Have a Boss, un texto que llevaba reposando en mi bandeja de entrada unos días, a la espera de poder dedicarle el tiempo necesario (los escritos de Graham son como los buenos vinos: hay que saborearlos sin prisas y en las circunstancias adecuadas). Lo ideal sería que se lo leyeran y listos, pero como está en inglés y es bastante tocho lo resumiré en un par de párrafos, a ver qué les parece.

Graham alude al sector de los programadores, que es el que se conoce más al dedillo, pero yo creo que se puede aplicar a nivel genérico. Empieza diciendo que en una reciente visita a África pudo constatar la diferencia entre los leones enjaulados en un zoo y los que campan libremente por la sabana, y de ahí se saca de la manga una comparación con los trabajadores de las multinacionales y los pequeños emprendedores, según él mucho más libres y con una mayor autoestima. Ello es así porque el estado natural de un recién licenciado sería trabajar por cuenta propia, básicamente porque -siempre según el autor- los seres humanos no están hechos para trabajar en grandes grupos.

El problema es que en las grandes empresas los grupos son de cientos de personas, y como el tinglado resultante desembocaría en caos absoluto se suelen parcelar las áreas de trabajo en subgrupos de diez personas, aproximadamente. Para coordinar estas pequeñas áreas surge la figura del jefecillo, el cual representa a su vez la rama que conecta a ese grupo con el tronco general del árbol que representa la empresa. ¿Me siguen? Y a su nivel hay otro grupito de diez jefecillos coordinado por un 'big boss' mayor. Así se van generando grupos de grupos y, por el camino, el trabajador del final de la escala pierde todo margen de maniobra, toda capacidad de innovar y ve cómo todas sus ideas (por buenas que sean) son rechazadas no ya por la decisión de alguien que las ha evaluado a conciencia sino por la propia burocracia del sistema. Es decir, que la libertad de acción del individuo resulta inversamente proporcional al tamaño del árbol empresarial.

Estando así el panorama, lo ideal para la gente con iniciativa sería crear su propia empresa y así huir de las jerarquías. Graham habla de un programador licenciado que fichó por Google pensando que allí aprendería un montón y se encontró con que no sólo no aprendía nada sino que todas sus iniciativas (y para un programador probar cosas nuevas es vital) se cortaban de antemano. Al final terminó por fundar su empresa, y aunque no ha sido un camino de rosas precisamente llegó a la conclusión de que como mínimo trabajando para sí mismo aprendía mucho más, porque se dedicaba a probar cosas que en una multinacional jamás le dejarían. Que luego el negocio acabara en bancarrota es lo de menos, porque lo cierto es que su experiencia laboral había aumentado de forma espectacular.

Como dice el ensayo, "si no se te permite implementar nuevas ideas al final dejas de tenerlas". Las conclusiones serían dos: para las compañías, que a mayor tamaño mayor lentitud de movimientos a no ser que se evite la estructura en forma de árbol (luego, caos total), por lo que les convendría quedarse en un tamaño reducido; para los individuos, mejor apuntar a las pequeñas empresas que a las grandes si se busca el desarrollo personal.

Y aquí es donde entra mi propia reflexión: si esto es realmente así, ¿cómo es que todos nos matamos por entrar en grandes corporaciones al principio de nuestras carreras, que es cuando más ansias deberíamos tener por aprender? Y a la inversa, ¿por qué en un proceso de selección se valora más la experiencia adquirida en una multinacional que la de una PYME, aunque se haya pegado el gran batacazo financiero? Me da a mí que andamos tan emperrados en buscar nuestra propia seguridad (y esto vale también para los empresarios contratadores) que por el camino perdemos aquello que realmente debería importar en el entorno laboral: la creatividad personal.

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Obligaciones sociales

sábado 15 de marzo de 2008 1:00

Comiendo con un amigo hace unos días nos pusimos a hablar de las obligaciones sociales a raíz del caso de un conocido suyo que trabaja en banca. Por lo visto el hombre en cuestión puede acceder a viviendas embargadas a un precio muy por debajo del mercado simplemente acudiendo a la subasta y diciendo que viene de parte del banco. No sólo se lleva la 'ganga' sino que encima la entidad financiera le concede una hipoteca a un tipo de interés muy económico, y precisamente eso fue lo que terminó de convencerlo cuando adquirió una casa unifamiliar en un barrio residencial de Castelldefels.

El problema es que sus vecinos son todos unos pijos de aquí te espero, y el tipo se encontró sin saber muy bien cómo metido en unos fines de semana de lujo creciente y ahorro menguante. Lógico, si cada fin de semana vas con un grupo de quince a un restaurante de cinco estrellas, a la que te toca pagar a ti las puedes pasar putas. Así que ahora estaba dando largas a los vecinos porque en la siguiente ronda invita él y hasta que no llegue la paga extra la cosa no va a ser viable. En la intimidad le confiesa a mi amigo que tiene la sensación de que el único que paga hipoteca y que tiene menos de tres coches en su calle es él y que no sabe cómo salir de la situación en la que se ha metido.

Lo cual me lleva a reflexionar sobre nuestras obligaciones sociales. A lo largo de nuestra vida vamos entablando amistad con ciertas personas que, en realidad, tampoco nos caen tan bien y que posiblemente no frecuentarían jamás nuestro círculo de amistades si no fuera porque el destino nos ha llevado a ese puerto en concreto. Ya saben, estoy hablando de los colegas del trabajo, de ese cliente al que hay que hacerle la pelota de vez en cuando, de los padres del amigo de tu hijo en el colegio, de los amigos de la parienta de ese colega de toda la vida, de los vecinos... Todo un montón de gente con los que nos vemos socialmente obligados a alternar y que, si de nosotros dependiera, mandaríamos a tomar viento en un santiamén.

Sí, ya sé: ¡mandémoslos a tomar viento!, ¿no? Pues no es tan fácil como el clásico idealista lo podría pintar, créanme. Porque en todos los casos descritos en el párrafo anterior una conducta antisocial equivale a andar como un paria por la vida, pues se trata de gente a la que nos encontraremos tanto si queremos como si no en las más diversas ocasiones. De acuerdo, entre saludar al vecino por la mañana y largarse a cenar con él hay un trecho, pero muchas veces uno no calcula bien el coste de aceptar ciertas invitaciones cuando accede a pasar el fin de semana con fulanito o a largarse al restaurante con menganito. Se impone la prudencia, y lo ideal sería parar los golpes a la primera ocasión, pero ocurre que la mayor parte de las veces no te das cuenta del fregado en el que te has metido hasta que ya es demasiado tarde, cuando sacas la cartera en el restaurante y compruebas el montante de la nota o cuando la vecina llama amablemente a tu puerta con un "¿puedes quedarte con los niños este fin de semana? Como el mes pasado el tuyo se vino a dormir a casa...", y acto seguido te entra un ejército de mocosos por la puerta destrozándolo todo a su paso.

Si les va el riesgo, lo mejor es hacer como un conocido mío al que, enfrentado a una eternidad de veladas con la insoportable pareja de su amigo, decidió jugársela y, en un momento en que la pilló a solas, tirarle los trastos descaradamente. El resultado fue el previsto: adiós a los sábados por la noche entablando aburridas conversaciones sobre cuestiones intrascendentes. Por suerte su pareja no se enteró del movimiento (a ver cómo lo explicaba en ese caso), pero hay que decir que a día de hoy ha perdido contacto con ese amigo. "Da igual", dice él, "desde que se lió con ésa ya no es él mismo: ahí no queda ni rastro de la persona que yo conocí". Una gran verdad que nos puede pasar a todos si nos descuidamos... ojito con las relaciones sociales aparentemente inofensivas.

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Un real coñazo

lunes 3 de marzo de 2008 1:00

El sábado por la mañana pasé por un parque en el que estaban jugando los hijos de la Infanta. Yo no tenía ni idea de quiénes eran pero, una vez me los identificaron, me di cuenta de que en efecto eran el centro de atención. Un montón de miradas indirectas por parte de todos los adultos que había en el parque, cuchicheos, comparaciones sobre si perdían al natural o no. Echando un vistazo rápido al parque, detecté un mínimo de cuatro guardaespaldas, todos vestidos de forma informal, y aunque intentaban hacerse pasar por gente corriente su actitud vigilante, las gafas de sol y los walkie-talkies que asomaban por el bolsillo trasero de los tejanos los delataban. De los padres ni rastro: supongo que debían estar bronceándose en Baqueira o algo por el estilo. De los niños se ocupaba un tío de unos treinta años, que tenía pinta más de instructor personal que de canguro, por las cosas que les decía. No me costó demasiado imaginar que todas las salidas del parque debían estar cubiertas por si a algún tarado se le ocurría hacer alguna tontería y lograba eludir la vigilancia que había allí, cosa harto difícil (por no decir imposible).

Como quiera que yo estaba de paso tampoco me quedé a analizar el comportamiento de nuestra realeza, pero sí hubo un detalle que me llamó la atención: mientras que en el parque todo eran niños corriendo arriba y abajo, riendo y jugando con sus padres, los únicos que permanecían serios y con cara de fastidio eran los que tenían sangre azul corriendo por sus venas. Tampoco resultaba demasiado difícil adivinar el porqué. Si yo fuera un chaval supongo que no me haría mucha gracia tener que ir al parque con los hombres de Harrelson a cuestas, el entrenador personal y toda la parafernalia de seguridad, en vez de poder jugar y enguarrarme como los demás en compañía de mis padres. En un instante desfiló por mi mente la juventud de estos chavales: las primeras borracheras, el ir a dormir a casa de los amigos, las primeras escapadas nocturnas al margen de la autoridad paterna, los primeros escarceos en el asiento de atrás del coche en la carretera de la Arrabasada, los amaneceres fumándose un porro en la playa... Todo esto, y mucho más, les estará vetado a estos chavales sólo por ser hijos de quien son. De acuerdo, sí, tienen la vida solucionada y jamás deberán pegar palo al agua. Cuando entren en la edad adulta no sabrán lo que es una hipoteca y jamás sufrirán por el futuro, viajarán a paraísos exóticos en verano y esquiarán en Aspen en invierno. Todo muy bonito, como de cuento de hadas, pero mientras escribo esto veo la cara del mayor mientras le daba patadas a una pelota con desgana, veo como el instructor tenía que ir a abrocharle las bambas y él se lo miraba con cara de fastidio, y lo cierto es que no los envidio en absoluto.

Tanto rajar de la monarquía y al final supongo que los más antimonárquicos de todos deben ser ellos mismos. La cantidad de cosas que tienen, pero la cantidad de cosas que se pierden... todo eso lo vi en la cara del mayor un sábado por la mañana en el parque, supongo que porque no había cámaras. De lo contrario, todo habrían sido sonrisas y saludos de cara a la galería. Tan pequeños y tan bien entrenados... no me extraña, con la cantidad de gente que está pendiente de ellos las veinticuatro horas del día...

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La irrelevancia de las celebraciones

jueves 28 de febrero de 2008 1:00

Mañana es 29 de febrero. ¿Y qué?, se preguntarán un ustedes. Después de todo uno de cada cuatro años toca bisiesto, no es que hayamos descubierto la sopa de ajo precisamente. Bueno, en verdad no pero es que mañana es el cumpleaños de un antiguo amigo de infancia, de esos que dejé de ver cuando abandoné el colegio para surcar los tortuosos caminos universitarios. Lo curioso del tipo es que la última vez que lo vi tenía cuatro años, yo dieciséis e íbamos al mismo curso. ¿Un cerebrito de consideración? No, un tío que sólo cumplía años una vez cada 1.461 días, cosas de haber nacido el 29 de febrero de un año bisiesto. Por tanto mañana cumplirá nueve; debe estar hecho un chaval.

La cosa es que mi amigo no tenía nada claro si debía celebrar su onomástica el día 1 de marzo, mes que no le gustaba en absoluto, o si podía adelantar la celebración al 28 de febrero. Yo le decía que tampoco se comiera mucho la cabeza con eso, que peor sería haberse llamado Dositeo, que entonces sí que no habría forma de recuperar el regalo del santo. Como ya entrábamos en la edad de salir los fines de semana yo le recomendaba que cogiera el viernes más cercano de cada año no-bisiesto y así siempre podía celebrarlo con los amigotes por todo lo alto. "Menuda chamba, tío, si yo pudiera escoger haría que mi cumpleaños cayera siempre en viernes o sábado noche", le decía. "Ya, pero no es lo mismo, porque ése en realidad no será mi día".

Jamás entendí sus reticencias, la verdad, aunque supongo que eso me viene de familia. En mi casa jamás celebramos nada, excepto la Navidad y porque es una buena ocasión de sucumbir a la fiebre consumista. ¿Que toca cumpleaños? Bueno, ya iremos a comer un domingo de éstos. ¿Que toca santo? Niño, te compras un libro de mi parte (es lo que tiene Sant Jordi). Con mis parejas jamás me dio por lo del San Valentín (menuda faena si el 14 de febrero tocaba cabreo conyugal), el Año Nuevo y San Juan son un bodrio diseñado para extorsionarte en megafiestas, la Semana Santa siempre la he considerado un coñazo (diría que me volví ateo por culpa de un viaje a Zaragoza durante mi infancia que coincidió por esa fechas: ¡menudo dolor de tarro con los tambores!) y lo del Día del Padre y de la Madre en mi hogar se conocen como el Día de la Corbata y de la Colonia. No les miento si les digo que cuando programo la máquina del gimnasio y me pregunta por la edad a veces tengo que pensar un par de segundos antes de introducir la cifra, tan despistado voy yo con estos menesteres.

Desde pequeño lo tuve claro: cada día puede ser una celebración, o un cumpleaños puede pasar sin pena ni gloria y para nada resultar traumático. No llego a los extremos de mi padre (al que se le olvida su propio cumpleaños año sí y año también), pero jamás he entendido a aquellos que se cabrean porque te olvidas de felicitarlos en su día. Esto de las celebraciones no es más que una estúpida convención social (otra de tantas) y sinceramente opino que seríamos todos más felices si prescindiéramos de ellas, pues a la larga sólo sirven para reforzar la melancolía. Es más, no dudo que las generaciones futuras las abolirán por decreto, ¡menuda gilipollez!

Un saludo desde aquí, Toni, si por una de esas casualidades de la vida me lees camuflado entre mis visitas anónimas, y felicidades por adelantado.

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Cazadores de música

lunes 25 de febrero de 2008 1:00

Cuando era un adolescente y nadie había tenido la decencia de inventar aún el eMule (o internet, ya que estamos), solía recopilar la música que me gustaba en cintas de 60 minutos grabadas de las radiofórmulas del momento ("Radio Barcelona" -luego "40 principales"-, "Radio Minuto" -muy buena para intentar cazar las canciones enteras-, la recién difunta "Radio Club 25" y otras que ya ni recuerdo). Las cintas eran formato "normal", las de cromo llegarían después (TDK de 90'', un lujazo sólo apto para grabar vinilos selectos), y recuerdo lo difícil que era encontrar el punto exacto para empezar a grabar el tema (justo cuando el locutor había concluido su introducción, aunque el muy mamón siempre se dejaba una coletilla para el final que te obligaba a suspender la grabación y a esperar a que volviera a sonar esa canción en concreto) o el punto final de interrupción (había que escuchar la cinta varias veces hasta encontrar el fragmento exacto en que el corte quedara "limpio" y pudiese empalmarse sin problemas con el siguiente).

De la búsqueda para encontrar la canción exacta mejor ya ni hablo: horas sentado navegando por el dial rezando para que en la emisora en la que te encontrabas sonara ese tema que tantas ganas tenías de oír y que habías cazado fugazmente, sólo para descubrir desesperado cuando movías la ruedecilla de la radio que estaba concluyendo en la emisora de al lado. Luego, cuando desistías desesperado y te metías en la ducha o te ibas en el coche de tus padres, la Ley de Murphy se materializaba bajo la forma de machaque constante por todos los rincones del dial del mismo tema que andabas persiguiendo como loco.

Finalmente llegaba el momento ansiado: habías logrado recopilar en tu cinta de 60 todas las canciones del momento que te gustaban, algunos cortes te habían salido chapuceros pero en general la cosa solía quedar bien. Decir que el resultado se asemejaba a una obra de artesanía puede parecer exagerado, pero para todos los que vivimos una época concreta y ejercimos de DJ's improvisados con el 'loro' del papi en el comedor de casa sabemos que confeccionar una cinta de estas características costaba Dios y ayuda. Una vez enterita, ¡hala! ¡a machacarla a todas horas! Si la cinta había quedado lo suficientemente lograda, circulaba entre los amigos y algunos incluso se hacían copias. Puede parecer ridículo la imagen de un grupo de chavales haciendo circular grabaciones directas de la radio con canciones sin principio ni final, mezcladas al más puro estilo "Max Mix Casero", pero para todos los que vivimos esa época aquello era lo máximo: nuestros bolsillos no daban para adquirir todo lo que sonaba por la radio. A fe mía que yo intenté comprar un sinfín de LP's, maxi-singles, singles y cassettes "oficiales", pero mi semanada no daba para tanto, y además había que ahorrar para los tebeos y la entrada del cine.

Sé que este post suena a "abuelo Cebolleta". Sé que los más jóvenes pensarán que soy un colgado. Pero, lejos de ello, debo confesar arrinconando la modestia por unos instantes que en su día yo fui un gran "cazador de canciones", y que mis cintas tenían bastante éxito entre mi círculo de amistades. Si usted, querido lector, ahora tiene menos de veintisiete años (más o menos) supongo que no tendrá ni idea de lo que estoy hablando, pero deje que se lo aclare: es usted un jodido privilegiado. Fórceps llama a su situacion el factor eMule; yo le llamo el PPT. Puto Paraíso Terrenal. Sólo para melómanos, claro.

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Un romántico

viernes 8 de febrero de 2008 1:00

Hoy, si me lo permiten, voy a marcarme un "YOYA" de los que hacen época, porque YO YA dije en el año 2006 que Nicolas Sarkozy daría mucho más juego si ganaba en las elecciones por su vida sentimental que por sus dotes de mando. Claro que por aquel entonces no tenía ni idea de la afición de Supersarko por las modelos pasadas de moda (toda una contradicción de términos), pero sí sabía que en el fondo el tipo era un romántico. Y me cito a mí mismo, que queda de un pedante insufrible pero que me viene de perlas para ilustrar la tesis de este post:
...en el mundo en el que vivimos los asuntos que más apasionan al público en general son los de alcoba, y además las promesas de la clase política ya no se las cree nadie desde hace decenios, o sea que más vale centrar los debates en otro tipo de cuestiones más afines al pueblo. Si ya hace tiempo venía observando que a los candidatos de los partidos se les elegía más por su atractivo físico que por su carisma en algunos países, está claro que el siguiente paso no podía ser otro que el de sacar los trapos sucios de la vida privada de los políticos a la luz pública para demostrar si son mejores o peores personas.

Y en esta línea andamos. Porque justo ayer se tuvo noticia sobre el ya mítico mensaje de SMS que Sarkozy le mandó a su ex-esposa y en el que le imploraba que volviese, que la Bruni no es más que un pasatiempo que le sirve de consuelo para sobrellevar estas horas bajas. Parece que la inminente boda de Cecilia Sarkozy con un tal Richard Attias tiene mosca al presidente galo, que siente la imperiosa necesidad de volver con su esposa antes de que sea demasiado tarde. Uno se lo imagina ahí, montando a la Bruni por la retaguardia, cabalgando melancólicamente mientras, con los ojos cerrados, es Cecilia quien se le aparece y lo conduce hasta el orgasmo...

O a lo mejor no está tan preocupado y todo esto no es más que un montaje, claro. Llámenme malpensado si quieren pero a mí esto de que las encuestas de opinión muestren un desgaste claro de la figura de Sarkozy entre los votantes de su país por culpa de sus flirteos con Carla Bruni me parece muy significativo. Es más, diría que ésta y no otra es la auténtica razón de que se haya publicitado el dichoso SMS: para demostrar que el Presidente de la República Francesa no es más que un romántico empedernido y así remontar el vuelo en las encuestas. ¿O acaso creen que va a ser tan tonto de mandar un mensaje así a su ex para que luego sea difundido por doquier y se quede sin Cecilia y sin Carla? Supongo que alguien en el Elíseo habrá hecho entrar en razón al mandatario haciéndole ver que Ségolène Royal, otra esposa despechada, para ganar las próximas elecciones no tenía más que conservar su soltería y cultivar la imagen de mujer engañada pero firme ante los medios. Un poco como Hillary, y ya ven lo bien que le va.

Guárdense mucho de tragarse todo lo que concierne a esta pareja mediática y piensen que los hilos del poder lo controlan todo, y que no hay detalle que se les escape. Cualquier noticia vejatoria para los que mandan puede ser perfectamente censurada (y si no recuerden el ya lejano incidente de TV3 y su discurso antimonárquico que nos costó el mejor programa jamás visto por estas tierras) y borrada de las conciencias colectivas, por lo que si ésta en concreto ha salido a la luz pública es que alguna razón (oculta) habrá. Desconfíen siempre, no me cansaré de decirlo.

Además, por muy pasada que esté la Bruni, ¿quién en su sano juicio preferiría al vejestorio de la ex, que no sólo le ha metido cuernos en un par de ocasiones sino que encima ahora planea casarse con otro millonario? Supongo que los que responden a las encuestas, claro. Los mismos que ansían un reencuentro feliz del matrimonio Sarkozy. Pero quede claro que un resultado así sólo se puede dar en el país vecino (aquí todos votaríamos a la fulana), no en vano los franceses tienen fama de ser los más románticos del mundo. También tienen fama de meter cuernos a sus parejas, es verdad, pero como decían en una vieja película: "estar con otra mujer es muy francés; que te pillen no". Lo dicho, unos románticos empedernidos.

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Nuestra pica en Flandes

jueves 7 de febrero de 2008 1:00

A la gente le gusta proyectarse en los demás en un inútil gesto que camufle la mediocridad de su propia existencia. ¿Que gana nuestro equipo de fútbol? Algunos saltan tanto que a veces sospecho que cobran parte de las primas de los jugadores. ¿Que arrasa el partido político que hemos votado? Cualquiera diría que nuestra cuenta corriente ingresará los millones provenientes de la financiación irregular. ¿Que Gasol ficha por los Lakers? Parece que el contrato lo hayamos firmado nosotros. ¿Que el Banderas se tira a la Griffith? Como si fuese nuestra lengua la que pega lametones a esos labios asiliconados. Y así.

Para alguien que anda permanentemente semidesconectado de esta clase de fenómenos ciertos comportamientos se me antojan poco menos que alienígenas. ¿Realmente la felicidad de alguien puede depender de lo que hagan otras personas completamente alejadas de su círculo familiar, laboral o de amistades? Esta clase de proyección de los deseos propios en los éxitos ajenos me parece una de las actitudes más irracionales del ser humano, y mira que se podría hacer una lista. No quiero decir con ello que yo no haya sufrido en ocasiones del mismo mal, pero mi capacidad de desconexión debe ser más elevada que la de la media pues jamás pierdo demasiado tiempo soñando con metas que no me reportarán jamás un beneficio directo. Supongo que me falta empatía.

En cierto sentido sí puedo entender al que, de una forma desinteresada, decide ayudar al prójimo (pongamos el caso del tipo que se afilia a una ONG y nota un incremento de su bienestar al saber que la letrina del poblado congoleño se ha financiado con sus aportaciones, por mucho que se engañe), pues nada hay más noble que el sentirse bien cuando ves que los demás están bien gracias a ti. Como cuando uno realiza un trabajo bien hecho (pongamos el médico que salva vidas o el mecánico que arregla coches) y constata que el fruto de su esfuerzo redunda en beneficio ajeno. En ambos casos el incremento de bienestar se debe a una acción ocasionada por el propio individuo, lo cual lo conecta de manera indirecta con el beneficiario. En cambio si hablamos de equipos de fútbol, de partidos políticos, de deportistas, actores o millonarios... ¿cómo es posible que sus éxitos o fracasos afecten de una forma tan profunda a la gente de la calle?

Que nadie vea en este post un cierto choteo o un sentimiento de superioridad mal entendido. No es eso. Cuando dije que me faltaba empatía no hablaba por hablar: a veces creo que carezco del chip interno que permite al resto de los humanos sobreexcitarse con este tipo de cuestiones. Es más, incluso en ocasiones me ocurre que las alegrías y las desgracias de la gente que me rodea no me afectan como deberían de afectarme: puedo alegrarme o ponerme triste hasta cierto punto, pero si no me atañen a mí de forma directa normalmente me cuesta dejarme llevar por esa sensación. Algunos dirán que es cinismo, otros madurez, otros simplemente pragmatismo. La cuestión es que ayer veía a los seguidores de Hillary Clinton saltar de alegría por la calle y lo único que me venía a la mente es que hay que estar muy colgado para tirarse toda una jornada en una sala de convenciones agitando una banderita si no eres miembro del partido. Normalmente pienso lo mismo cuando veo a gente llorar de rodillas por un título de Liga, y mira que al fútbol le dedico ratos largos. Al menos lo del Banderas y el Gasol hasta cierto punto puedo llegar a entenderlo: simbólicamente ellos han clavado nuestra pica en Flandes.

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Inmaduros

jueves 31 de enero de 2008 1:00

Profundizando en mi tesis de ayer, me he dado cuenta de que los americanos ya llevaban un cierto tiempo dando la vara con una variante del mismo tema, el de la inmadurez a la hora de afrontar la edad adulta, las responsabilidades y los trabajos no subvencionados. Véase sinó el videoclip casposo de Neneh Cherry, que se titula más o menos igual que cierto artículo que he recuperado del Dallas News (periódico que, por su alto nivel de interés, me leo cada día: es lo que tiene ser un fan acérrimo de J.R. Ewing -y de Falconetti, pero eso ya es otra historia-). El texto tiene su miga, y la conclusión que extrae no es demasiado halagüeña para el género masculino. Vale la pena echarle una ojeada, aunque esté en inglés.

Por si acaso, yo se lo resumo en cuatro pinceladas: el artículo empieza comparando a los chavales de veintiséis años de la década de los sesenta (recordemos que habla del caso USA) con los del s.XXI, y el resultado arroja unos datos incuestionables. Hace cuarenta años con esa edad el chico joven estaba casado con una compañera de colegio, ya tenía un hijo y otro en camino, y vivía de alquiler o estaba recientemente hipotecado. En la actualidad, el mismo chaval con suerte ha terminado la carrera, comparte piso con cuatro amigotes, sale a emborracharse, mata el rato con la Playstation, se pone cremitas y va al gimnasio, y las palabras "matrimonio", "hipoteca" o "paternidad" le producen urticaria cada vez que las oye.

Si hace un siglo surgió la adolescencia como franja de edad definida (anteriormente el tránsito de la infancia a la edad adulta era casi automático), desde entonces dicha franja no ha parado de ampliarse, y ahora mismo roza la treintena. Lo curioso del asunto es que a las mujeres, siempre tan maduras, este fenómeno parece no afectarles en la misma medida y ya empiezan a surgir quejas en el universo femenino sobre la falta de compromiso de los machos en edad de fecundar. Cosa que, por otro lado, no parece molestar demasiado a los responsables de marketing de las empresas de ocio que destinan sus productos a estos semiadolescentes. Como bien describe este extracto:
He's immature because he can be. We can argue endlessly about whether "masculinity" is natural or constructed – whether men are innately promiscuous, restless and slobby or socialized to be that way – but there's no denying the lesson of today's media marketplace: Give young men a choice between serious drama on the one hand, and Victoria's Secret models, battling cyborgs, exploding toilets and the NFL on the other, and it's the models, cyborgs, toilets and football by a mile.

En otras palabras, que la eterna adolescencia es el estado natural del joven, que no tiene ningunas ganas de convertirse en un hombre a base de compromiso, hipoteca, matrimonio y descendencia. Y si ése no es su estado natural, al menos hará todo lo que esté en su mano para alargarlo lo máximo posible. La moraleja del artículo es que si cambiamos las pautas culturales que vienen rigiendo desde hace varias décadas posiblemente la mentalidad masculina cambiará con ellas, pero echando un vistazo rápido a la televisión o internet uno se da cuenta fácilmente de que precisamente la tendencia es a la inversa.

¿Qué le espera pues a la raza humana? Si ya ahora se constata el envejecimiento de la pirámide poblacional, imaginen cómo estará el asunto en unas cuantas décadas, con una población de abuelos retándose en las redes P2P a una partidita del Halo 34. Supongo que la esperanza pasa por la evidencia de que, a la larga, el macho siente más o menos la llamada del apareamiento aunque sea tras la ingestión de varios cubatas en serie, y de ahí saldrán los próximos adolescentes del futuro. Hijos bastardos o de matrimonios separados, pero dispuestos a consumir como posesos a la que la paga les alcance para un iPod. O eso o, en ciento y pico años, los únicos que harán campañas de marketing serán las funerarias.

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Cambio radical

martes 15 de enero de 2008 1:00

Que los años alteran nuestro aspecto físico no es ningún secreto a estas alturas de la película. Uno va paseando tan tranquilamente por la calle cuando de pronto se topa con aquel amigo de la infancia, y lo primero que salta a la vista es lo distinto que se encuentra físicamente respecto a la imagen que recordábamos. Nada que una operación de estética no pueda resolver previo desembolso monetario, claro, por lo que si el tipo anda desfavorecido es porque o no le importa un comino o no se quiere gastar los cuartos. Sin embargo hay algo que aún me fascina más que la lógica transformación física, y es la mental. Haciendo un símil con el ejemplo anterior, a veces ese amigo de la infancia te sorprende más por lo mucho que ha cambiado su carácter o su mentalidad que por su físico. Hablo de aquella modosita apocada que ahora es una lagartona que se zampa a tres tíos por noche, o de aquel chaval bonachón que se ha metamorfoseado en un cabrón en los negocios, o incluso de aquel gamberro borracho que se ha transmutado en el perfecto padre de familia, domingos a misa incluidos.

Ignoro si existe un tratamiento de 'shock' equivalente a la cirugía respecto a las transformaciones mentales, pero tal vez un trauma fuerte, un accidente o alguna de esas cabronadas que te depara el destino ayude. Supongo que tales cambios no se dan de un día para otro, en todo caso, y el amigo que reencontramos dos décadas después ha pasado por diversas etapas hasta llegar al punto en el que lo hallamos en el presente. No obstante, me intriga sobremanera saber si alguno de ellos ha pasado por una epifanía mística o si un buen día se levantaron y, mirándose al espejo, se juraron a sí mismos:"a partir de ahora voy a ser un hijoputa de cuidado".

¿Alguien conoce algún caso parecido? ¿Saben de lo que les hablo? Es más, ¿alguno de ustedes ha sufrido un cambio radical a nivel de personalidad y nos quiere contar cómo ocurrió? Ardo en deseos de analizar los mecanismos mentales que llevan a tales metamorfosis del alma, y sobre todo me interesan las alteraciones súbitas: ¿cómo fue ese momento que les abrió los ojos? ¿en qué instante decidieron que sentarían la cabeza? ¿cómo llegaron a la conclusión de que la timidez no les abriría puertas? ¿qué día vieron claro que ser bien educados con el prójimo les acarrearía más disgustos que alegrías? En definitiva, ¿qué desencadenó ese cambio de personalidad que tan bien les ha sentado con los años? Soy todo oídos.

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Lo gótico ya no está de moda

jueves 3 de enero de 2008 1:00

Yo pensaba que todo el éxito de las campanadas de fin de año en TVE se debía a Ramón García, pero parece ser que no, pues este año el ínclito presentador ha pasado a Antena-3 y sin embargo La Primera ha vuelto a barrer en audiencias. Será que en el fondo las familias están acostumbradas desde los tiempos de Franco a sintonizar con el primer canal en el momento de las uvas, y ya sabemos que aquí somos todos unos animales de costumbres, o será que anhelamos pillar la metedura de pata de cada año, que como todo el mundo sabe desde los tiempos de Marisa Naranjo se dan en exclusiva por ese canal. La cuestión es que ni las esperpénticas parejas de "Escenas de Matrimonio" en T-5, ni la sonrisa del Pellicer en TV-3 ni, por desgracia, el vertiginoso escote de Anabel Alonso combinado con la capa de Ramón García en A-3 consiguieron hacer sombra a la Primera.

Sobre el tal García me gustaría hacer un apunte. Primero, que no envejece. Bueno, recientemente le han salido unas canas pero si comparamos su apariencia actual con la de sus primeras apariciones en TVE la cosa no ha variado mucho, francamente, y a veces pienso que las canas se las pinta él mismo para disimular. Segundo, que sólo sale de noche. Ya sea durante las campanadas o presentando cualquier concurso casposo, su hábitat natural suele ser la franja que va de las diez de la noche hasta bien entrada la madrugada. Tercero, que lo veo muy pálido, eso desde siempre. Cuarto, que su afición por las capas a lo Conde Drácula me hacen sospechar, y más si repasamos los tres puntos anteriores (de momento, a la Igartiburu no le he visto marcas de colmillos en la yugular, pero prometo fijarme más). Y quinto, que lo gótico ya no se lleva, y quizás por eso el pobre Ramón no levanta el vuelo (cual murciélago sediento de sangre) en la noche de Antena-3. O espabila o lo mandan a las catacumbas por toda la eternidad.

NOTA: a todo el que considere que he exagerado, le ruego eche un vistazo a la comparativa adjunta, y comprobará que me baso en hechos puramente contrastados:

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Un post diferente para empezar el año

martes 1 de enero de 2008 1:00

Ayer alguien sugirió que podía intentar cambiar el formato de los posts para dar un toque de variedad a este cotarro. Pues bien, respondiendo a las peticiones de los usuarios, aquí tienen un acertijo: ¿en qué piensa el aguerrido presidente francés en el instante en que se toma esta fotografía?



Alguno sostendrá que en esto, pero tampoco descarto que sea en esto otro. En todo caso, vive la France! El único país en el que unas bragas y un presidente pueden compartir el marco de una foto sin que por ello se escandalicen sus votantes. El día en que la liberté française cruce la frontera de los Pirineos para instaurarse aquí sé de más de un líder político que se quitara un peso (y una esposa) de encima. Empezando por nuestro monarca.

Y ya que estamos, contéstenme a este otro acertijo: ¿por qué todas las mujeres de Sarkozy se parecen tanto?

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A vueltas con el sistema educativo

viernes 21 de diciembre de 2007 1:00

Xavier Sala-Martín es un economista conocido por muchos como "el loco de las americanas". Los que acudimos al Camp Nou con una cierta regularidad también lo conocemos como "esa manchá fosforita que se vislumbra en el palco", pero ello no es óbice para reconocer que el tío cuando habla la toca, y mucho. Ayer por la noche me tragué enterita la entrevista que Mónica Terribas le hizo en su programa de madrugada y disfrute mucho con los puntos de vista que Sala-Martín aportaba a diversos aspectos de la actualidad. En concreto, me hizo ilusión que coincidiera conmigo en una cuestión, la del porqué del fracaso del sistema educativo español.

Siempre he sostenido que una enseñanza basada en la mera memorización de verdades absolutas proclamadas por el catedrático de turno desde su altar a la larga degenerará en individuos acostumbrados a empollar y a olvidar, ergo absolutamente incapacitados para una mera discusión dialéctica con argumentos e intercambios de puntos de vista, o para tomar una decisión en un momento determinado aunque sea a contracorriente. Pero, aunque ahí también coincidía con Sala-Martín, hay una cuestión más de fondo que marca a los jóvenes desde el mismo momento en que pisan la escuela en este país. Ese problema estructural es el concepto que tenemos aquí de "cultura".

Hace un tiempo en una cena con amigos alguien hablaba de Vigo y uno de los comensales preguntó "¿dónde queda Vigo exactamente?". Lo que siguió fue una avalancha de risotadas a costa de la ignorancia del amigo pero, desafiante como es él, tan tranquilo explicó: "veamos, no tengo ningún interés en ir a Vigo en mi vida por motivos personales, no tengo tratos comerciales con ningún viguense, el Celta de Vigo no me cae bien y si algún día tuviera que aterrizar por esos lares un simple vistazo a internet y el pertinente GPS me enseñarían todo lo que necesito sobre la ciudad". Obviamente el tipo lo hacía para provocar, pero en el fondo tiene razón. En este país creemos que es muy importante localizar las capitales del mundo en un mapa, conocernos de memoria los ríos de la península ibérica o sabernos a rajatabla las fechas de la Revolución Francesa. Así nos va, porque luego en la Universidad este concepto de "cultura general" se aplica a las asignaturas superiores, y todo consiste en memorizar y seguir memorizando.

Preguntaba Sala-Martín: "¿por qué es más importante tener conceptos geográficos en la cabeza que saberse la letra de las canciones de Madonna o de Eminem? ¿Cuál de las dos cosas es más cultura?" Bingo. Justo lo que yo siempre he sostenido. Para mí es muchísimo más importante hoy en día saber manejar un iPhone que amacenar en un rincón de nuestro cerebro la lista de los Reyes Godos. Es más, todo lo que en este país se considera "cultura" para mí no es más que información superflua que una breve consulta en el Google me resolverá en tres segundos si algún día la necesito. Estoy de acuerdo en que el saber no ocupa lugar y en que todo lo que sea cultura general forma a la persona, pero en EE.UU. la mayoría de los alumnos que salen del instituto son incapaces de situar España en el mapa. Eso sí, cuando hay que montar un Microsoft, un Apple, un Google o un Twitter todas las iniciativas salen de allí.

En la entrevista el economista argumentaba que esto es porque aquí medimos el conocimiento en las fases primarias y no al final del recorrido estudiantil. En cambio allí lo hacen al revés, y por eso invierten tanto en I+D y similares. Como se dijo en el programa, es como si quisiéramos medir la altura de la población con niños de ocho años en vez de hacerlo con jóvenes de veinte: las conclusiones obtenidas serían del todo erróneas. Pero lo mejor del caso es que el famoso informe que nos deja en tan mal lugar por comparación con otros países también establece sus baremos a partir de estas premisas. Sin duda EE.UU. quedará en mal lugar si analizamos el estudio, pero eso no quiere decir que a la hora de la verdad no sean los más avanzados. Menos jugar al Trivial Pursuit y más aprender a programar en Python, que es lo que vale a la hora de buscar trabajo.

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La verdad como dogma

martes 4 de diciembre de 2007 1:00

En el mundo del celuloide hay ejemplos muy ilustrativos que demuestran que la cultura cinematográfica puede enriquecer la vida del espectador, al igual que la literaria la de un buen lector. Una de las figuras, tanto literarias como cinematográficas, más usadas en las narraciones es la del punto de vista. Desde el Rashômon de Kurosawa, en el que el asesinato de un Samurai por parte de un bandido es descrito a través de los varios ojos que presenciaron el crimen, hasta la moderna Basic de McTiernan, una vuelta de tuerca sobre el mismo tema, varias han sido las historias que han intentado demostrar que las versiones contradictorias sobre hechos concretos en gran medida se deben a los condicionantes que rodean a los testigos.

En el terreno televisivo hay también ilustres ejemplos que ilustran la misma tesis. Pienso a bote pronto en el maravilloso The Dream Sequence Always Rings Twice de "Luz de Luna", homenaje póstumo a Welles con el propio Orson labrando el prólogo en su última aparición ante las cámaras, pero sobre todo en un episodio de "Alfred Hitchock Presenta" titulado Yo lo vi todo. Tal vez ustedes ya lo hayan visto, pero para los que no sepan de qué va el asunto déjenme que les refresque el argumento: el episodio (el último dirigido por Hitch para la televisión) gira en torno al juicio a un escritor de novelas de misterio, Michael Barnes (John Forsythe), que es acusado de haber provocado un accidente mortal con su coche. Aparecen varios testigos y él los va recusando a todos uno a uno con el fin de demostrar que el accidente no había sido culpa suya. Sin embargo, es reticente a contestar a ciertas preguntas directas de la acusación, lo que le hace parecer culpable a los ojos del jurado. Al final sale libre por falta de pruebas, y es entonces cuando confiesa que en realidad él no conducía el coche, sino su mujer que estaba embarazada y a la que quería evitar el pasar por un juicio. Por eso no podía responder a preguntas directas y, a pesar de todo, deja en evidencia a todos los testigos que aseguraban "haberlo visto todo".

Con todo, quizás el mejor relato cinematográfico en el que se puede constatar lo fácil que resulta manipular un punto de vista es la ejemplar 12 Angry Men (Doce Hombres sin Piedad) de Lumet, con ese incisivo Henry Fonda capaz de cambiar el voto de culpabilidad de un jurado a base de persuadir a los once miembros restantes del mismo uno a uno. O de desnudar sus prejuicios y carencias, mejor. Una obra maestra digna de ser visionada por más de un demagogo de los tiempos modernos.

Sí, bien, todo es ficción, en muchos casos exagerada, pero tiene un poso de verdad. Y si al principio del post decía que la cultura cinematográfica puede enriquecer nuestra alma, que todas estas lecciones no caigan en saco roto cuando escuchemos las opiniones del líder de turno, ya sea en nuestra empresa, en el ámbito político o en una columna periodística, y tengamos la tentación de apuntarnos a su Verdad como si de un dogma de fe se tratara. Probablemente no es más que un punto de vista, de los miles que se pueden adoptar en cada faceta de nuestra existencia.

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Ante todo, bien educados

lunes 3 de diciembre de 2007 1:00

No hace mucho tuve la oportunidad de mantener una charla con un alto directivo a punto de jubilarse. El tipo hablaba de su vida con la clásica autocomplacencia de quien se sabe un triunfador, y me comentaba lo bien educados que le habían salido sus vástagos. "Es que yo los he llevado siempre a colegios privados y de los caros", me decía, y acto seguido recalcaba: "no concertados, que ésos tienen que rendir cuentas a nuestro gobierno y ya se ha visto cómo va la educación en nuestro país en comparación con Europa, sino de pago al cien por cien, y de los caros, del Opus". Después recalcaba que el mayor estaba cursando un máster en ESADE y que el pequeño estudiaba en la Sorbona un MBA del IESE. Y añadía, orgullosísimo de ello: "además, es un gusto ver conversar a mis hijos con sus amigos. Menuda diferencia comparado con los demás jóvenes que circulan por ahí: los míos jamás levantan la voz".

Yo asentía por educación pero me lo quedaba mirando y meditaba acerca de su condición en la empresa. Según propia confesión, el hombre deseaba jubilarse y así lo hizo constar ante la dirección pero éstos, lejos de concederle su deseo, a la que lo vieron venir lo putearon y lo destinaron a una subsección en el culo del mundo (ahí es donde coincidió conmigo, pues digamos que mi negocio podría ser la representación idónea del "culo del mundo", al menos por la discreción que siempre hemos ansiado mantener respecto del sector en el que operamos). Resignado, se veía obligado a pegarse unos madrugones de aúpa y a pasarse todo el día trabajando en un puesto degradado con respecto a su antigua plaza. Encima, el jefe directo que le había tocado era justo lo contrario de lo que él representaba: un hombre sin estudios superiores pero con bastante mala leche, mucha habilidad a la hora de desarrollar contactos comerciales, un tanto descuidado en su aspecto pero un trabajador serio e intachable que se dejaba una cantidad ingente de horas en la empresa. Hablaba a gritos (supongo que porque nunca fue a escuelas del Opus) para hacerse obedecer y, aunque diez años más joven que mi actual interlocutor, se había ganado un respeto casi reverencial entre sus superiores y sus subordinados.

Acto seguido me quedé pensando en el futuro que aguardaba a sus hijos, el de ESADE y el del máster en IESE. Imagino que seguirán los pasos paternos, trabajadores abnegados para la multinacional de turno, recibiendo suculentas ofertas al principio de su carrera pero viendo como poco a poco son arrinconados y deben dejar paso a tíos con la mitad de preparación pero con el doble de huevos y de mala leche. Tipos que se la juegan cuando se la tienen que jugar, que se deben sólo a sí mismos, que son capaces de enfrentarse a los jerifaltes sin que les tiemble el pulso, de cambiar de trabajo en un giro de ciento ochenta grados si consideran que la política de la empresa no les conviene, y lo suficientemente hábiles como para sonsacar una jubilación mucho más ventajosa que los tecnócratas intermedios con un porrón de titulaciones en el bolsillo simplemente porque, además de saber dar puñetazos sobre la mesa, dominan el arte de camelarse al Big Boss entre Chivas y Chivas.

Y llego a la conclusión de que en el fondo siempre ha sido así. Desde que el mundo es mundo ha habido un puñado de valientes que salen de la nada y que se hacen a sí mismos mientras le dan a la manivela que hace girar las ruedas de la empresa, de la sociedad y de la economía a base de golpes de genio. Ellos son los que construyen los fundamentos en los que el resto se apoya. Y el resto son un rebaño de personas que se matan a estudiar, que pagan religiosamente sus impuestos, que construyen familias convencionales, que hablan muchos idiomas y que cursan varias carreras, convirtiéndose en especialistas de una parcela de la que jamás escaparán en toda su existencia. Una parcela diminuta a la que dedicarán todos sus años y que les mantendrá lo suficientemente entretenidos como para nunca darse cuenta de qué parte ocupan en el gran esquema de las cosas. Porque el plan maestro lo tiene el currante de la mala leche, y ellos se apartan cuando él pasa hecho una furia por el pasillo central, haciendo mofa de su mal carácter con el resto de compañeros de departamento, y sin darse cuenta de que en el fondo él es el que tiene el poder y los demás no dejan de ser unos vulgares peones muy cualificados. Eso sí, jamás osarán pelearse con él o tomar una decisión arriesgada que pueda mover el culo de su bien asentada poltrona, no porque tengan miedo de pegar un salto sin red (que también) sino porque, ante todo, son todos muy bien educados.

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Vaya aborto de matrimonio

viernes 30 de noviembre de 2007 1:00

Ahora que está de moda volver a hablar del aborto, entre la precocidad de las adolescentes y las detenciones practicadas en una clínica barcelonesa que llegó a practicar abortos de... ¡ocho meses!, permítanme que le dedique una reflexión al tema que desde siempre me ha rondado la cabeza. Cuestiones ideológicas al margen, mi duda es la que sigue: ¿por qué siempre ha de ser la mujer la única que puede decidir sobre la decisión de abortar? Desde que tengo uso de razón que he creído que la decisión debía estar legitimada por el criterio de uno solo de los miembros de la pareja, independientemente de lo que opine el otro. Procedo a explicarlo.

Si la que quiere abortar es la mujer, nada que objetar. El procedimiento sigue como hasta ahora. Después de todo, ella es la que tiene que acarrear con los inconvenientes del embarazo durante los nueve meses y muy probablemente con los primeros cuidados del recién nacido. Además, hay casos como las violaciones en las que sólo faltaría que el que pudiera decidir sobre si sigue adelante el embarazo o no fuera el propio violador. Con la cantidad de juicios por violación en los que no se puede demostrar la agresión y el inculpado sale libre, sólo faltaría que encima después pudiera obligar a la madre a tener el niño. Por tanto, queda claro que si el miembro de la pareja que decide interrumpir el embarazo es la mujer estaría en su perfecto derecho, y el hombre a callar.

El problema viene cuando es el hombre el que no quiere que la mujer tenga el niño. Supongamos el clásico caso de una noche de borrachera que acaba con una cópula à poil y que genera un embarazo no deseado. ¿Por qué tiene el hombre que apechugar con la consecuencia de sus actos sólo por no haber tomado las medidas oportunas? Que yo sepa, en un coito intervienen dos: si a la mujer no le parece correcto fornicar sin condón no tiene más que parar el asunto y listos. Desde el momento en que ella accede, ambos son conscientes de que adoptan un riesgo, y dado que si la mujer decide abortar el hombre no puede ni rechistar, no veo porqué el hombre no debería decidir sobre el embarazo también. Sí, ya sé, toda intervención quirúrgica la sufre ella y como es su cuerpo tiene derecho a decidir. Vale, pues al concluir la performance se van directos a urgencias y piden la píldora de las 24 horas. Si ella no accede, entonces la responsabilidad es exclusivamente suya. Es decir, que firmando un documento en el que el hombre rechaza cualquier responsabilidad futura sobre un hipotético hijo ella ya sería libre de tenerlo si quiere. Pero luego que no venga a reclamar con lo de "haberte puesto un condón", claro. Por la misma regla de tres, él podría replicarle "haber tomado la píldora" o "habérmelo pedido".

Es decir, que bajo mi punto de vista, igual que hay un dicho que reza "dos no follan si uno no quiere" debería haber otro que dejara claro que "dos no tienen un hijo si uno no lo desea". Así de simple. De lo contrario, muchos padres se ven condenados económicamente de por vida por culpa de cinco minutos de placer y muchos matrimonios acaban convertidos en el estereotipo del chiste, el del niño que pregunta inocentemente a su padre "¿por qué te casaste con mamá?" y éste le contesta "por tu culpa, cabronazo". Coincidirán conmigo que eso sí es un aborto... de matrimonio.

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Apocalypse now

viernes 23 de noviembre de 2007 1:00

No podía dejar concluir una semana en la que hemos hablado de la vida (el sexo), de la muerte y del pasado sin mencionar algo sobre el futuro. No el futuro de cada uno de nosotros como individuo, pues mañana nos puede atropellar un autobús, sino el futuro de la raza humana como especie. Y déjenme que les anticipe que la cosa está muy mal, todo se va al carajo y suerte tendrán nuestros bisnietos si pueden seguir veraneando en el pueblecito de la costa, pues al paso que vamos no habrá ni costa ni pueblecito. ¿En qué me baso? En los agoreros presagios que caen por todos lados. Tomen nota: Al Gore y los ecologistas anunciando el temido cambio climático por un lado, en cine nos vienen profecías apocalípticas por doquier bajo la forma de Cloverfield o I am Legend por ejemplo, en literatura sufrimos una plaga de desastres para la civilización capitaneados por el último premio Pulitzer, The Road de Cormac McCarthy (como alguien dijo en otro foro: cómo debían ser los otros aspirantes al premio para que ganara este bodrio...) y no hay más que ver el telediario para hacérselo encima pensando en lo tarados que están los que dirigen el cotarro. Total, que o nos freímos por el clima, o nos aniquilamos por vía nuclear, o acabamos con los recursos naturales, o viene Godzilla y nos chafa a todos con una de sus patas. Señores, es el fin.

Una vez asumamos que nos quedan unos cinco mil años como mucho creo indispensable empezar a preparar nuestro adiós de forma ordenada. Al igual que cuando uno sabe que va a palmar se dispone a poner todos los papeles en regla, me parece necesario comenzar con los preparativos de nuestro finiquito como especie, con vistas a que cuando los aliens finalmente colonicen el planeta sepan a qué es debido tanto desorden. O no, porque a lo mejor estamos ante otra de esas manías que nos cogen cada equis años y que consisten en profetizar el desastre cíclicamente para tener entretenido (y acojonado) al personal. Desde que ya no hay guerras mundiales el ambiente está un tanto apagadillo y los poderes fácticos van de culo haciendo pronósticos funestos para mantenernos a raya: primero fue lo de la Guerra Fría y el dichoso Teléfono Rojo, luego las películas de desastres de los setenta ("Aeropuerto", "Terremoto", "El Coloso en Llamas", "El Poseidón"... joder, no me extraña que nadie viajara por aquel entonces), después los crepados y las hombreras, al acabar el siglo las portadas iban llenas del caos del "Efecto 2000", y ahora le toca el turno al cambio climático. ¿Qué será lo siguiente? ¿Un nuevo disco de Manolo García?

Sean ciertas o no todas estas elucubraciones pesimistas, yo creo que la postura inteligente pasa por asumir que estamos acojonados y que lo mejor es no salir de casa. Y después, ya que estamos, emular a los protagonistas de la infravalorada y muy reivindicable Cabin Fever que, viéndose atrapados en una cabaña del bosque y comprobando que todos sus amigotes van palmando uno a uno, el chico y la chica que quedan en pie, sabiéndose a punto de correr la misma suerte que los demás, dicen: "¿Sabes qué? No me gustaría morir sin pegar un buen polvo" y, justo antes de empezar el festival gore de vísceras y demás, se ponen a copular como conejos hasta que no pueden más. Total...

Si hay que morir, que sea con las botas puestas.

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Las encrucijadas como coartada

martes 20 de noviembre de 2007 1:00

"¡Ah, si hubiera torcido a la izquierda en vez de hacerlo a la derecha, ¿quién sabe con qué mujer estaría yo ahora compartiendo lecho?!" Una frase como ésta, pronunciada en plan romanticón y a la luz de las velas, a mi entender sólo puede expresar una cosa: remordimiento por no haberte quedado con la otra. Obviamente la vida no es más que un conjunto de decisiones que vamos hilando y que nos sirven para conformar nuestro camino y sí, en efecto, cuando echamos la vista atrás siempre podemos observar cómo, en un momento determinado, si hubiéramos optado por B en vez de por A como en realidad hicimos probablemente hoy nuestra vida sería diferente: si hubiera elegido aquel trabajo en Nicaragua, si me hubiera sentado en clase al lado de la pelirroja, si hubiera estudiado francés en vez de alemán, si mi madre se hubiera casado con su primer novio, si hubiera nacido en El Congo. Queda claro que cualquiera de estas opciones modificaría nuestra existencia tal y como la conocemos, pero lo cierto es que nuestra vida es la que es y ponerse a especular sobre las encrucijadas del destino lo único que puede proporcionar a los nostálgicos es una coartada para echarle la culpa a un agente externo de sus desgracias presentes. Si estamos contentos con lo que tenemos, difícilmente nos pondremos a pensar en lo distinto que nos hubiera ido si.

Además, depositar demasiadas esperanzas en este tipo de avatares implica creer que nuestra vida está sujeta más al azar que al libre albedrío, y yo en eso discrepo enérgicamente (¿se puede discrepar tibiamente?). Dicho de otro modo, si uno es un cenutrio seguirá siendo un cenutrio por más que tuerza a la izquierda o a la derecha. Cuando uno es tonto de remate lo normal es que acabe aparejado con otra tonta de remate, sea rubia, morena o pelirroja. De ahí que, al tío que cree que tirándole los trastos a la rubia despampanante jamás se habría quedado con la morena lela, le falla una pieza en su eslabón: posiblemente al tirarle los tejos a la rubia ésta le diría que nones y por tanto volvería a atacar a la morena, quedándose de nuevo con ella. O peor aún, la rubia sería tan tonta como la morena y entonces su vida sería exactamente igual de frustrante, con la salvedad de que entonces se estaría preguntando porqué no embistió a la morena. Lo mismo con el trabajo de Nicaragua: si no puedes desempeñar tu labor dignamente a dos kilómetros de tu casa, ¿qué te hace pensar que en el extranjero te desenvolverías mejor? Lo más probable es que estuvieras igual de puteado y encima aún te secuestraría la guerrilla.

Cada uno se forja su destino en base a su personalidad primigenia, y creer que simplemente modificando el pasado podría tener un presente mejor es digno de soñadores, frustrados e incompetentes varios, tal vez con dos salvedades. La primera, la de los accidentes negativos ("si hubiera cogido el coche en vez de la moto hoy estaría vivo"), que efectivamente pueden ser fruto del azar y pueden trastocar nuestro plano vital para siempre. La segunda, la de los accidentes positivos ("si hubiera apostado al rojo en vez de al negro"), que también pueden incidir en nuestro presente de forma decisiva. Aun así, tiendo a creer que el de la moto más tarde o más temprano se la pegaría y que el nuevo rico tardaría poco en volver a arruinarse. Para mí no existen las encrucijadas de la vida. Uno se las va haciendo a medida que avanza, y eso no es mío, sino de Machado.

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La madurez como falsa excusa

martes 6 de noviembre de 2007 1:00

Hoy estoy contento porque ya he madurado oficialmente. Esta mañana me he encontrado con un antiguo amigo de mi padre, al que hacía por lo menos quince años que no veía, y tras departir un rato en amena conversación me ha comentado que "se te ve más maduro, chaval". Y yo que me he reído, porque de hecho cuando me miro al espejo me veo tan maduro ahora como a los veinte años. Esto de la madurez es una socorrida excusa que la gente de una cierta edad utiliza para descalificar las opiniones de los que aún no cuentan con los suficientes galones como para poder, en teoría, rebatirles un argumento. Funciona tanto para los adultos frente a los niños como para los veteranos (en el trabajo, por ejemplo) frente a los rookies. Y a mí siempre me ha parecido una soberana gilipollez. Necesaria tal como está montada la sociedad hoy día, pero una gilipollez en cualquier caso.

Recuerdo cuando, recién salido de la facultad, entré en una empresa de asesores encorbatados (ignoro cómo cuernos fui a parar yo allí, viendo la pinta de bufete pijo que atesoraba el antro en cuestión) y, a los pocos días, se planteó un dilema de gestión. No voy a entrar en engorrosos detalles, pero sin que me preguntaran y con la arrogancia propia de los descarados que acceden a un puesto de responsabilidad por vez primera y con las ansias por trepar asociadas a esa situación, se me ocurrió proponer una hipotética solución. No hace falta que les cuente la de improperios que recibí por hablar sin que se me preguntara, y las miradas que me dirigían mostraban bien a las claras que, aparte de no ser bien recibida mi propuesta, se me consideraba un inmaduro al cien por cien. Aprendí la lección y nunca más hablé fuera de contexto pero me hizo gracia comprobar cómo, a la larga, la solución que adoptaron tras darle muchas vueltas era precisamente la que yo había propuesto. Si no se me tomó en consideración en el momento inicial debió ser por lo de la "inmadurez" inherente a un chaval recién salido del huevo, y dudo que cuando se inclinaron por esa solución en concreto ni siquiera recordaran que yo la había mencionado hacía tiempo.

A tenor de esta anécdota y del hecho de que parece que por fin he entrado en el selecto club de "los maduros", me pregunto cuántas opiniones se guardan para sí los niñatos imberbes por miedo a parecer gallitos en un entorno de seniors. Ciertamente yo ahora hablo con soltura sobre política, economía, deporte y demás 'temas de interés general' ante personas de cierta edad y, por el contraste de pareceres, observo que se me toma en serio y que incluso mis desinformados argumentos están a la altura de los de mis veteranos interlocutores. Es decir, que ninguno tenemos ni puta idea de lo que hablamos. Pero ¡ah, si se le ocurre a un quinceañero establecer un postulado en plena tertulia! Será flagelado por su osadía o, peor aún, ignorado en el fragor de la batalla. ¿Es esto justo, Señorías? ¿Tan cierto resulta el tópico de "la veteranía es un grado"? ¿No somos igual de cenutrios a los veinte que a los cuarenta o los sesenta, sólo que camuflamos nuestra poca capacidad bajo un barniz de falsa respetabilidad otorgado por los años?

En el fondo mi pataleta de hoy se debe a que, para qué les voy a engañar, me ha hecho un poco de rabia esto de ser considerado "una persona madura". Mi espíritu rebelde de juventud y los restos del síndrome de Peter Pan que algún día corrió por mi osamenta me impulsan a protestar por esta inclusión en el club de la respetabilidad y me llevan a proclamar mi adhesión incondicional al club de los inmaduros indocumentados. Como decía, veo las cosas exactamente igual que a los quince años y si ahora me enzarzo en tertulias de bar es simplemente porque los demás me escuchan, cosa que no hacían antes cuando aún me salían granos de acné. Es más, en vista de lo que me ha aportado la experiencia, diría que antes tenía un criterio mejor definido y los demás no se daban ni cuenta. Inmaduros...

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