Malos tiempos para los chantajistas

lunes 6 de octubre de 2008 0:00

El sábado por la mañana leí una columna de opinión sobre el tema de la adopción que me pareció bastante interesante, y que viene a coincidir con cierta percepción que desde hace un tiempo tengo sobre el comportamiento de la gente al respecto de la hipocresía social. Diría que ha habido un cambio de mentalidad en lo que concierne a las falsas apariencias, o será que me muevo cada día por ambientes más sanos y me relaciono con tipos más sinceros, vayan a saber. Me explicaré: decía Imma Monsó en su artículo que

...el tema de la adopción ha sufrido en los últimos años una evolución vertiginosa. El gran cambio empezó con la avalancha de adopciones internacionales de los noventa, hecho que nos proporcionó a todos una mirada más abierta hacia el fenómeno. Se rompieron muchos tabúes, como el que consistía en no decirle al hijo que era adoptado hasta que este ya estaba crecido. Se hace difícil hoy en día imaginar qué podía llevar a los padres a ocultar un hecho tan natural como la adopción y a cambiarlo por un "secreto de familia" que, como todo secreto, se convertía en una carga tóxica.

Es decir, que lo que antes se trataba de un secreto inconfesable (incluso al propio hijo adoptado) hoy es visto con mayor naturalidad por parte de todos. Parece que ya no caben los clásicos cuchicheos acerca de la imposibilidad de procrear de la pareja adoptante, ni los posibles conflictos de herencia por falta de linaje consanguíneo, ni traumas infantiles sobre la propia identidad y la búsqueda frustrada de los orígenes. En este aspecto, la sociedad claramente ha madurado. Y no sólo ahí: hace poco tiempo una amiga mía se separó de su marido (quedándose con la custodia del hijo de ambos) y, tal vez porque la cosa se veía venir desde hacía tiempo, llegó una noche a una cena y lo soltó con toda la naturalidad del mundo: "nos hemos divorciado porque lo nuestro no funcionaba". Tras la sorpresa inicial, gestos de comprensión, muchos "la vida sigue" y ánimos para la recién separada. Hoy en día ya nadie habla del tema y alguna compañera cuenta que ha encontrado una nueva pareja de buen ver. Tal vez nos la presente en la próxima cena, tal vez no, pero no deja de sorprenderme cómo este tema también se ha asumido en la sociedad actual como una cosa de lo más normal, cuando hace treinta años comportaba una elevada dosis de autohumillación para los implicados. Como tercer ejemplo, ahora que todo el mundo habla de la crisis económica, un proveedor me comentaba el otro día que las cosas le habían ido mal en el negocio y que, tras pensárselo unos meses, había optado por cerrar y venderse su segunda residencia para pagar las deudas. "Así vivo más tranquilo", me dijo riendo. Una vez más, curioso cómo ha cambiado la gente respecto a esto. Lo que antes se escondía bajo las mil y una excusas y en muchos casos ni siquiera se atrevían a confesar ahora se suelta con todo el desparpajo del mundo, anulando de por sí cualquier posible chismorreo posterior o cualquier "ya decía yo que éste iba de prepotente por la vida". Y ya ni les cuento la cantidad de conocidos que vienen saliendo del armario desde hace década y media: de tan banal que resulta se ha convertido en aburrido.

Las mentiras de antaño van cayendo poco a poco y se sustituyen por un pragmatismo para nada habitual en las generaciones anteriores, sin generar recargos de conciencia ni dar pie a inútiles tabúes que no llevan más que a la propia insatisfacción interna. Aún hoy en ciertas clases pudientes demasiado preocupadas por guardar las apariencias estas cuestiones se ocultan como si de pecados veniales se tratara, pero por lo general diría que ya hemos asumido la falsedad de la retórica sobre el triunfo y las conveniencias sociales. Imagino que lo siguiente será confesar a bocajarro que tenemos inclinaciones zoofílicas o que al abuelo le gusta vestirse de mujer y cantar tangos encerrado en la habitación. Sólo cuando ya no queden trapos sucios que ocultar podremos descansar con la conciencia bien tranquila, y lo cierto es que hoy ya nadie se escandaliza por nada, así que anímese, estimado lector, y admita que tras esa fachada de tío duro o de mujer fatal hay alguien con las mismas inseguridades y fracasos que cualquier hijo de vecino. Todo el mundo lo hace y hace tiempo ya que no pasa nada... casi que lo siento por los chantajistas y las vecinas cotillas del tercero.

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Mentiras

miércoles 21 de mayo de 2008 0:00

Llevo ya unos días dándole vueltas a este artículo de Paul Graham. La tesis central sería que los adultos mienten constantemente a los niños pero no siempre de manera justificada, y por tanto propone una reevaluación de la necesidad de mentir dado que, según Graham, las mentiras que a su vez nos dijeron a nosotros durante nuestra infancia nos siguen afectando en la edad adulta. "Mentiras" en el sentido amplio de la palabra: desde las que ofrecen protección del entorno (para evitar que los niños vean guerras, delincuencia o pobreza) hasta las que buscan proteger del sexo y de las drogas, pasando por las que simplemente intentan preservar la inocencia o rechazar la idea de conceptos incómodos (como la muerte), o incluso las que sólo sirven para reforzar la autoridad paterna, todo se engloba en una enorme conspiración global que busca condicionar el comportamiento de la infancia. Luego, por extensión, los adultos vienen "tarados" de serie, viviendo en un mundo ideal/irreal y proyectando los mismos embustes hacia la siguiente generación en un bucle sin fin. Citando al autor:
La conspiración es tan profunda que la mayoría de los niños que la descubren lo hacen únicamente descubriendo las contradicciones internas en lo que se les dice. Puede resultar traumático para los que se despiertan durante la operación. Esto es lo que sucedió a Einstein:
A través de la lectura de libros científicos populares pronto llegué a la convicción de que muchas de las historias de la Biblia no podían ser verdad. La consecuencia fue un libre pensamiento positivamente fanático, y la impresión de que la juventud está siendo engañada intencionalmente por el Estado a través de mentiras: se trata de una impresión aplastante.
Recuerdo esa sensación. A la edad de 15 años estaba convencido de que el mundo era corrupto de punta a punta. Por eso películas como The Matrix tienen tanta resonancia. Cada niño crece en un mundo falso. En cierto modo sería más fácil si las fuerzas detrás de él pudiesen identificarse claramente con un montón de máquinas malévolas, liberándonos del engaño con sólo tomar una píldora.
Tal y como yo lo entiendo, sólo librándonos de ciertas mentiras preconcebidas estimularemos nuestra personalidad y nuestra capacidad de razonar libremente. Graham sostiene que conviene desintoxicarnos, porque jamás llegó el día en que los adultos se sentaron a explicarnos cuántas mentiras (necesarias o no) nos largaron durante nuestra infancia. Probablemente porque ni se acuerdan, y probablemente porque son las mismas que les contaron a ellos y las dan por ciertas sin dudar. La mayoría de la gente circula por la vida con todo esta sarta de falsedades bien inculcada desde su niñez en su cabeza, sin dignarse a hacer el esfuerzo de sopesar los efectos que tuvieron en su psique a largo plazo. Graham nos invita a hacer este esfuerzo, y alega que si es concienzudo puede alterar nuestra escala de valores más íntima. "El primer paso para 'limpiar' tu cabeza sería comprender lo sesgado de tu punto de vista con respecto a un espectador neutral", dice, y a partir de ahí convendría "borrar concienzudamente todos los datos de tu mente" hasta dejarla como un folio en blanco.

Tal vez tenga razón, tal vez no. A lo mejor es cierto que para ser feliz hace falta vivir engañado, cual marido cornudo convencido del sempiterno amor conyugal. Después de todo, dicen que los más estúpidos suelen ser también los más felices, en la carrera sin fin que sólo puede culminar en cualquier sanatorio mental, mundo feliz por excelencia. Ciertamente yo viviría mucho más tranquilo pensando que al morirme iré al cielo, pero creo sinceramente que aunque sin las patrañas religiosas las perspectivas del Más Allá no son precisamente halagüeñas, el haberme liberado de prejuicios bíblicos me ha hecho más libre y, paradójicamente, más feliz. Sirva este ejemplo personal para ilustrar la tesis de Graham.

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