Living in denial
viernes 24 de octubre de 2008 0:00
Alanis Morissette lo contaba mejor en su canción, pero viendo las últimas fotos de la Jennifer Lopez post-parto me resulta una ironía impagable que precisamente esta mujer fuera la que decidió asegurar su culo por una millonada. Ya cuando oí la noticia me pareció extraño: ¿cómo se asegura un culo? Con un coche, por ejemplo, es fácil: se trata de cubrir las abolladuras y las roturas de luna. Pero un culo no se abolla; en todo caso se agranda, como le ha ocurrido a otrora bomba sexual latina, y de ser así la culpa vendría de la propia poseedora del culo, con lo que la indemnización al seguro correría de su cuenta. A no ser, claro, que se tratara de evitar posibles moratones en caso de sesión sadomasoquista, pero diría que aunque sea el partenaire el que se pase de rosca indirectamente la propietaria del pandero podría ser imputada a la hora de pagar los daños y perjuicios. Sea como fuere, ahora que su preciado trasero se ha convertido en un portaaviones de primera imagino que los de la póliza le habrán hecho una rebaja, porque de lo contrario estaría pagando un pastón por asegurar un bien que ya no lo vale.Lo cual me lleva al tema que quiero tratar: ¿cómo hay gente tan estúpida como para querer asegurar su trasero? Vamos, ni que fueran a robárselo con la excusa de que no se tienen ojos en el cogote. Pero lo cierto es que esta clase de personal abunda (por lo menos en Hollywood), y ahí está el siempre edificante ejemplo de Victoria Beckham, esa 'spice' pija que se pasea por la vida como si fuera una top model de lujo cuando en realidad no llega ni a plato de tercera: ella vive su propia mentira y se siente feliz así. No es que sea nada malo deambular por la inopia durante toda nuestra existencia (siempre y cuando la burbuja no reviente por causas exógenas), pero no puedo evitar preguntarme si en realidad esta gente no se da cuenta de lo patéticos que resultan a ojos de la gente normal. Por normal no me refiero a las quinceañeras capaces de hacer cola durante día y medio frente a una tienda para tocar la mano de sus ídolos, sino a los adultos que acarrean el trajín de sus alegrías y sus miserias con toda la normalidad del mundo. Es decir, el 99% de la población mundial. ¿Realmente cree esta fauna que los envidiamos? ¿Se puede estar tan ciego como para ir manteniendo esta clase de actitudes excéntricas y ostentosas y pensar que el resto de mortales nos desvivimos por ser como ellos? ¿A qué clase de lobotomía te someten para terminar siendo así? ¿O es que se trata de una imagen impostada y de una pose a adoptar por contrato cuando lo que realmente quieren es llevar una existencia anodina? Si es así, lo siento por ellos, porque deben sufrir horrores. Y si no, también lo siento. Vaya mierda ser un gilipollas rematado y ni tan siquiera darse cuenta de ello.
Etiquetas: fetichismo, lujo, sociedad
Soluciones para los tiempos de crisis
lunes 23 de junio de 2008 0:00
Ahora que parece que lo de la crisis va en serio surge una iniciativa para todos aquellos que desean seguir exhibiendo su buen ritmo de vida de cara a la galería aunque en realidad están pasando penurias. Varios periódicos han hablado ya del fenómeno, que consiste en el alquiler de artículos de lujo para los que no tengan posibilidades monetarias de compra. Por ejemplo, bolsos de Louis Vuitton o de Chanel, posibilidad ofrecida por la empresa Look and Stop. El mismo método es aplicable a automóviles, viviendas, ropa, joyas y todo el sinfín de complementos que permite a los clientes potenciales distanciarse de la plebe, con el fin de poder lucirlos en una velada especial sin que sus amigos del alma sepan que en realidad no llegan a fin de mes. Interesante idea, que demuestra que los negociantes se las ingenian como pueden para seguir sacando al mercado productos que en épocas como la actual no tienen demasiada salida, y que pone en evidencia la psicología del populacho de una manera diáfana.Ya me estoy imaginando la fiesta en el chalé con piscina de la Cerdanya (todos los pijos van a la Cerdanya hoy en día) que algún fanfarrón montará en pleno mes de agosto, a sabiendas de que ninguna de sus amistades sabrá que una vez concluida la velada el "propietario" tendrá que devolver las llaves y regresar a su morada habitual bajo un puente cualquiera. Idea redonda y solución de emergencia, aunque me surge una pequeña duda cuando pienso en el sistema: intuyo que este tipo de negocio tendrá cierto éxito en grupúsculos muy concretos de la sociedad, aquellos que el resto de la gente denomina "fantasmones". ¿Acaso no podría suceder que dos amigos del mismo círculo alquilaran la misma casa, el mismo coche o el mismo bolso en fines de semana distintos, por aquello de la necesidad imperiosa de fardar ("si el otro tiene una casa chachi yo también")? Sería una escena impagable la del sujeto que arrendara el chalé de la Cerdanya, mandase las pertinentes invitaciones a todo su grupo de amistades y, al presentarse para montar las bandejas de canapés, se encontrara con la sorpresa de que la casa es exactamente la misma en la que hace quince días su vecino montó su fiesta de "bienvenida del verano". Ante la pregunta de algún invitado impertinente: "oye, ¿pero esta choza no era de Antonio?", el cliente apurado siempre podría inventar una historia del tipo "sí, me gustó tanto que se la compré nada más terminar la fiesta". Y a ver si Antonio, que con toda seguridad rondará por allí, tiene las narices de contar la verdad al resto de invitados.


