Sin perdices
miércoles 1 de octubre de 2008 0:00
Si les digo que un congreso de expertos anda estos días en la localidad bávara de Bad Brückenau debatiendo sobre si es adecuado que los cuentos clásicos acaben con un final feliz probablemente me tacharán ustedes de mentiroso o de pirado, pero como vengo demostrando desde los inicios de este blog a través de los más diversos enlaces, cualquier historia -por increíble que parezca- puede resultar cierta. Mejor lo leen ustedes mismos y así quedan más convencidos:De haber vivido en el siglo XXI, la Bella Durmiente y Blancanieves ya se habrían divorciado. Pasaron gran parte de su cuento de hadas sumidas en un sueño profundo y, tras despertar al calor del primer beso de amor, se casaron con un completo desconocido, algo que sólo termina bien en la literatura.
Ésa es al menos la tesis del germanista Wilhelm Solms, que hoy presentó una ponencia en el congreso internacional de la Sociedad Europea de Cuentos de Hadas (EMG), en la localidad bávara de Bad Brückenau, que este año aborda el concepto de "final feliz".Según explicó a Efe, las parejas que inician su andadura común en esas condiciones, tienen pocas probabilidades de perdurar. "No deberíamos leer los cuentos de forma tan poco crítica, ni dejar que los cuentacuentos nos induzcan al error", asegura.A su juicio, los galanes de esas historias lo único que sabían de los seres deseados es que eran "hijas de reyes y guapas", algo en lo que cree que no puede basarse una relación, y además, al conocerlas "tenían los ojos, que son las ventanas del alma, cerrados". "No saben nada de ellas como individuos", agrega.Su idea de desmitificar los finales felices proviene de su convicción de que esas bodas de cuentos de hadas quedan grabadas en el subconsciente de los niños -sobre todo de las niñas- que luego se crean unas expectativas "irreales" de sus parejas "reales". "Se crea la ilusión de que el otro debe hacerme feliz a mí y no de que yo debo hacer feliz al otro", explica el germanista, quien afirma haber observado el "desencanto" posterior al enamoramiento en un sinnúmero de ocasiones. Además, para Solms, ser príncipe y tener sangre azul en las venas no es garantía de ser un buen marido. Así se refiere en concreto al enamorado de la Cenicienta, al que define como una suerte de "Casanova barriobajero" pues se rodea de mujeres hermosas para escoger a la más bella y no permite a su pareja bailar con nadie más en toda la noche.
El artículo sigue, y de momento sólo salva a "Rapunzel", así que ya ven lo mal que pintan las cosas para los literatos clásicos. Supongamos por un momento que la sociedad toma nota de los temas tratados en tan eminente congreso: ¿se imaginan ustedes las consecuencias? Desde reediciones de los DVD Disney en los que se alteraría el final para mostrar a una Blancanieves con quince kilos más fregando el suelo y clamando al cielo ("¡más me valdría haberme quedado con los enanos!") mientras el príncipe se desahoga en un lupanar cercano, hasta las curiosas escenas que podrían darse en las habitaciones de medio mundo cuando, antes de acostarse y tras la rutinaria lectura del cuento, la niña de turno preguntara a su progenitor: "¿papá, qué es un divorcio?¿y violencia de género?" Casi que valdría más la pena pasarles el vídeo de "Blancanieves X y los siete ciruelos" y responder a la pregunta "¿qué es una sodomización?" para así ir ahorrándoles disgustos de cara al futuro.
Con todo, de prosperar las tesis del congreso, amén de conseguir que las nuevas generaciones sean más felices en la vida gracias a la rebaja de expectativas, posiblemente tendríamos un efecto colateral que no nos vendría mal a todos en conjunto: finalmente el populacho vería a los monarcas y a los príncipes tal como son, y en cuatro días mandaríamos ciertas instituciones anacrónicas a tomar viento de una vez por todas.
Etiquetas: literatura, relaciones
En contra del Copyright
lunes 22 de septiembre de 2008 0:00
Ahora que por todas partes se habla de los dichosos derechos de autor y de la decisión que se tomará este miércoles en la Eurocámara con vistas a caparnos las descargas de torrents sería un buen momento para lanzar al aire una proclama revolucionaria que abogase por la eliminación total de cualquier derecho sobre la propiedad intelectual. Sí, ya sé que los "creadores" viven de ello y que no es cuestión de ir jodiéndoles la marrana por nuestro egoísmo, pero sólo de pensar que a partir del mes que viene no voy a poder bajarme ninguna serie de televisión si esta medida prospera me entran sudores fríos y me sumerjo en pesadillas sobre un futuro apocalíptico en el que habría que volver a esperar un año para ver la nueva temporada de "Lost" o "24", mal dobladas, a deshoras y con un montón de nauseabunda publicidad de por medio. Espantoso.Pero no es ésta la razón que quiero esgrimir para la abolición del dichoso copyright. La pega que le veo a estos (caducos) derechos es que, en un mundo en el que todo son 'remakes', repeticiones de historias que a su vez se inspiran en otras más antiguas, obras basadas en personajes ya creados, etcétera, si se aplicaran a rajatabla los postulados del copyright (no copiar nada que se parezca mínimamente a otra cosa a no ser que se pague una morterada de dinero) a mí prácticamente no me quedaría nada que echarme a la boca. Pondré un ejemplo sencillito: la semana pasada Telecinco prohibió a La Sexta emitir cualquier imagen de su canal debido a la mofa que se hace de su parrilla desde programas como "Sé lo que hicisteis". Si el resto de canales opta por la misma estrategia el espacio de Patricia Conde y Ángel Martín se irá a tomar por saco en menos que canta un gallo. ¿Preocupante? No demasiado, la verdad, pero admito que algún día me he quedado enganchado viendo el programa y me parece una barrabasada que lo puedan liquidar de un plumazo como en los mejores tiempos de la censura franquista amparándose en las dichosas leyes de la propiedad intelectual.
Aplicando el mismo razonamiento, si Joseph Conrad se hubiera puesto chulo Francis Ford Coppola jamás habría podido rodar "Apocalypse Now", a Linus Torvalds no le habrían permitido desarrollar su Linux, el doctor House y su ayudante Wilson no habrían penetrado en nuestras pantallas en caso de que los herederos de Conan Doyle hubieran detectado demasiadas similitudes con Holmes y Watson, y Sinéad O'Connor no habría podido alumbrar una pequeña joya del pop de haber sufrido alguna amenaza por parte de los abogados de Prince. En todos estos casos hubo alguien dispuesto a desembolsar una ingente cantidad de dinero para poder deleitarnos con todas estas creaciones, pero no quiero ni imaginarme la cantidad de obras maestras que se habrán perdido en el limbo del olvido por culpa del puñetero copyright. Estoy prácticamente seguro que de no haber existido jamás la propiedad intelectual nuestra vida sería muchísimo mejor y hoy en día conoceríamos a muchos más artistas que se quedaron en el camino por falta de posibilidades.
En estos mismos instantes Alan Moore boicotearía gustoso a los productores de "Watchmen" para que no pudiesen tirar adelante el proyecto de tan ambiciosa película. Posibilemente tenga razón y el producto no llegará a la suela de los zapatos de la novela original, pero si sirve únicamente para que un uno por ciento de los potenciales espectadores corran a las librerías a comprarla diría que la tentativa ya ha valido la pena, ¿no? Joder, si pares una obra maestra al menos ten la suficiente generosidad como para dejar que la gente pueda disfrutarla a su antojo.
Etiquetas: cine, justicia, linux, literatura, música, tecnología, televisión
Escribir con estilo
viernes 25 de julio de 2008 0:00
Ahora que ya ha pasado más de un año desde que Kurt Vonnegut cruzara la última frontera, me parece oportuno y altamente recomendable recuperar sus consejos para crearse un estilo escribiendo, aptos tanto para narradores profesionales como para periodistas o, porque, no decirlo, blogueros empedernidos. Los cinco puntos fundamentales, según el escritor, son:- Encuentre un tema que le guste
- No divague
- Escriba simple
- Tenga coraje para acortar el texto
- Que se note que el texto es suyo
- Diga lo que quiere decir
- Apiádese de los lectores
Y me viene a pelo el texto de marras pues de un tiempo a esta parte noto una evolución en esto de los blogs tendiente a la sencillez. Recuerdo que en las primeras épocas blogosféricas todo quisqui decoraba sus posts con frases rimbombantes, largas y llenas de metáforas (yo pequé de lo mismo, lo confieso), intentando otorgar a las mismas un sentido críptico y recargado que provocaba que el ocasional lector huyera despavorido. Con el paso del tiempo, y supongo que por influencia de los blogs de paridas o tecnológicos, los posts y las frases han ido acortándose (lo cual redunda en un alivio para el lector) y los mensajes cada vez son más claros. Revisitando antiguas bitácoras que en su día abandoné por imposibles, me doy cuenta de que muchas de ellas (las que sobreviven, en todo caso) han abandonado ese rancio aire de trascendencia y han recorrido un proceso que las convierte no sólo en más amenas sino en totalmente adictivas.
Sirva pues esta entrada para homenajear a todos los viejos blogueros que intentan que su blog sea algo más que una vulgar recopilación de noticias, fotos y vídeos del Youtube, y que han conseguido sobrevivir al síndrome del escritor frustrado, comprendiendo que al final si pretendes que alguien se moleste en leer tus entradas éstas deben ser coherentes, simples y directas. Algunos seguimos perseverando en el intento. Va por ustedes, queridos lectores...
Etiquetas: blogs, escribir, literatura
Jugando con el metalenguaje
martes 15 de julio de 2008 0:00
Hablando sobre los Arcade Fire creo que ya dejé claro que una de las cosas que más me gustan a nivel artístico es la experimentación, esa forma que tienen algunos creadores de empujar los límites un poco más allá de lo que el proceso creativo exige a un nivel convencional. En música hay miles de ejemplos, pero como para muchos se acercan las vacaciones he pensado que hoy sería un buen día para recomendar uno de esos autores que suele pasar bastante desapercibido para el gran público cuando lo cierto es que sus libros atesoran un enorme nivel de calidad, sobre todo si al lector le gusta que le rompan las convenciones de cualquier género y le apasiona (como es mi caso) entrar en un juego de metalenguajes que desafía la lógica interna de una narración a la vez que estimula la imaginación de un modo muy particular.Entré en el universo de Christopher Priest a través de los Premios Mundiales de Fantasía. Como cada año, me pasé por la web de estos prestigiosos galardones y me apunté la lista de los cinco finalistas y del vencedor de la edición de ese año, 1996, para efectuar los pertinentes pedidos en Amazon. Mi historia personal con estos premios viene ya de lejos, y baste decir que gracias a ellos he descubierto tesoros como Tim Powers (uno de mis autores favoritos de todos los tiempos), Robert Holdstock, Ken Grimwood o George R.R. Martin. Fue así cómo entré en contacto con El Prestigio, y déjenme decirles que si sólo conocen la historia a través de la (notable) película de Christopher Nolan se han perdido un gran rompecabezas y un juego de engaños y de falsos espejos a la altura de los mejores trucos de cualquiera de los dos magos protagonistas. Como en cada una de sus obras, a Priest le gusta manipular la percepción de la historia que recibe el lector, en este caso a través de dos diarios personales enfrentados, cada uno narrando su versión de los hechos. ¿Cuál de los dos narra los hechos verídicos? ¿Cuál de los dos miente o simplemente es presa de los desvaríos de un loco? ¿Son ambas narraciones inventadas? En principio hay un final que ofrece una posible solución, como siempre en los libros de Priest, a través de un Deus ex-machina que interviene en la historia para tomar partido, pero aun así queda la duda de si el narrador final no está tan implicado en los hechos que a su vez vuelve a engañarnos para que, como en todo buen truco de magia, la solución quede fuera del alcance del gran público.
La fijación de Priest por los diversos puntos de vista con los que se puede contar una historia adquiere una especial relevancia en La Afirmación. Este libro es considerado una obra maestra y un tostón sin parangón a partes iguales desde la crítica, pero como es cortito vale la pena darle una oportunidad y adentrarse en uno de los experimentos literarios más extravagantes jamás escritos. Peter Sinclair, el protagonista, pierde a su padre, a su novia, su trabajo y su casa en pocos días. Tan frustrado está por su estado actual, que decide escribir su biografía para dilucidar cómo ha podido llegar a tan desastrosa situación. Tras varios intentos fallidos, llega a la conclusión de que lo mejor será redactar una alegoría biográfica que indirectamente aclare los hechos a través de un relato ficticio, y para ello se inventa un mundo imaginario, Jethra, tan deprimente como su Londres nativo, en el que el Sinclair alternativo gana una lotería muy particular: la que le proporciona la vida eterna, a cambio de borrar su memoria hasta el presente. Para que todo lo vivido no caiga en el olvido, decide antes de aceptar el premio redactar su biografía, también de un modo imaginario: se inventa una ciudad llamada Londres de la cual nadie ha oído hablar, y un tipo al que una serie de desgracias le impulsan a escribir su historia. Se entra de este modo en un relato circular, alternando en cada párrafo la historia de uno y otro, sin que el lector llegue nunca a descubrir qué Peter Sinclair es el auténtico y cuál el ficticio. Ambos relatos terminan de manera subrepticia a mitad de una frase, y el libro, como no podía ser de otro modo, termina... (baste decir que más de un lector creerá que se trata de un error de impresión).
Pero para pérdidas de memoria y puntos de vista diferentes sobre un mismo relato el no va más Priestiano sería El Glamour. Decir que su historia versa sobre un fotógrafo de guerra al que un accidente le resta un par de meses de su vida por vía de una amnesia sobrevenida sería quedarse muy corto. Como ya es habitual en el universo de Priest, Richard Grey se somete en el hospital donde se recupera a una sesión de hipnosis y rememora su versión de esas semanas perdidas. Semanas en las que conoce a Sue, una pasajera con la que coincide en un tren que recorre la costa francesa, y de la que se enamora perdidamente. El único problema es Niall, el actual novio de Sue, una presencia constante en su vida pero que jamás aparece físicamente en el relato. La pregunta que surge es lógica: ¿existe de verdad Niall? ¿Se lo imagina Sue? Las dudas se disparan en la segunda versión de los hechos, la que la propia Sue le cuenta cuando va a visitarle en el hospital: según ella, tanto Sue como Niall y hasta Grey tienen una extraña habilidad llamada "el glamour", consistente en hacerse invisible a los ojos de la gente. No invisibilidad en el sentido de H.G.Wells, sino en el sentido de una habilidad que permite a los que la poseen pasar totalmente desapercibidos entre la multitud. A mayor nivel de glamour, mayor invisibilidad, y parece que Niall se lleva la palma. ¿Pero quién es entonces Niall? Al final del libro uno llega a la conclusión de que Niall puede ser tanto un personaje como el autor del libro o incluso usted, querido lector, tan invisible para los personajes que ellos son incapaces de verlo aunque sienten su presencia a medida que se desarrolla su historia.
Como ven, Priest es un maestro del metalenguaje, suele meter sus libros dentro de los propios libros, cuando no al mismo lector en el interior de la historia, dejando una sensación extraña cada vez que uno termina alguna de sus obras. Seguro que si le dan una oportunidad este escritor no les dejará indiferente. Además, su estilo se lee fácil y bien, y supone una forma narrativa completamente original y distinta de lo que se puede encontrar usualmente en la librería de la esquina. Si tienen ganas de sumergirse en una lectura amena y a la vez apasionante este verano, no lo duden. Yo tengo unos cuantos más en espera, y no veo el momento de empezar a saborearlos.
Etiquetas: literatura
Un cúmulo de referencias
miércoles 11 de junio de 2008 0:00
Poca gente sabe que el Cherry Lips de Garbage está inspirado en la vida de JT Leroy, un escritor supuestamente nacido en 1980 en West Virginia (según mamá Wikipedia), hijo de una prostituta y drogadicto casi desde el día en que vino a este mundo, y que halló en la literatura una vía de escape para su historial de traumas y abusos infantiles. En sus apariciones públicas se mostraba siempre vestido de mujer (vean los resultados del Google Images), algo tímido y acongojado por el éxito de crítica y público que tuvo su novela de debut, Sarah, escrita a sus 19 añitos. Cómo no, el libro iba sobre un chaval de 12 años que cambiaba de sexo y de nombre a raíz del consejo de su madre, una puta que tenía como lema "todo en esta vida resulta más sencillo si eres una chica guapa". Muchos vieron en esta truculenta novela los obvios rasgos biográficos del autor, y Shirley Manson le dedicó una canción por lo impresionada que quedó tras la lectura. Supongo que la tituló "Cherry Lips" en homenaje al color de labios tanto de Sarah como de su autor cuando salían a la calle vestidos para matar.Lo mejor de todo es que JT Leroy jamás existió. En realidad se trata de un seudónimo de la escritora Laura Albert, que se inventó una biografía impactante para publicitar la famosa novela, y se ayudó de una amiga, la diseñadora Savannah Knoop, para personificar las apariciones públicas de Leroy y hacer más creíble la ficción. Ignoro si cuando los Garbage compusieron el tema estaban al corriente de todo o si simplemente los embaucaron como al resto de la humanidad, pero tanto cúmulo de referencias literarias me hace suponer que más de un listillo se habrá pillado los dedos con la historia de esta canción. Precisamente, si yo estoy al corriente del asunto es porque cuando el tema entró en las listas de los más vendidos de medio mundo leí un artículo sobre el torturado escritor en un periódico de prestigio. En el texto lo daban como personaje real, algo lógico dado que no hace más que un par de años que el New York Times destapó todo el asunto, impulsado por las suspicacias que la figura de tan extravagante autor había levantado en determinados medios. De haberme guiado por lo que leí en su momento, posiblemente habría hecho el ridículo en una tertulia literario-musical de nivel (por suerte no frecuento círculos elitistas).
Sirva esta curiosa anécdota para ilustrar los miles de detalles que pueden esconderse tras las crípticas letras de una canción pop al uso, un fenómeno que debo admitir que siempre me ha intrigado, sobre todo cuando en los conciertos veo a la gente emocionada corear los versos de la canción-emblema del grupo que han ido a ver (algunos incluso llorando). Siempre me pregunto a qué viene tanta emoción, si en la mayoría de los casos no deben tener ni idea de qué cuernos es lo que están cantando. Lo mejor es cuando alguno intenta ponerte la piel de gallina explicándote el profundo significado de alguno de estos temas. No hace mucho me pasó, y aunque asentía con la cabeza a todas las figuras poéticas que mi interlocutor me estaba detallando, interiormente me reí recordando la historia de los Garbage y JT Leroy. Si ellos supieran...
Etiquetas: literatura, música
Hasta los fogones
miércoles 28 de mayo de 2008 0:00
Una vez fui al restaurante de Carme Ruscalleda, el mítico Sant Pau, y comí bien. Como por aquel entonces al local aún no le habían endosado la tercera estrella Michelin, el ágape me salió "baratito", unos doscientos cuarenta euros del ala (dos comensales), y aseguraría que al deconstructivismo culinario le quedaba todavía un buen trecho para alcanzar la cima, pues no preservo en la memoria ningún brebaje a base de hidrógeno o un postre relleno de colágeno. Recuerdo que me hizo gracia que los camareros se tiraran más rato haciéndome un resumen de la elaboración del plato que lo que yo tardaba en zampármelo y la presteza a la hora de reponer el vino, pero diría que más allá de estos ínfimos detalles la cosa no variaba demasiado con respecto a cualquier otro restaurante pijo. Supongo que en Can Fabes la comida es más consistente, y me he propuesto comprobarlo un día de éstos, pero en el de Ruscalleda puedo asegurar que la cena se compone de un sinfín de platos que dilatan la velada unas tres horas, un festín de pequeñas porciones de bouffe non-stop que hace que termines bastante lleno (aunque no a reventar). Del Bulli no puedo dar referencias más que nada porque me niego a reservar una mesa con un año y pico de antelación para que luego resulte que el día en que voy a pagar el gusto y las ganas me encuentre constipado y no pueda apreciar "la amalgama de sabores" que me ofrece el amigo Adriá.Viene toda esta parrafada a cuento de las polémicas propuestas incendiarias de Santi Santamaría, maestro de ceremonias de Can Fabes, de las que se ha visto obligado a retractarse en vista del alud de críticas que se le venía encima, y eso que hasta Montignac se posiciona a su lado. Supongo que el hombre estaba hasta los fogones de que no se le reconocieran sus méritos y del protagonismo que acaparaban los experimentos culinarios de Adriá y Ruscalleda, pero no por ello es menos cierto que lo único que ha hecho ha sido expresar en voz alta lo que muchos gourmets de a pie pensaban en voz baja: menos cocina deconstructiva y más entrecottes a la pimienta, que las sopas de cubito de café salpicadas de un riego de regaliz están bien para la foto pero no sacian el apetito de una manera acorde con la que vuela el dinero de la cartera. Y de paso le ha arreado un sopapo al papanatismo omnipresente en nuestra sociedad, presto a alabar cualquier excentricidad sólo porque la recomiendan los cuatro entendidos de turno y a denostar todo lo demás. Amén de los innumerables imitadores de baja estofa que los sufridos clientes tenemos que soportar (¡y pagar!) en cualquier restaurante de segunda de nuestra ciudad.
En el fondo este debate es tan viejo como la vida misma. Ya en el colegio había un grupúsculo de elitistas que glosaban las excelencias de la banda indie del momento y te tachaban de mentecato si osabas decir que a ti lo que te gustaba era la música de los Pet Shop Boys. En el cine, tres cuartas partes de lo mismo: por cada gafapasta que recomendaba fervientemente el último estreno de Woody Allen había cien mil tíos que se mordían la lengua para no confesar que lo que les hacía subir la testosterona era la nueva entrega de "Arma Letal". En el deporte, la élite golfista se dedica a hacer alarde de sus putts ante los mindundis que quedan para jugar al futbito los fines de semana, y en el universo literario hay quien espera su cita anual con el Nóbel para épatar a sus contertulios, normalmente unos impresentables que sólo leen a King. El eterno conflicto entre la élite y la plebe, esta vez servido con una reducción de perfume de pétalo de rosa.
A mí el cuerpo me pide ponerme del lado de Santamaría, qué quieren que les diga. Soy un tío sencillo, en las bodas me tira más el menú infantil que las horteradas precongeladas de presunto pedigrí culinario que nos sirve el catering, y entre las pizzas mi favorita es la margarita. No obstante me entra cierto reparo a la hora de apoyar a este reputado cocinero, no por nada pero manda huevos que sea precisamente él, que pomposamente autoproclama su garito como un "centro de ocio gastronómico" (se ve que "restaurante" queda pobre), el que tenga que poner los puntos sobre las íes a todo el mundillo de la cocina moderna. Si al menos hubiera sido el pizzero de la esquina... Aunque claro, éste no creo que disponga de una gran tribuna mediática.
Personalmente, si les gustan los restaurantes (moderadamente) caros, permítanme que les recomiende el Hispania, un local tradicional y cuya reputación viene de lejos (de mucho más que todos los que he mencionado anteriormente), y que sabiamente ha sabido mantenerse al margen de tanta polémica. Eso sí, no tarden demasiado en visitarlo, porque a la que falte alguna de las dos hermanas que lo regentan intuyo que perderá gran parte de su gracia culinaria. Y no es que esté llamando al mal fario, ojo, que ya tienen una edad pero aún pueden dar guerra durante bastante tiempo.
Etiquetas: cine, cocina, deporte, literatura, música, élite
El futuro ya no es lo que era
martes 13 de mayo de 2008 0:01
Este fin de semana he terminado de chuparme las tres temporadas de Millennium, una serie de finales de los noventa creada por Chris Carter (el productor de los famosos "Expedientes X"), y al concluir el último capítulo he pensado que en el fondo la serie tuvo suerte de ser cancelada en 1998, pues su tesis central se basaba en el apocalipsis total que se cernería sobre la humanidad al llegar al fin del milenio. Claro, eso podía colar en el trienio 96-98, que fue cuando se emitió, pero vistas hoy día todas las teorías apocalípticas de su argumento provocan la misma sonrisa irónica que lo del "efecto dos mil", que nos tenía que mandar al paleolítico de golpe por causa de la crisis informática que se desataría al cruzar el milenio, y que al final se quedó en nada.Con "Blade Runner" pasa una cosa similar: al fijar la historia en el año 2019 podemos decir que, en cierto modo, la película tiene una fecha de caducidad. O se cumplen las profecías visionarias que Ridley Scott plasmó en celuloide en breve o el encanto de la cinta quedará parcialmente maltrecho. Recuerdo que cuando quebró Atari en el 84 los fans de la película se tiraban de los pelos pues una de las marcas que aparecían cada dos por tres en los anuncios de fondo mientras Harrison Ford se pateaba Los Angeles a la caza del Replicante (la otra era Coca-Cola, y parece que de momento por ahí no hay peligro) se había extinguido, y eso representaba un error garrafal para los que creían en un mundo como el descrito en el film. Menos mal que más tarde resucitó de la mano de otra multinacional y hoy en día sobrevive más mal que bien, aunque no descarto que los que la absorbieron no sean precisamente unos fanáticos seguidores de Philip K.Dick. Todavía hoy de tanto en tanto surgen artículos que analizan el porcentaje de aciertos del guión de "Blade Runner", y parece que la gran baza con la que juegan los que profesan la religión de la película es el dichoso cambio climático, que al paso que vamos y si lo que cuenta Al Gore tiene un pequeño viso de realidad aún está a tiempo de cumplirse. No hay mal que por bien no venga, pensarán los cinéfilos de pro.
Lo que no entiendo, sea cual sea el futuro que le espera a la raza humana, es esa manía que tienen algunos guionistas/escritores/directores/creadores-en-general de meterse tanta presión encima ubicando el argumento de sus historias en un futuro más o menos cercano, señalándolo con una fecha concreta que puede arruinar la ilusión de verosimilitud de sus teorías de ciencia-ficción, y encima mezclándolo con datos sacados del presente, tales como marcas, música, vestuario y demás. Que aprendan de George Lucas (no por nada el rey del cotarro), que cuando se inventó su saga galáctica la situó "hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana"... Tan lejana, de hecho, que en ese universo las naves pueden explotar en el espacio y las naves viajar a la velocidad de la luz sin que los seres vivos que hay en ellos se desintegren al segundo. Para que luego digan que la coherencia importa en las buenas historias.
Etiquetas: cine, literatura
La importancia de un buen final
lunes 5 de mayo de 2008 16:55
Nunca he sido de autores cultos. Que con los años me haya enganchado a Paul Auster o a Chuck Palahniuk obedece más a una tara genética que a una manifestación de mis deseos racionales. En realidad siempre he reivindicado la literatura como una forma de entretenimiento a nivel básico, al igual que el cine o el teatro, pues que yo sepa ni Shakespeare ni Dickens tenían ínfulas de Pulitzer cuando untaban su pluma en el tintero (nunca he visto un premio más sobrevalorado, por cierto, desde Kennedy Toole a McCarthy, al menos en cuanto a su vertiente literaria se refiere). Es más, defiendo en todas las artes al creador que se fija como objetivo principal sencillamente entretener a su audiencia, objetivo loable por sí solo, aunque a partir de ahí reconozco que los más privilegiados de este grupo lograrán trascender ese afán inicial despachando por el camino fines más elevados -ya sea la denuncia social, la lección histórica, la reflexión metafísica o algún que otro planteamiento existencialista-, pero siempre a través de la simpleza de su historia. En otras palabras, odio las películas diseñadas de tendencia gafapastista y repudio los libros con pompa intelectual, fácilmente reconocibles por el exceso de ingenio impostado que sus autores pretenden destilar en las entrevistas promocionales a los medios. La cual cosa no quiere decir que todo libro de entretenimiento sea bueno (¿alguien dijo Ruiz-Zafón?), pero incluso en estos casos suelo disculpar al autor si percibo que detrás de esa creación fallida hay algo más que una operación de marketing à la Ken Follett o à la (infumabilísimo) Dan Brown. Lo que jamás podré juzgar con benevolencia es al "libro intelectual del momento", que adquiere varias formas pero que puede identificarse simplemente echando una ojeada al tipo que te lo recomienda.Por eso Murakami no tenía demasiados números para convertirse en uno de mis autores de cabecera. Sin embargo, ocurre que cuando a un escritor lo bautizan como "el David Lynch de la literatura moderna" o cuando, en una entrevista en la contraportada de un periódico, el propio autor confiesa ser un seguidor acérrimo de "Lost" y que se inspira en esta serie para confeccionar algunas de sus historias, algo en mi interior me dice que sus libros me van a tocar la fibra sensible. Así que una mañana de invierno metí en un cajón mis prejuicios y me hice con un par de volúmenes del escritor-japonés-del-momento, el señor Haruki Murakami, presto a devorarlos a la que mi apretada agenda lúdico-festiva me concediera una tregua. Finalmente, este fin de semana he liquidado Norwegian Wood, aquí traducido delirantemente como Tokio Blues, la historia de la educación sentimental de un japonés llamado Toru Watanabe o la crónica del paso de la adolescencia a la edad adulta de un universitario a través de un tejido de relaciones amorosas, todas ellas fallidas. Si les detallo el argumento me dirán que no hay para tanto o directamente me enviarán a tomar viento, pero déjenme que les recomiende esta novela aunque sólo sea por leer algo diferente. A mí me atrapó por la forma de escribir que tiene Murakami, frases sencillas pero muy evocadoras, y por las sensaciones que desprende la lectura del libro. Nunca creí que de una historia pudiera decirse algo así, pero la de este libro "me afecta". No sabría bien definir de qué manera, pero es como ese trozo del relato en el que el autor te habla de una chica mientras el protagonista la lleva a casa en coche, al siguiente párrafo te casca un flash-forward de veinte años en el que te explica que la chica terminará siendo infeliz y suicidándose, para luego volver al coche y a una conversación posterior en la cual, como no podría ser de otro modo, el lector ya no percibe a ese personaje femenino del mismo modo.
O como ese final ambiguo, apenas unas líneas desconectadas del resto del relato, que cambian por completo el sentido de la historia en función de cómo las interpretes, ya sea como una continuación literal en el espacio-tiempo de la narración (ergo happy ending), como una conexión desde el Más Allá según la cual el protagonista habría optado por la lógica solución del suicidio, o como (y éste es mi caso) un regreso al mundo futuro en el que comienza la historia, unos veinte años después, momento en el cual Watanabe se da cuenta de las ocasiones perdidas y de cuál ha sido el amor de su vida. Un final muy a lo David Lynch, cierto, y también muy a lo "Lost", pero tiene mérito que en una historia de estas características un único párrafo pueda cambiar la concepción de todo el libro en función de los ojos de cada lector. Un broche de oro para una narración perfecta.
En cualquier caso, un autor de referencia y un libro de atmósfera, repleto de diálogos, de sentimientos, de sexo y de suicidios, muchos suicidios. Sin que por ello resulte deprimente, ojo. Y para entrar en la atmósfera, qué mejor que abrirlo al son de la canción de los Beatles que da título al libro, y cuya letra parece una traslación casi exacta del argumento:
The Beatles - Norwegian Wood
I once had a girl, or should I say, she once had me...
She showed me her room, isn't it good, norwegian wood?
She asked me to stay and she told me to sit anywhere,
So I looked around and I noticed there wasn't a chair.
I sat on a rug, biding my time, drinking her wine
We talked until two and then she said, "It's time for bed"
She told me she worked in the morning and started to laugh.
I told her I didn't and crawled off to sleep in the bath
And when I awoke, I was alone, this bird had flown
So I lit a fire, isn't it good, norwegian wood.
I once had a girl, or should I say, she once had me...
She showed me her room, isn't it good, norwegian wood?
She asked me to stay and she told me to sit anywhere,
So I looked around and I noticed there wasn't a chair.
I sat on a rug, biding my time, drinking her wine
We talked until two and then she said, "It's time for bed"
She told me she worked in the morning and started to laugh.
I told her I didn't and crawled off to sleep in the bath
And when I awoke, I was alone, this bird had flown
So I lit a fire, isn't it good, norwegian wood.
Etiquetas: literatura
Marketing y mitomanía
jueves 17 de abril de 2008 0:01
Lo del vídeo porno de Marilyn Monroe se veía venir, y en realidad obedece a las mismas razones que impulsan a las discográficas a sacar un recopilatorio inédito de Elvis Presley cada dos o tres navidades. Siempre me ha parecido fascinante la facilidad con la que salen grabaciones "fantasma" de los músicos legendarios ya fallecidos, muy prolíficos en rarities siempre que cuenten con un fuerte componente mitómano a sus espaldas, y en cambio me extraña mucho que no se publiquen con la misma regularidad DVD's de las tomas falsas de James Dean en Gigante, por ejemplo. En el ámbito musical la cosa está clara: desde John Lennon hasta Kurt Cobain, pasando por Roy Orbison, Freddie Mercury o el mismísimo Rey del Rock, siempre hay un productor dispuesto a encontrar una cinta medio oxidada en algún baúl olvidado de un estudio de la Quinta Avenida. Se le quita la caspa, se le añaden instrumentos pasados por los convenientes filtros, se empaqueta con una colección de temas añejos y se vende como "el disco del año". A partir de ahí, hagan caja.Tanta gracia me hace el fenómeno de las resurrecciones musicales que he llegado a imaginarme a todos esos músicos viviendo en una isla tropical y tomando caipirinhas mientras cuentan la pasta de los royalties de sus viejos éxitos. De vez en cuando reciben una llamada de un productor, acuerdan grabar algo nuevo/viejo alrededor de una hoguera en la playa ("imprescindible que suene cutre, Freddie, y dile a Hendrix que esta vez no toque la guitarra, que canta mucho"), lo mandan por e-mail a la discográfica y se siguen forrando a costa de un público crédulo y ávido de noticias musicales de sus ídolos caducados. En esa playa también me imagino a Tolkien leyéndoles relatos de la Tierra Media, pues la literatura no es ajena a los descubrimientos arqueológicos de las viejas glorias, aunque hay que reconocer que los autores literarios mediáticos bajo tierra son más bien escasos.
Se demuestre o no que mi teoría es real, nada me quitará la mosca de detrás de la oreja. El Free as a bird de los Beatles podía pasar como una composición de los Fab Four siempre que estuviéramos dispuestos a bajar el listón hasta el subterráneo, pero que me aspen si alguien ha conseguido identificar sin el menor atisbo de duda las cuerdas vocales de Lennon entre esa algarabía de gemidos. De igual modo, las nuevas aventuras del Silmarillón resultarán tan entretenidas como las de aquel señor y sus dichosos anillos, pero nadie logrará convencerme al cien por cien de que no son obra de algún negro a sueldo de los herederos del profesor de Oxford. Aquí lo que cuenta es la operación de marketing y embolsarse la mayor cantidad de billetes verdes a costa del talento perdido.
Por tanto, parecía lógico que tarde o temprano la misma enfermedad atacara al séptimo arte. Ocurre que las auténticas estrellas de Hollywood, las del Star System en mayúsculas, vivieron en una época sin "contenidos extra" en los DVDs, sin tomas falsas y sin "Director's Cut" con que alargar la rentabilidad de sus obras. Así que alguien tenía que inventar algo, y rápido, que el cine ya no es lo que era y con el rollo de internet las nuevas generaciones se están acostumbrando a tenerlo todo gratis. La primera muestra de esta nueva vertiente de operación de marketing viene bajo la forma de felación y en un tono sepia muy apropiado para la era pixelizada del Youporn, que tanto dificulta la identificación de los rostros de los participantes. Si lo único a lo que podemos aferrarnos para demostrar la autenticidad de la cinta es a un lunar vamos apañados, pero en realidad dará igual: la maquinaria mitómana ya se ha puesto en marcha. De momento ya hay quien ha pagado un millón de euros por hacerse con el original (para que luego digan que el problema del mundo digital es el precio), y si la cosa alcanza la notoriedad esperada no dudo que en poco tiempo encontrará su réplica. Dicen por ahí que existe una grabación en plano subjetivo de los últimos segundos de vida de James Dean, justo antes de que se estrellara con su bólido. Lo más normal es que la cinta quedara destrozada y algo chamuscada tras el accidente, pero hoy en día la tecnología hace maravillas a la hora de recuperar materiales aparentemente inservibles...

Etiquetas: cine, literatura, marketing, música



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