El triunfo de la lectura (de ficción)

lunes 19 de enero de 2009 1:00

pt-ak717_fictio_dv_20090116142904Dicen en el Wall Street Journal:
Soy un firme creyente del hecho de que no es tanto lo que lees, sino que leas. Leer obras de ficción no sólo desarrolla la imaginación y la creatividad, también nos da la capacidad de estar solos. Nos da la capacidad de sentir empatía por personas que nunca hemos conocido, vivir vidas que no podríamos experimentar jamás por nosotros mismos, porque el libro nos pone en el interior de la piel del personaje.

No lo podía haber expresado mejor. Lean, caramba, lean. Devoren libros, y que sean de ficción si es posible. Da igual si es la "Historia de Dos Ciudades" de Dickens o el "Salem's Lot" de King, un libro de ficción bien escrito consigue sumergirte en la psicología ajena y vivir experiencias de terceros en primera persona como ningún otro medio, ni siquiera la película mejor hecha, conseguirá jamás. Como decían en un viejo anuncio, te da la posibilidad de viajar sin moverte del salón. Pero además, y eso es algo que sólo los buenos lectores saben, no hay experiencia mejor que enfrascarte en la lectura de un libro y perder la noción de todo lo que te rodea, hasta el punto de que cuando levantas la vista de las páginas y miras el reloj de la pared te das cuenta de que te has pasado tres horas inmerso en un mundo completamente distinto al tuyo. Ni un polvo con la Jolie, oigan.

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No le regales un libro, mujer

viernes 26 de diciembre de 2008 13:36

libroUn breve receso para romper con el tedio de las comilonas navideñas. Agárrense un Almax, preparen un vaso con bicarbonato o lo que prefieran, reposen sus kilos de más frente al ordenador durante unos instantes y permanezcan atentos a la siguiente noticia, sacada ni más ni menos que de las páginas de cultura del Telegraph: los hombres mienten sobre los libros que han leído para impresionar a sus citas. Como lo de los documentales de animales, pero en plan literario. Y parece que las nenas lo hacen también, aunque en menor medida. Para que se hagan una idea de cómo anda el patio en Inglaterra, les dejó el ranking de "lecturas obligadas" para impresionar a la cita de turno:
Top ten reads to impress a man:

1) Current affairs websites

2) Shakespeare

3) Song lyrics

4) Cookery books

5) Poetry

6) Nelson Mandela autobiography Long Walk to Freedom

7) Jane Austen

8 ) Facebook/Myspace

9) Religious texts

10) Financial Times

Top ten reads to impress a woman:

1) Nelson Mandela autobiography Long Walk to Freedom

2) Shakespeare

3) Cookery books

4) Poetry

5) Song lyrics

6) Current affairs websites

7) Text messages

8 ) Emails

9) Financial Times

10) Facebook

Nótese la divergencia de gustos entre ambos sexos: ahí donde los machos nos sentimos conmovidos por el clasicismo de Shakespeare o Austen y por las rotativos tipo Financial Times, las féminas prefieren las recetas de cocina, los SMS y el Facebook. ¿Estudio sexista, quizás? No, qué va, es que los ingleses son así. De todas formas, se nota que esta noticia proviene del Reino Unido, pues de hacerse en nuestro país, con los míseros índices de lectura que atesoramos, si en una discoteca le soltamos a la chati objeto de nuestro deseo carnal que nos empapamos de la prosa de Dahl o de la lírica de Yeats, lo más probable es que nos tire el cubata por la cabeza y nos denuncie por acoso sexual. Posiblemente seamos uno de los pocos países en los que se liga más diciendo que te has tragado la filmografía esencial de Rocco Siffredi antes que los videofascículos del último quinquenio del National Geographic.

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¿Cuándo deja un spoiler de ser un spoiler?

miércoles 17 de diciembre de 2008 1:00

spoiler112807Supongamos que se enzarzan ustedes en una discusión sobre cine de terror moderno y de repente alguien habla de lo bueno que es el final de "Sexto Sentido". Imaginemos que entonces uno de los debatientes del grupo se indigna porque le acaban de estropear la sorpresa de la película y les advierte que no está bien eso de reventar finales al público potencial. Teniendo en cuenta que ya hace una década desde el estreno del film de Shyamalan, ¿se puede decir que revelar a estas alturas el final es soltar un spoiler? ¿Existe alguna norma no escrita que diga que las sorpresas en los argumentos cinematográficos, de series de televisión o de obras literarias prescriben al cabo de cierto tiempo, como los delitos fiscales? ¿Estoy siendo mala persona por decir que Norman Bates y su madre comparten algo más que una desgastada peluca? ¿Puedo ya dar mi opinión en público sobre el improbable hecho de que todos los pasajeros del Orient Express se confabulen para asesinar a un viejo ricachón en las mismísimas narices de Hércules Poirot? ¿Les cuento quién palma al final de Hamlet, o es secreto de sumario para todo el no versado en la obra de Shakespeare?

...y todo este rollo porque tengo ganas de debatir sobre lo mucho que me ha decepcionado la tercera temporada de "Dexter" y su soso final.

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Los hombres que no amaban a las mujeres

jueves 18 de septiembre de 2008 0:00

Stieg Larsson se encerró en su estudio en el año 2001 porque consideraba que, tras una dilatada carrera como periodista de investigación y activista en contra de la ultraderecha, el momento de convertirse en escritor le había llegado. Trabajó duramente durante tres largos años en una trilogía de novelas que iba a conformar el inicio de la saga Millennium (en teoría conformada por siete volúmenes) y a mediados de 2004 le dijo a su mujer, tras cerrar un trato con la editorial Norstedt, que acababa de sellar una jubilación dorada para los dos, tan seguro estaba del éxito de su obra. Lamentablemente, el 9 de noviembre del 2004, por causa de la mala alimentación (ingirió una grande cantidad de comida basura) y las pocas horas de sueño debidas al proceso creativo, sufrió un infarto masivo y pasó a mejor vida antes de poder ver publicadas sus novelas. Instinto no le faltaba, pues se han convertido en superventas en todos los países en los que se han publicado, pero la paradoja del asunto es que su viuda no ha podido ver ni un céntimo dado que los derechos legales sobre la obra de Larsson pertenecen en teoría a la editorial. Hay un litigio en marcha, pero de momento pintan bastos.

Cuando compré Los hombres que no amaban a las mujeres atraído por las elogiosas críticas que pude leer en la solapa imaginé que se trataría del típico caso de "libro mediático" que jamás llegaría a la altura de las expectativas, un poco como "La sombra del viento" o "Los pilares de la tierra", ambos decepcionantes bajo mi punto de vista, aunque entiendo que sus logros les hayan granjeado el favor del público. Así que cuando empecé su lectura a finales de agosto calculé que me llevaría un mes y medio largo terminar con sus más de seiscientas páginas, y eso suponiendo que la historia me enganchara mínimamente. Pues bien, anteayer por la noche, volviendo de un partido de fútbol y de una opípara cena, me senté en mi butaca de lectura preferida sobre las once y media y me dispuse a leer unas cinco o seis páginas de las cien que me quedaban para pulirme el libro, más que nada para conciliar el sueño. Dos horas más tarde me di cuenta de que me lo había terminado enterito y, recuperándome aún de la impresión, maldije a la editorial por no haber sacado todavía la segunda entrega. ¿Tan bueno es? No, es mejor.

Por una vez puedo afirmar que el producto no sólo está a la altura de su rimbombante campaña de marketing sino que supera las expectativas de calle, todo gracias a un argumento redondo, mezcla de relato de intriga policíaca, novela histórica, thriller financiero y love story de acusado toque freak, si bien el mayor logro del autor es haber construido unos personajes entrañables y paradójicamente realistas dentro de los arquetipos de los héroes protagonistas de esta clase de historias. Mención especial para Lisbeth Salander, una atípica investigadora y hacker profesional, compañera de andanzas de Mikael Blomkvist (aparentemente el alter-ego del propio Larsson), que viene a ser -como el mismo autor la define- una especie de Pippi Calzaslargas adulta y totalmente disfuncional. Seguir sus peripecias a lo largo de las páginas de "Los hombres..." constituye un placer sólo igualable a los mejores momentos de Sherlock Holmes, tal es el halo icónico que desprende el personaje. Presten mucha atención a sus apariciones en la historia, al principio a cuentagotas, pues lo mejor es sucumbir a su extraño encanto desde el principio para así gozar más con su forma de ser a medida que avanza la trama.

Desde aquí mi más urgente recomendación a todo aquel que desee sumergirse en una lectura apasionante, a los amantes del género de la novela negra y, en definitiva, a todos los que les gusten las historias bien construidas, basadas en un mundo que cobra vida cuando el lector se sumerge en la lectura, salpicadas por personajes geniales y con un desenlace satisfactorio pero que te deja con (muchas) ganas de más. Chapeau, señor Larsson, donde quiera que se encuentre.



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Bohemia y marketing

jueves 17 de enero de 2008 1:00

En el primer episodio de Californication (felicidades a Duchovny por su Globo de Oro) el escritor Hank Moody acude a una Apple Store de Los Angeles a teclear en un portátil una entrada en el blog de la revista para la que trabaja. El tipo acaba allí porque ha destrozado su propio ordenador en un ataque de ira y ya se sabe que las tiendas Apple dejan abiertas sus máquinas para que los usuarios de a pie hagan con ellas lo que les apetezca. Dejando aparte la publicidad encubierta que dicha escena suponía para la compañía de Steve Jobs, cierto es que la imagen destilaba un adecuado tono de romanticismo tecnológico, bien mezclado con el pasotismo del personaje de escritor fracasado y alcohólico al que da vida el actor. La cosa encaja porque a Moody ni siquiera le gusta ese trabajo, porque considera a los blogs una degradación barata de la escritura, y porque cuando decide redactar su post lo hace a desgana mientras pasea por el centro comercial. Ahí llega él desaliñado y sin afeitar, mira de refilón al portátil y, con una media sonrisa, vomita cuatro líneas (geniales, como no podía ser de otro modo), le da al "enviar" y desaparece meneando la cabeza.

Cuando paseo por la FNAC y veo a la gente haciendo cola frente a los iMacs para navegar por internet y mandar emails pienso que, o realmente la empresa de la manzana nos ha sorbido el seso a todos, o en verdad hay mucha gente que todavía no tiene ordenador en casa. Si se trata de guiris aún lo puedo comprender: envían noticias suyas a la familia sin tener que pagar la tarifa del locutorio y santas pascuas. Cuando los que se matan por teclear son oriundos de aquí no me lo explico, la verdad, pero al igual que en Californication el contraste entre los ordenadores de diseño y los sujetos desaliñados que los usan crea una atmósfera curiosa. En el fondo es una extensión de las campañas de Apple en las que nos presentan a los usuarios de Mac como unos tipos modernos que visten tejanos mientras que los del PC son unos sosos con traje, encorbatados, repeinados y con gafas. Cosas del marketing, capaz de hacernos creer en la bohemia a 1.500 euros.

Si he pensado precisamente en esta escena es porque ayer leía que una modelo que responde al nombre de Isobella Jade ha escrito sus memorias en la Apple Store del Soho en un proceso que ha durado más o menos medio año. Percátense de que esta historia, convenientemente publicitada tanto por el representante de la chica como por los gurús tecnológicos, representa el colmo del universo chic, y si no analicen los detalles: modelo, Apple, la tienda del Soho neoyorquino ni más ni menos... Vaya, que ni hecho adrede. Ya nos imaginamos a la jovenzuela, sin pasta para adquirir un miserable portátil, acudiendo cada mañana con su descuidado y sofisticado look a su tienda de electrónica favorita antes de entrar en la agencia, sentándose media hora a aporrear el teclado y así relatarnos las vivencias de su todavía corta existencia. ¿Acaso hay algo más cool? Como dicen en este artículo de opinión, he aquí una nueva tendencia: libros escritos desde espacios públicos. Si se erige en moda este fenómeno tendrá futuro, ciertamente. Independientemente de que este libro sea real o sólo una elaboradísima estrategia publicitaria. Independientemente de la calidad literaria que pueda atesorar una veinteañera aspirante a modelo que decide largarnos su biografía a base de sesiones de media hora, generadas en un centro comercial atestado de gente. Después de todo, al marketing dudo que le interese mucho la calidad del producto final, como siempre. Lo importante es vender, y nada vende más que esa imagen tan bohemia y tan destinada a la generación Mac.

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Aquí hay negocio

miércoles 12 de diciembre de 2007 1:00

Los japoneses son gente rara, sobre todo si los miramos con ojos occidentales. Nunca había sentido tanta empatía por un personaje de película como con el de Bill Murray en la aburridísima "Lost in translation", un fantasma de piel blanca vagando por una ciudad ultra-tecnificada y repleta de seres extraños que disfrutan con sus costumbres extravagantes. A mí, que no me gusta ni siquiera la moda de los restaurantes japoneses, siempre me ha dado la impresión de que lo más parecido a tener un encuentro con extraterrestres sería viajar hasta Tokyo e intentar socializar con la fauna autóctona, de ahí mi identificación instantánea con el actor decadente que interpretaba Murray.

Ahora bien, tampoco se me caen los anillos a la hora de reconocer lo adelantados que van los japoneses en muchos aspectos con respecto a nosotros. Los extraterrestres seguro que también, así que no tiene tanto mérito, pero si uno quiere saber más o menos cómo andará el mercado por estos lares a cinco años vista no tiene más que fijarse en lo que hacen por aquellos parajes en la actualidad. Y lo que hacen ahora mismo es mandarse novelas por vía SMS como locos. Y parece que arrasan, pues la mitad de los best-sellers nipones se venden en este formato. Es más, alguna de estas novelas ya tiene su adaptación cinematográfica.

Parece que la gracia reside en que se trata de textos cortos, repletos de abreviaciones, emoticonos y demás, ideales para leer en el metro (y ya sabemos que los japoneses van mucho en metro, incluso hay un tío en las estaciones encargado de embutirlos en el vagón antes de que se cierren las puertas). Por otra parte, su estructura de serial culebronesco, con un "continuará" al final de cada mensaje, proporciona elevadas dosis de adicción y hay novelas que llevan durando ya años sin vislumbrar final alguno a sus rocambolescos argumentos. ¿Rocambolescos? Sí, como puede leerse en el enlace:
One book, Koizora (Love Sky) about high-school girl who is bullied, gang-raped, becomes pregnant has sold more than 1.2 million copies since being released.

Por lo visto los japos se pirran por pagar unos cuantos yenes a cambio de su chute diario de serial por entregas. Y yo me pregunto: ¿cuánto tardará en llegar esto aquí? Ya sé que la idea parece cutre, pero si hay millones de tíos en la otra punta del planeta apoquinando por esto lo único que se requiere es a alguien lo suficientemente avispado como para lanzar la idea en nuestras tierras y a ver cuántos pican. La tecnología saldrá barata (ignoro cuánto puede costar enviar SMS al por mayor, pero basta con que sea un poco más barato que lo que paga el receptor para que surja el negocio), y sólo se precisa a un tipo con la suficiente imaginación como para redactar unas cuantas líneas diarias de cualquier delirante argumento. Yo mismo me ofrezco, caray: si soy capaz de llevar dos blogs y un Tumblelog sin despeinarme no veo porqué no puedo escribir cuatro líneas tontas más para ganarme un sobresueldo.

Y lo que es mejor, teniendo en cuenta lo mal que está la educación escolar por aquí (si nos atenemos a los informes oficiales), seguro que hasta conseguimos una subvención por parte del Ministerio de Educación y Cultura por incentivar a los jóvenes a leer. Ahora sólo me falta encontrar un argumento con el que empezar la historia... No sé, una colegiala se pierde por los pasillos de Marina D'Or y acaba embarazada de un hijo ilegítimo de Zaplana, por ejemplo. ¿Qué les parece? ¿Alguien se apunta?

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Pistolas humeantes, colmillos afilados

miércoles 5 de diciembre de 2007 1:00

Mañana desapareceré de esta página durante unos días. Sean buenos y no me desordenen el chiringuito, que luego me cuesta Dios y ayuda volver a ponerlo todo en su sitio. Como sé que este puente festivo se empleará básicamente en compras navideñas, no me gustaría largarme sin antes haberles hecho un par de recomendaciones literarias de baja estofa para paladares nada selectos, más o menos como el mío. Me baso en el éxito que ha tenido entre la parroquia el consejo que les di sobre la Canción de Hielo y Fuego (por cierto, ayer en Gigamesh me dijeron que hasta enero seguramente no habrá ningún "festín de cuervos"), y como ahora hace tiempo que no les doy la vara con mis aficiones lectoras me lanzo a la piscina con un nuevo post que espero haga las delicias de algún asiduo, aun siendo consciente de que aburrirá a la masa en pleno. Últimamente divago mucho, lo sé. Espero corregirlo en el futuro (o tal vez vaya a peor, quién sabe, cosas de la edad...)

Hay algo entrañable en lo que Tarantino bautizó como Pulp Fiction: novelas de bolsillo apuntaladas en los tópicos del género negro que recorrían lugares comunes con historias trepidantes y que ofrecían como mayores virtudes su poca pretenciosidad y su habilidad para atrapar al lector con sus tramas enrevesadas y giros imprevistos. Hablo de las clásicas noveluchas que se pueden leer tanto en el metro como en el sofá de casa o en la playa, da igual porque inevitablemente te enganchan aunque seas consciente de que no estás leyendo un Premio Pulitzer. A mí siempre me han tirado esta clase de libros, en especial si conforman una saga con continuidad que me permite recuperar a sus trillados personajes una y otra vez para volver a empaparme de unos tópicos que no por sabidos se me hacen aburridos.

Además de las novelas negras a mí me chiflan los relatos de terror, y si son con vampiros de por medio mejor. Hace ya un año les hablé de Anita Blake y desde entonces han caído un par de volúmenes más de la saga que han sido devorados en la Línea 3 del metro. No sé porqué una historia sobre una menuda detective de Saint Louis con muy malas pulgas, especialista en reanimar a zombies y en ejecutar chupasangres me gusta tanto ( ¡a mi edad!), pero lo cierto es que disfruto horrores cada vez que me sumerjo en su universo literario: un mundo en el que los vampiros coexisten con los humanos y ejercen su derecho a voto, en el que disfrutan de su propia iglesia ("La Iglesia de la Vida Eterna", ¡qué apropiado!), en el que para eliminarlos hace falta una orden judicial, en el que surgen Ligas Antivampíricas (más o menos como las antiabortistas pero en plan sobrenatural) que quieren acabar con la plaga de no-muertos, y en el que hay abogados que pretenden resucitar a los muertos para que testifiquen en el juicio de su propio asesinato. Si ustedes no saben qué leer estas Navidades, les aconsejo que pasen de best-sellers al uso y se lancen de lleno en esta saga, de la que Gigamesh ya lleva publicados dos volúmenes en nuestro país, el último El Cadáver Alegre, genial mezcla de vudú, reanimación y vampirismo, todo salpicado con el estilo directo y cabreado que caracteriza a Blake.

Si además usted domina el inglés le garantizo que no se arrepentirá si compra los quince volúmenes de la saga vía Amazon (ahora que el dólar está por los suelos) y, si ve con posibilidades que el estilo de su autora, Laurell K.Hamilton, termine por gustarle tanto como a mí, le recomiendo otra saga de la misma que últimamente arrasa por medio mundo. Hablo de Meredith Gentry, otra investigadora privada que flirtea con lo sobrenatural básicamente porque en realidad es un hada procedente de otro universo. Se ha montado una agencia en Los Angeles y pronto sus historias derivan en cuentos élficos ubicados en ese otro universo paralelo. Suena gay, lo sé, pero créanme si les digo que vale la pena pegarse un chute de vez en cuando sólo por el derroche de imaginación. Además, aquí el contenido sexual (bien presente en las novelas de Anita Blake) se acentúa considerablemente, lo cual siempre es un plus.

Pero si a ustedes lo que de verdad les va son las historias de tipos duros, detectives toscos a lo Marlowe o Spade, con mucha crudeza y mucha mala uva tendré que presentarles al bueno de Harry Dresden, otro privado que opera en Chicago. Dresden también lidia con vampiros, licántropos, magia negra y demás, pero su autor, Jim Butcher, ha sabido dotar al personaje del suficiente toque de distinción como para que llame la atención sobre sus múltiples clones repartidos por las estanterías de género fantástico. Ya hay quien compara a la saga Dresden Files con un "Harry Potter para adultos", y su éxito ha sido tal que ya existen por ahí proyectos de adaptación cinematográfica, cómics, figuritas y una miniserie en el Sci-Fi Channel. Este mago-detective también tiene un par de entregas traducidas a nuestra lengua (la primera de ellas, Tormenta) y su lectura es casi obligada para todo aquel que disfrutara con las aventuras del otro Harry, el Potter, y que ansíe algo más de sexo y de violencia en vez de tanto colegio cursi y profesores amanerados. Más info en la Wikipedia.

Como ven, la oferta en cuanto a la mezcla de géneros es abundante aunque conviene saber distinguir el grano de la paja. Yo les ofrezco la experiencia acumulada tras haberme tragado un número importante de libracos de este estilo, y créanme cuando les digo que todos los que he mencionado en este post valen la pena de un modo u otro. Otra cosa será que sus gustos coincidan con los míos, cosa harto improbable. Pero bueno, si alguna de estas recomendaciones sirven para que alguno de ustedes se acerque a su librero de confianza y le haga un par de encargos para estas fechas ya me sentiré satisfecho. Confío en recibir algún tipo de feedback positivo durante los próximos meses.

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La importancia de un buen final

sábado 3 de noviembre de 2007 1:00

¿Alguna vez les he confesado que odio los finales sorpresa? Ya sean en libros, en películas o en obras de teatro, el hecho de que una historia cuente con un final sorpresa implica que el autor lo apuesta todo a ese final, a ese efecto que nos dejará con las mandíbulas caídas, hipotecando el resto de la narración sólo para conseguir un último impacto en la mayoría de casos artificioso. En cine, por ejemplo, desde que salió el "Sexto Sentido" abundan las películas que intentan emular a M.Night Shyamalan en su capacidad de sorpresa, plagiándolo sin pudor pero quedándose siempre a una gran distancia. Incluso él mismo se plagia, cosa que ya es bastante triste, pero tal es la escasez de ideas entre los creadores actuales. Y sí, en aquella película el final era redondo y hacía replantearte el resto de la historia, pero muchos parecen olvidar que si ese final en concreto funcionaba tan bien era porque el guión no basaba en él toda la gracia del film, sino que lo integraba en el argumento para dar un sentido nuevo a la historia que el director estaba contando, o mejor dicho para desvelar al espectador cuál era la auténtica historia que nos estaba contando.

Personalmente a mí me parece un buen final el de Volver a Empezar, de Ken Greenwood, o el de En la Boca del Miedo, de John Carpenter, con esa carcajada final que difumina la línea entre la cordura y la locura más absoluta, o mejor entre ser una persona real o un personaje de un libro de Sutter Cane. En ambos casos no se trata de finales sorpresa, sino más bien de una forma ambigua de cerrar el círculo narrativo dejando el paso definitivo de la interpretación de los hechos a cargo del lector/espectador. Es decir, que estos finales estimulan las neuronas y tratan al receptor como un ser inteligente, sin necesidad de dárselo todo masticadito y con un "¡oh!" saliendo de su garganta, pero tampoco llegando a los niveles de abstracción de un Lynch, por ejemplo, sólo aptos para mentes privilegiadas. Por eso, y permítanme que me ponga pesado, "El Orfanato" falla más que una escopeta de feria: lo encara todo al presunto final sorpresa y cuando éste llega y nos damos cuenta del sentido del argumento la decepción es mayúscula.

Pero si ya resulta peligroso un giro argumental y sorpresivo en la ficción en la vida real la cosa se me antoja prácticamente intolerable. Estoy pensando en el tan comentado caso de la pareja en la que tanto él como ella eran infieles a su cónyuge a través de internet. Él chateaba con su hipotética musa virtual poniendo a parir a su mujer y ella hacía lo propio con su marido gracias a su confidente internauta. El día en que ambos se citaron con sus amantes de la red en el mundo real y descubrieron que se trataba de ellos mismos imagino que se sintieron como los protagonistas de una mala película de serie "B" con final sorpresa. Y aunque en este caso la auténtica clausura de la historia es de las que a mí me gustan, de las que te hacen pensar en cómo evolucionarán las cosas a partir de ahí (¿volverán a enamorarse al descubrir que su media naranja virtual coincide con la real? ¿se divorciarán al comprender ambos que su pareja le ha sido infiel, aunque fuera con ellos mismos? ¿se suicidarán al unísono al comprender que son un caso perdido?), admito que ser la víctima de un final sorpresa es una de las mayores putadas que puede depararte el destino. Aunque la sorpresa sea para bien, pues te sigues sintiendo como una marioneta en manos del azar.

Y más si tenemos en cuenta que nuestra existencia es un continuo cerrar y abrir de etapas inconclusas (es decir, con un final que deja un signo de interrogación que ineludiblemente queda en nuestras manos o en las de otro, por lo que ya deberíamos estar acostumbrados a este tipo de finales abiertos) y que el inevitable final de la vida de cada uno -El Final con mayúsculas- constituirá, si todo va bien, una sorpresa para nosotros mismos. En realidad, éste sería el único caso en el que un final anunciado puede resultar peor que el tan sobado final sorpresa hollywoodiense.

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La autoría y la cultura popular

martes 23 de octubre de 2007 2:00

¿Tienen vida las obras literarias o cinematográficas más allá de las páginas del libro o de las bobinas de celuloide que las contienen? Pongamos el ejemplo más obvio que se me ocurre: Blade Runner (hablo de la película, y no del libro de Philip K.Dick). Desde que la primera versión se exhibió en los cines a principios de los ochenta los fans no han parado de especular sobre la verdadera identidad del protagonista, Rick Deckard. Según la creencia popular el personaje en realidad es un replicante, pero eso es algo que en su día negaron el autor de la novela y el actor Harrison Ford, aunque Ridley Scott se apuntó a la famosa teoría con su Director's Cut de los noventa. Por el contrario Rutger Hauer, el otro actor principal del film, dice que prefiere considerar a Deckard como humano, pues opina que la alternativa resta fuerza al argumento. Sin embargo la cuestión aquí es: ¿debemos ceñirnos a lo que vemos en la pantalla o las opiniones de los creadores cuentan para algo? El matiz es importante, porque si asumimos que el director es el que lleva la razón al margen de lo que sugieran sus imágenes en cualquier momento puede alterar, a través de una entrevista, la percepción que de una historia casi mitológica puedan tener miles de personas en todo el mundo. Puestas así las cosas, ¿tiene el creador el derecho de jugar con esa percepción al margen de lo que nos muestra su obra?

Algo similar ha sucedido recientemente con la saga de Harry Potter, el famoso mago de J.K.Rowling. En un acto de promoción de la gira de su último libro, la autora se ha sacado de la manga que el personaje de Dumbledore es gay, algo que no figura por ningún lado en sus libros. Según sus declaraciones, incluso llegó a comentarlo a alguno de los directores de las adaptaciones cinematográficas de la serie para evitar que metieran la pata al tratar el personaje. Vale, nos lo creemos pero, ¿y si la idea se le ocurrió después? ¿y si lo improvisó en esa charla a raíz de ciertas especulaciones que por lo visto hacía tiempo que circulaban en internet? ¿y si ha recibido un suculento cheque de alguna asociación de gays y lesbianas por hacer esa declaración? En principio a mí que el director de Howgarts sea homosexual o no me la trae floja (no vayan a tacharme de homófobo por este post) pero no me parece de recibo que Rowling tenga el derecho de alterar el pasado de su personaje fuera de las páginas del libro.

Al menos Scott propuso una versión alternativa de su película para mostrar su visión de la historia, permitiendo al público elegir la que considerasen mejor: si prefieren a un Deckard más humano, el Blade Runner original ya les vale; si se pirran por un Deckard replicante acudan al Director's Cut o a la versión definitiva recién estrenada. Pero lo que Rowling hace es interpretar un texto que, en teoría, ya tiene vida por sí solo. Si realmente cree que alguno de sus personajes precisa ser redefinido lo ideal sería reescribir alguno de sus libros y ofrecer la aclaración pertinente. De lo contrario, es como si Michael Curtiz dijera que en realidad a Rick quien le gustaba era el capitán Renault y que en el fondo Ilsa le importaba un comino, y que de no ser por la censura en la escena final los dos "amigos" se hubieran fundido en un efusivo abrazo entre la niebla. O que alguien sacara a la luz unas memorias inéditas de Conan Doyle en las que el escritor afirmase que Watson jamás existió y que se trataba de una visión alucinógena de Holmes, producto de su adicción a la cocaína y a la morfina. Incluso aunque estos novedosos puntos de vista fueran ciertos, ni siquiera sus autores tienen derecho a modificar sus creaciones fuera del medio en el que fueron concebidas. A mi entender, una vez entregadas a la cultura popular estas creaciones ya no les pertenecen, y la única forma de modificarlas es alterando la obra original y proponiendo una interpretación alternativa desde el medio.

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Lectores y escritores

jueves 20 de septiembre de 2007 2:03

No es de extrañar que sea precisamente un bloguero el que reflexione sobre el tema de la contraposición lectura/escritura. Toma prestada una famosa cita de Borges (“Leer, por lo pronto, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual”) y se pregunta si el escritor debe ser un lector regular que escribe o si, por el hecho de escribir, debe renunciar en gran medida al placer de leer. Trasladado al mundo de los blogs, esto vendría a traducirse del siguiente modo: "si me dedico a escribir blogs, ¿debo sacrificar el tiempo que dedico a leerlos?" o, mejor aún, "¿el trabajo que supone mantener un blog imposibilita que pueda seguir otras bitácoras de forma regular?".

¿Cuántos de ustedes tienen un blog personal? Los que hayan levantado la mano ya se habrán dado cuenta de que el mero hecho de tener que pensar en contenidos (sobre todo si se va a diario), redactar las entradas y revisarlas normalmente ya anula el tiempo que podríamos dedicar a la lectura de bitácoras ajenas. Por "bitácora" no me refiero a esas páginas que se limitan a recoger noticias, contenidos tecnológicos o fotografías varias, sino a los que conllevan un trabajo añadido (de redacción, de confección de contenidos, de opinión) y por tanto nos obligan a detenernos por un par de minutos en la vorágine internauta que supone nuestro lector RSS. Se trata de leer, de asimilar y, si es posible, de comentar. Huelga decir que si uno pretende mantener la calidad del propio blog en la mayoría de los casos se le antoja imposible hacer un seguimiento de las demás páginas interesantes que circulan por la red y más si, durante nuestro tiempo libre de lectura, preferimos dedicarnos al papel impreso en general y a los libros que acumulan polvo en las estanterías de casa en particular.

El problema surge porque sin lectura no hay escritura. Leer blogs ajenos enseña a mejorar el estilo, inspira y enriquece el vocabulario y las opiniones. Por tanto, considero que todo buen bloguero debería autoimponerse la lectura cotidiana de otras bitácoras con el fin de mejorar la propia. Ocurre que, de tantas obligaciones que se van acumulando, al final el tema de los blogs puede afectar seriamente a lo que algunos llaman "la vida real". Menos tiempo para el trabajo, para la familia, para los amigos, para el ocio personal... En realidad todo pasa por encontrar el equilibrio y rebajar un pelín el grado de perfeccionismo. Asumir que uno no es ni será jamás Borges ayuda lo suyo, ya de entrada. Después, comprender cuál es el nivel de exigencia de los lectores habituales de un blog: no hace falta escribir con una prosa inmaculada siempre que a uno se le entienda bien. Finalmente, comprender que sin muchas horas de lectura no hay posibilidad de una escritura mínimamente decente.

Por eso, si alguno de los aquí presentes duda entre dar el paso y convertir su condición pasiva (lector) a activa (escritor), urge que se motive y que comprenda que, si desea durar, el asunto va a requerir más tiempo que el de aporrear el teclado periódicamente. Obviamente llevar un blog no se acerca ni de lejos a escribir un buen libro, pero si por lo que sea alguien piensa que no va a disponer del tiempo necesario, mucho mejor quedarse en la fase pasiva y gozar como un enano con las creaciones de los demás. Saltar a la palestra puede ser, a medio plazo, ciertamente agotador.

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Medias verdades sobre el Holocausto

lunes 25 de junio de 2007 2:00

Siempre que en el cine o en la literatura me topo con una historia de nazis echo de menos un elemento concreto que me explique el porqué de la situación que se vivió en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Quiero decir que en todas las películas o novelas sobre el tema siempre me topo con los dos bandos ya definidos y ninguna posible zona gris entre medio y, sobre todo, ninguna descripción del proceso que llevó a la consagración del nazismo. Es decir, que por un lado tenemos a los cabrones de los nazis, unos tíos sádicos, despiadados y torturadores, que más que un ejército de individuos parecen una banda de psicópatas entre los que no desentonaría para nada Hannibal Lecter o Michael Myers. Por el otro tenemos a los judíos, un bando en el que predominan los ancianos, las mujeres y los niños, y que indefectiblemente sufren las de Caín, les llueven todos los palos y no saben ni de dónde ni porqué. Aunque está bien claro en mi juicio quiénes eran los buenos y los malos en ese conflicto, inevitablemente tengo la mosca detrás de la oreja porque me huelo que esta división en muchos casos tiene un alto porcentaje de arbitrariedad y además en ocasiones parece narrada de forma un tanto maníquea. De entrada porque la situación siempre hay que tomarla como dada: los nazis existían y punto, eran unos hijos de puta y te lo crees y ya está. Los judíos, en cambio, eran inocentes, buenos y unos mártires y no había uno solo que fuera un cabronazo, al igual que tampoco había un nazi que fuera, no ya buena persona, sinó un simple funcionario aburrido al que le tocó vestir el uniforme por estar en el lugar y en el momento equivocado. Cómo se había llegado a esa situación en concreto es algo que tanto en el celuloide como en la mayoría de los libros siempre se ha ignorado, y ese proceso de elipsis hace que uno se encuentre ya metido en faena y no tenga tiempo de preguntarse porqué.

No quiero que se me malinterprete: ni tengo tendencias fascistoides ni soy antisemita ni de jovenzuelo pertenecí al movimiento 'skin'. Tengo claro, repito, que los nazis eran los malos del cuento pero es que yo siempre he sido curioso y, como observador de la naturaleza humana, me huelo que no todo es tan blanco o tan negro como nos llevan vendiendo desde hace más de medio siglo y que en esa historia, como en todas las de la vida, hay muchas más zonas grises de las que se supone que hubo según los historiadores. Por eso me gustó tanto leer ayer la entrevista que La Vanguardia le hizo a Imre Kertész, el escritor que mejor ha sabido plasmar lo que es un campo de concentración, a raíz de la publicación de sus nuevos libros en nuestro país, Un relato policíaco y Expediente K. Posiblemente una de las mejores entrevistas que he tenido el placer de echarme a la cara (lástima que no la pueda enlazar aquí: Rai, ¡échame una mano!), sobre todo viniendo de quien viene.

No es mi intención hacer aquí una glosa sobre la figura de este autor --quien sienta curiosidad que Googlee un rato--, pero sí me gustaría dejar un par de perlas de dicha entrevista, aunque sólo sea para dejar claro qué es lo que me gustaría a mí que me contaran sobre el Holocausto. Atención a la primera:
"El papel que uno asume en ese escenario no depende de uno mismo, sino a menudo del azar o de que alguien te señale como víctima o te designe como verdugo. Yo mismo soy judío, sin duda, porque las autoridades me señalaron como tal, pero ni hablo hebreo ni me considero creyente. Es el sufrimiento compartido del holocausto lo que me ha hecho judío."

Toma castaña. O sea, que el hecho de que a uno le toque estar a un lado u otro del conflicto es en muchos casos un hecho meramente coyuntural. Al igual que a Kertész le tocó ser judío, seguramente hubo algún soldado alemán que se dedicó a ejecutar a prisioneros de guerra no porque fuera una bestia inhumana sinó porque algún oficial de rango superior le colocó la pistola en la mano y le endosó una responsabilidad de tal envergadura que, posiblemente, la única alternativa para no volverse completamente loco fuera atajar las instrucciones creyéndoselas a rajatabla, y por ende convirtiéndose en el monstruo que los demás le ordenaron ser. O eso o volarse él mismo la tapa de los sesos, pero en un entorno de supervivencia al por mayor a ver quién es el guapo que opta por suicidarse o darse a la fuga (más o menos lo mismo) antes de cargarse a todos los que, tanto el alto mando como la sociedad que le rodea, han señalado como "enemigos".

La segunda frase de la entrevista que me ha llamado poderosamente la atención es todavía más brutal si cabe, y si no me creeen juzguen ustedes mismos:
"También he abordado algo nada fácil: el enorme sentimiento de culpa. Es muy difícil superar el remordimiento de haber sobrevivido, sabiendo que muchísima gente y amigos han muerto. Siento vergüenza por sobrevivir. A mí me sumergieron en una lógica, en un sistema de pensamiento ideado para destruirme. Haber sido eliminado era lo lógico, todo el sistema legal, emotivo e ideológico lo justificaba, yo viví inmerso en eso y formé parte de esa lógica, fui imbuido en ella. De algún modo, seguir viviendo contradecía todo lo que había interiorizado como mi destino. Es por eso que algunos supervivientes acaban suicidándose, porque hay algo dentro de ellos que les dice que han de ejecutar su sentencia de muerte. ¿Cómo contar todo esto, esta complejidad psicológica, de manera que se entienda?"

Acojonante. Imaginen lo potente que debía ser ese sistema si las propias víctimas se sienten tentadas de ejecutar ellas mismas las sentencias de los soldados enemigos. Ahora imaginen lo poco que les debió costar a los otros, los alemanes pertenecientes a la presunta "raza aria", llevar a cabo las órdenes de ese sistema que les tenía el coco tan comido que incluso las propias víctimas asumían su destino con resignación. "¿Cómo contar todo esto, esta complejidad psicológica, de manera que se entienda?" Pues eso mismo es lo que me gustaría que me explicaran a mí en la próxima Lista de Schindler, que seguro que la habrá. Un tema complejísimo a la par que fascinante, dicho sea sin ningún tipo de morbosidad añadida.

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El club de la lucha

miércoles 20 de junio de 2007 2:00

Ya que veo que al personal le gusta la filosofía barata, ahí va otro post sobre el tema, en parte complementario del de ayer. Tyler Durden es mi héroe. Punto. Tenía claro que la vida en la sociedad occidental era una mierda pero no sabía cuánto hasta el día en que me topé con el libro de Chuck Palahniuk y posteriormente con la gran adaptación cinematográfica que hizo David Fincher. En su momento muchos tildaron esta historia de "fascista" pero yo prefiero etiquetarla como "nihilista", puesto que precisamente creo que el fascismo es lo que en el fondo pretenden denunciar las vivencias de nuestro amigo Tyler y de su alter-ego el Narrador. A saber, un tío que está tan desencantado con su puesto de mierda en una multinacional (que sólo le permite ir acumulando horas de vuelo por todo el país), con su renacuajo apartamento, con sus muebles de IKEA, con sus amigos mediocres y con el nivel de estrés al que se ve sometido que decide un buen día resolver sus problemas a hostias.

Bien, de hecho el proceso es un pelín distinto: primero el estrés le produce insomnio, y como se aburre por las noches y necesita encontrar un sentido a su existencia el tío se apunta a reuniones de grupos de ayuda. Se hace pasar por ex-alcohólico, por afectado de cáncer mamario (sí, sí, como lo oyen), por alguien que ha perdido a un familiar y no lo puede superar, etcétera. Como el tema no le satisface del todo y a pesar de que estas reuniones le permiten conocer a Marla (otra oveja descarriada como él), decide pasar a la acción y montar un Club de la Lucha. Esto es, recoger a todos los desarraigados sociales y citarse en un infecto garaje para curar su frustración a base de leches. Y así pasan la vida noche tras noche, haciéndose la cara nueva los unos a los otros, pero hay tanto desarraigado junto que a la larga deciden que deben pasar a la acción de otra forma. Y empiezan a organizar actos de sabotaje y de terrorismo a pequeña escala para putear a la sociedad de consumo. Bueno, hasta aquí puedo leer, so pena de estropear la gracia a todo aquél que no haya visto la peli ni haya leído el libro.

Quien saque como conclusión de la historia que Tyler está loco se equivoca. Yo creo que en realidad es el único cuerdo y los que están como una regadera son los que se levantan cada mañana a cumplir con sus obligaciones laborales, a comprarse los putos muebles del IKEA, los Kakhis y la camisa a juego, los que van a hacerse el chequeo médico y que luego comen menús de 10 euros, los que se emborrachan para divertirse y los que practican el onanismo como única vía de escape a sus frustraciones internas. Tyler ha visto la luz y por eso hace lo que hace. Incluso cuando dinamita aquellos edificios en el fondo lo único que pretende es darle un sopapo a la sociedad occidental en todos los morros para ver si despierta de una vez. Lo mismo que buscaba cuando creó su primer Club de la Lucha: despertar a los desarraigados.

A veces hablo con Tyler y me cuenta que las cosas han ido a peor. Dice que tiene ganas de juerga y que no basta con machacar el cuerpo en un gimnasio, que mejor nos machacamos los huesos directamente. Dice que ya se ha cansado de intercalar pollas en los fotogramas de las películas de Disney y que no cree que fabricar explosivos con jabón industrial sea la respuesta a nuestros problemas. Dice que habría que coger a los políticos y colgarlos por los huevos, que habría que abolir el fútbol, las jornadas laborales, los MBAs y los puntos Iberia-Plus. Dice que deberíamos patearnos la pasta de nuestros planes de pensiones y que no hay nada como llegar al despacho del jefe con la camisa sucia, un ojo morado, sangre en los labios y un par de costillas rotas. Dice que mejor dinamito mi piso y de paso su hipoteca y nos vamos de 'okupas' a montar un cuartel general para los miembros del Club.

Dice que sólo cuando lo perdemos todo somos realmente libres.

¿Veis porque no puedo escribir sobre el Club de la Lucha? Cada vez que me pongo a escribir sobre el tema oigo la voz de Tyler reverberando en mi interior. Y eso no puede ser bueno. Para nada.

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Contra el nepotismo

martes 20 de marzo de 2007 0:00

Siempre me ha caído bien Nicolas Cage, incluso después de la horterada de ponerle Kal-El a su hijo en honor de Supermán. Si me preguntan porqué, supongo que la cosa me viene desde que me enteré que en realidad su nombre auténtico era Nicolas Coppola y de que era el sobrino del famoso director Francis Ford Coppola. Cuenta que lo hizo para evitar que la fama de su tío marcara su carrera en el cine e imagino que coincidiremos a día de hoy si afirmamos que la jugada le salió redonda. Personalmente me gustan las personas que deciden renunciar a vivir del nombre de la familia y deciden labrarse un futuro por su cuenta, aunque tampoco soy tan tonto como para creer que los enchufes familiares no les han servido para colocarlos en el disparadero con más facilidad que a otros debutantes. Pero bueno, al fin y al cabo demuestran tener un poco de personalidad, así que algo es algo.

Más o menos lo mismo me ha pasado con Joe Hill, autor de un libro de terror superventas en Estados Unidos titulado "Heart-Shaped Box", cuyo título proviene de la canción homónima de Nirvana. Oí hablar de él hace ya un tiempo gracias a las buenas críticas que recibió por parte de publicaciones tan prestigiosas como el New York Times, y en las webs afines al género se hablaba mucho de esta historia de suspense psicológico sobre un rockero poseído por el espíritu de un predicador vengador. Todo el que había leído el libro coincidía en dos cosas:

1. Lo bien que describía el autor la personalidad dual del protagonista
2. El estilo narrativo, reminiscente de los antiguos libros de género de finales de los setenta y principios de los ochenta, habiendo quien incluso llegó a proclamar a Hill como un heredero de Stephen King.

Pues bien, no iban muy desencaminados los que así pensaban puesto que la semana pasada se descubrió que el nombre completo de Joe Hill es Joseph Hillstrom King, y que en efecto se trata del retoño de Stephen King. Lo meritorio del caso es que el autor se labró la reputación y consiguió las buenas críticas antes de que el mundo se enterase de su verdadera identidad, por lo que seguramente el libro será tan bueno como afirman. Confieso que ya he picado y acabo de encargarlo en Amazon, sobre todo a raíz del descubrimiento, porque si algo se le ha pegado a este buen hombre de su padre seguramente tendremos garantizadas unas cuantas noches de insomnio en el futuro, en especial si es cierto que recuerda al King de la primera etapa y no al actual, francamente en decadencia. Los aficionados a la literatura de terror estamos de enhorabuena: el relevo parece asegurado.

Debe pesar lo suyo la losa del apellido King cuando Joe Hill ha decidido desvincularse de él para iniciar su carrera en el mundo literario. Una vez más, no me creo que papá no le haya ayudado lo suyo en el tema enchufes y supongo que la editorial estaría al tanto de la jugada, pero no olvidemos que el libro en cuestión se convirtió en best-seller antes de que saltara la noticia y que las críticas positivas que recibió son legítimas. Los lectores que se han sumergido en las páginas del libro hablan maravillas de él, pero hay muchos como yo que no lo hubieran comprado de no ser por el ascendente familiar. Así que, de nuevo, chapeau por el primogénito de Stephen y Tabitha, que ha optado por el camino difícil para mostrar su valía.

En un par de meses les cuento si vale la pena o no. De entrada el tipo ya me cae bien, la temática me gusta y la canción de Nirvana que da nombre al libro es mi favorita del grupo, por lo que las cosas pintan bien. A lo mejor he sido víctima de una campaña de márketing muy bien orquestada, pero eso es algo que a mí jamás me ha importado. Y si, por los 24 euros que he pagado, me garantizan una sensación similar a la que tuve cuando leí por primera vez "El Resplandor" o "Salem's Lot", consideraré el dinero bien invertido y la campaña de márketing (artificiosa o no) para nada fraudulenta. Bien por los que renuncian al nepotismo para demostrar su valía.

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Zodiac

viernes 2 de marzo de 2007 0:00

Por fin un rayo de esperanza tras una larga temporada de sequía. Se acerca la luz al final del túnel. Los amantes del buen cine llevábamos un tiempo sobreviviendo a base de ficción televisiva en vista del desolador panorama de las salas. Yo mismo había depositado todas mis esperanzas en "V de Vendetta" el año pasado pero el resultado, aunque muy bueno, no colmó mis expectativas. Por el camino han caído algunos buenos títulos ("El Prestigio", "Infiltrados", "Hard Candy") pero ninguno a la altura de los grandes clásicos. Y por grandes clásicos no me estoy refiriendo a "Casablanca", "Centauros del Desierto", "Ciudadano Kane" y todas esas obras magnas que cualquier cinéfilo de salón les sacaría en una tertulia comme il faut sobre el tema, no. Eso lo dejo para Garci y demás pomposos. Yo, cuando hablo de clásicos, me refiero a "Se7en", "El Silencio de los corderos", "Halloween", "Saw" y demás variantes del género de psycho-killers, tantas veces saqueado por el séptimo arte y tan pocas veces con resultados óptimos.

Mi afición por el género de los asesinos en serie me viene ya de crío. No es que me dedicara a degollar a los gatos del vecindario en el callejón del lado de mi casa, pero siempre me ha gustado sentir algo de miedo cuando voy a acostarme. Con la edad eso se cura, pero durante mi infancia y primera juventud no había nada más reconfortante que chuparse una buena peli de miedo o un libro de suspense justo antes de zambullirse entre las sábanas para ir a dormir con ese 'intríngulis' metido en el cuerpo que hacía ver bichos raros entre las sombras de la noche. Bueno, yo siempre tuve una imaginación muy despierta así que alguna que otra mala noche pasé, pero en el fondo me gustaba esa sensación, y si sobrevivía a las horas de insomnio al día siguiente me sentía como un pequeño héroe. Así que, desde que tengo uso de razón cinéfila, siempre he deambulado por entre las estanterías de los videoclubs buscando aquella película que lograse erizarme el vello de la nuca o que consiguiera adentrarme en un misterio de imposible resolución. A medida que fui creciendo abandoné el lado carnavalesco de los relatos de terror (pues cada vez me sorprendían menos) y me fui paulatinamente centrando en las auténticas historias de miedo: la del vecino que se carga a su mujer y a sus hijos antes de volarse los sesos, la del trabajador dócil y tímido que un día aparece en la oficina con un rifle de repetición, la del asesino de prostitutas que intenta emular las andanzas de Jack el Destripador... Como no podía ser de otro modo, y como ya comenté en el post aquí citado, en el ránking de celebridades criminales que me interesaban el famoso "Asesino del Zodíaco" ocupaba una plaza de honor destacada. Al principio oí hablar de él como referencia en algún film de crímenes, más adelante pillé algún recorte de revista de aquí y de allí, y finalmente internet terminó de despertar mi interés sobre el tema. Así que ni corto ni perezoso, pasé por Amazon y me agencié lo que a día de hoy se considera el mejor libro de investigación criminal real sobre la figura de un asesino jamás escrito: el "Zodiac" de Robert Graysmith.

Para comprender quién era Graysmith primero hay que comprender quién era el "Asesino del Zodíaco". Este criminal operó en la bahía de San Francisco durante diez meses del año 1969, aunque se sospecha que su trayectoria va más allá de estas fechas. Se le atribuyen únicamente cinco asesinatos si bien él alardeaba de haberse cargado a más de treinta personas. Su modus operandi resultaba bastante simple: acechaba a parejas de jovenzuelos que estuvieran magreándose en algún sitio aislado y se los cargaba de un balazo, ya fuera a plena luz del día o en mitad de la noche. También liquidó a chicas que andaban solas y una de ellas tuvo el extraño privilegio de compartir trayecto con él durante un corto viaje en coche (la recogió mientras hacía autoestop y salió viva de milagro). Tras cometer sus crímenes, el muy cabrón se dedicaba a enviar misivas explicativas al San Francisco Chronicle, todas ellas acompañadas de misteriosos mensajes cifrados (con signos zodiacales, de ahí su apodo) que se supone contenían los datos sobre su identidad. También alertaba a las autoridades sobre sus futuras fechorías, alguna de ellas falsa (pretendía cargarse a un autobús escolar lleno de niños) pero que ponían de los nervios a la policía local. Lo curioso del caso es que jamás lograron identificarlo, y eso que recogieron huellas dactilares de los diversos escenarios del crimen y que contaban con varias descripciones --todas ellas contradictorias-- de los supervivientes de sus matanzas y de diversos testigos oculares. Y no sólo jugaba con la policía: también mantenía en jaque a los periodistas del Chronicle, metiéndose con ellos y amenazándolos, llegando a provocar que alguno de los plumillas huyera de San Francisco con el rabo entre las piernas.

Robert Graysmith trabajaba en el S.F. Chronicle durante la época de los asesinatos pero no era periodista. Se ocupaba simplemente de dibujar las viñetas de los chistes de la sección de Política, pero era un gran aficionado a los acertijos. Además, acudía a las reuniones de trabajo de los directivos con lo que se enteraba de los entresijos del caso. Poco a poco fue descifrando partes de las enigmáticas notas de Zodiac (así le llamaban) con la ayuda de algún lector, y gracias a eso pudo colaborar con inspectores de la policía en la persecución del asesino. Entre los datos de la policía, los de los periodistas y sus propias elucubraciones logró desarrollar una teoría sobre la identidad del criminal. Como jamás le atraparon, Graysmith se dedicó durante años a investigar por su cuenta intentando hallar pistas que corroborasen su teoría y, cuando lo tuvo todo listo y empaquetado, plasmó sus ideas en un libro. El que yo me compré en Amazon y que me dejó fascinado. Facinado porque, durante un lustro, los habitantes de la Bahía se iban a dormir cada noche con esa sensación de 'intríngulis' que tanto me gustaba a mí de niño, sólo que amplificada al mil por mil y con la certeza de que fuera de sus casas merodeaba una auténtica bestia depredadora, dispuesta a cazar a sus cachorros a la que se despistasen.

Siempre pensé que una historia así merecía un tratamiento digno en la gran pantalla. Recientemente hubo intentos al respecto pero no cuajaron (llamar "mediocre" e esa cinta es quedarse cortos, y si les digo que el prota es uno de los sosos doctores de "Anatomía de Grey" ya se pueden imaginar el tono general). Finalmente, el maestro David Fincher, responsable ni más ni menos que de dos obras cumbre como "Se7en" y "Fight Club", tomó las riendas del proyecto y nos ha preparado un semidocumental para este año con formato de 'thriller' y de nombre Zodiac. Decir Fincher es decir cine con mayúsculas, pero aun así que nadie espere encontrarse con otro "Se7en". Los tiros no van por ahí (nunca mejor dicho), sinó más bien por los senderos de la magna "JFK" de Oliver Stone, teoría conspirativa incluida. Actualmente están lloviendo las críticas positivas en intern
et, escritas por los cuatro privilegiados que han podido visionar ya la cinta. La expresión que más abunda en todas ellas es la de "obra maestra", y yo personalmente ya hace tiempo que la catalogué como una de las películas del año. Entren en el website, saboreen el trailer, degusten las fotografías y prepárense para gozar de una historia real de suspense como pocas veces les habrán contado. Los actores son de primera (Robert Downey Jr. parece que se lleva la palma), el guión es una fiel adaptación al libro y el que está tras la cámara es un genio. ¿Se la van a perder? Yo tampoco. Tan sólo recuerden quién les habló de ella antes que nadie.

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Terapia genética

lunes 19 de febrero de 2007 0:02

Hay que reconocer que Michael Crichton es un tipo hábil. Como escritor no es gran cosa, la verdad, y sus historias tienen más pinta de guiones novelizados que de obras literarias de enjundia. Pero, en compensación, el hombre tiene la extraña habilidad de coger temas científicos de actualidad susceptibles de generar debate y a partir de ahí construye sus historias, fáciles de leer, bajo el formato de 'thriller' corporativo (es decir, en el que las grandes multinacionales y los peces gordos de la sociedad son protagonistas, normalmente los malos de la novela). Así que cada vez que publica un libro, aunque yo sé positivamente que no me va a entusiasmar en grado sumo, me lo acabo comprando para ver qué extraña teoría ha elucubrado frente a su Macintosh esta vez. Y en Next, su novela más reciente, vuelve a tocar el tema de la genética que tan buenos resultados le proporcionó en su famoso "Parque Jurásico". Como siempre, la moraleja del libro pasa por demostrar que la ciencia puede ser muy peligrosa en malas manos y que Crichton es un tipo muy sagaz y que es capaz de leerse muchos libros sobre genética para elaborar un 'thriller' de los que Stephen King escribe en un santiamén simplemente con la ayuda de un buen disco de rock'n'roll en su tocata (por cierto, ya que hablo del Rey harán bien en no perderse el próximo estreno de 1408, basada en uno de sus relatos. Quedan avisados.)

Lo curioso del argumento es que el autor pretende responder un poco a preguntas tan clásicas como "¿el asesino nace o se hace?" a partir de la investigación genética. Resumiendo y sin destripar nada de la historia por si hay algún lector potencialmente interesado, imaginen que gracias a las investigaciones de los geneticistas pudiese curarse la drogadicción simplemente tomándose un jarabe, o que alguien inventase la vacuna contra la infidelidad conyugal (dado que según unos estudios que el autor se saca de la manga ésta puede explicarse por un gen que predispone al individuo a adquirir riesgos), o incluso que pudiera erradicarse el comportamiento criminal de algunos sujetos simplemente poniéndoles una inyección. Es decir, la terapia genética aplicada a la personalidad y no al organismo físico, como hasta ahora venía siendo habitual al tratar esta temática. ¿Ciencia-ficción o realidad?

Como esta última semana ya he introducido el dilema ética vs. ciencia en alguno de mis posts, y para no hacerme reiterativo, simplemente les voy a apuntar lo siguiente: suponiendo que, como sostiene Crichton, fuera posible alterar la conducta humana a través de medicamentos o vacunas, ¿deberían legalizarse este tipo de tratamientos? Si a un casanovas discotequero le eliminas su potencial seductor, si a un homosexual intentas convertirlo en heterosexual por conveniencia social, si a un vago lo conviertes en trabajador insaciable o incluso si a un asesino se le elimina para siempre el instinto criminal, ¿no estás alterando la personalidad intrínseca del individuo, ésa que le hace ser quién es en su más pura esencia? Aunque el fin fuera noble, que lo dudo en muchos casos, ¿están tales medios justificados?

He aquí el dilema, y he aquí la habilidad de Crichton, un tío que hable de lo que hable siempre consigue interesar al lector dando la impresión de que lo que describe podría convertirse en una realidad inminente. Menos mal que los dinosaurios aún no han vuelto a deambular por la Tierra, porque de lo contrario me parece a mí que no dejaba que un médico me pinchara el brazo ni aunque fuera para prevenir la malaria.

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Bill Watterson

domingo 29 de enero de 2006 1:14

Si hablaba ayer de las mercancías que se revalorizan artificialmente para que la gente las compre en función de su elevado precio, hoy quiero referirme al caso contrario: al de las cosas que se venden sin más aunque su creador se oponga a ello. Hay ejemplos a mansalva de este último caso, pero a mí el que más me llama la atención es el de Bill Watterson. Para quien no sepa quién es este individuo, aclararé que es el creador de las celebérrimas tiras comicas "Calvin & Hobbes" que supongo que a todo el mundo le suenan. Algún día les dedicaré unas líneas a este niño irreverente y a su tigre de peluche, pero hoy prefiero darles la lata con la paradoja con la que se ha encontrado el dibujante de las viñetas.

Y es que el tal Watterson es lo que podríamos llamar un enemigo del merchandising y del consumismo masivo. Licenciado en ciencias políticas, siempre fue un gran defensor del arte del cómic, para él infravalorado por completo por parte de la crítica y el público. Así que empezó dibujando tiras políticas de lo más sarcásticas para el "Cincinnati Post", pero la cosa no cuajó y la fama no le llegó hasta la publicación de los dibujos de C&H, algunos años después.

Como suele ocurrir en estos casos, el éxito de la empresa le superó ampliamente y empezó a temer por la "salud" de sus creaciones al verlas estampadas en pegatinas para coches, en tazas de café o en camisetas y jerseys de lo más hortera. El hombre hizo lo que pudo para evitar que sus rebeldes creaciones acabasen convertidas en un sosías del perrito "Snoopy" (por ejemplo prohibiendo tajantemente la publicación de una serie de dibujos animados sobre las mismas), pero al final comprobó que las cosas se le escapaban de las manos y el 31 de diciembre de 1995 publicó su última tira de "Calvin & Hobbes", la cual fue enviada a su editor junto con la siguiente carta:
"Estimado editor: Dejaré de dibujar 'Calvin y Hobbes' a fin de año. Esta no ha sido una decisión impulsiva ni fácil de tomar, y lo hago con algo de tristeza. Sin embargo, mis intereses personales han cambiado, y creo que he hecho lo que he podido dentro de las limitantes de las fechas de corte y el tamaño de los paneles. Estoy ansioso de trabajar a un ritmo más meditativo, con pocos compromisos artísticos. Aún no me he decidido por proyectos a futuro, pero mi vínculo con la Universal Press Syndicate continuará." "El que tantos diarios hayan publicado a "Calvin y Hobbes" es algo que siempre me honrará, y agradezco sobremanera su apoyo e indulgencia a lo largo de la pasada década. Dibujar esta tira cómica ha sido un privilegio y un placer, y agradezco que me hayan dado la oportunidad." "Sinceramente, Bill Watterson".

Desde entonces nada. Vive recluído en su pueblo natal, Chagrin Falls (o eso se rumorea, aunque no es del todo seguro), y dicen que se dedica a pintar cuadros con su padre. No concede entrevistas, no firma autógrafos y no tiene la más mínima intención de resucitar a sus personajes para el gran público.

Personalmente me lo imagino deambulando por alguna calle comercial de donde sea que esté en estos momentos, parándose de tanto en tanto en los escaparates y observando con tristeza a través del cristal cómo Calvin y Hobbes se han convertido en un par de estúpidos muñecos de peluche. Agachará la cabeza, seguirá su camino, maldecirá entre dientes a las leyes del Dios Márketing y, tal vez, derramará una lágrima por el difunto espíritu original de sus personajes.

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Recomendado por Bin Laden

viernes 27 de enero de 2006 1:22

Atónito se debe haber quedado William Blum, un historiador de EE.UU. que hace unos años publicó un libro titulado "El Estado villano: guía de la única superpotencia del mundo" , cuando se ha enterado de que el número de ejemplares vendidos ha aumentado espectacularmente durante la última semana. ¿La razón? Pues, como nos informa la web de la BBC, hay que buscarla en el discursito que Osama Bin Laden lanzó al mundo hace unos pocos días y en el cual, además de amenazar a la potencia americana y solicitar una tregua, aprovechó para hacer publicidad directa del libro de Blum. Más o menos lo que dijo fue :"si Bush decide seguir con sus mentiras y su opresión, sería útil que leyeran el libro 'Rogue State'". Dicho y hecho. De repente, un título que había pasado sin pena ni gloria por las librerías desde su publicación se ha encaramado a lo más alto de la lista de best-sellers literarios.

Sin ni siquiera saberlo, Osama Bin Laden acaba de abrir una nueva puerta al márketing que muchas empresas desconocían hasta el momento. Recuerdo que hace unas temporadas se pusieron de moda unas camisetas con la frase "OSAMA OS AMA" estampada en la zona de los pectorales, y cuando las veía por la calle pensaba para mis adentros si los royalties de la venta de esas prendas no deberían ir a parar a Al-Quaeda (ya se sabe que financiar la insurgencia cuesta lo suyo). Evidentemente todo eran elucubraciones sin sentido, ya que dudo mucho que los abogados de Bin Laden osaran ponerse en contacto con las empresas fabricantes para demandarlas por "apropiación indebida de marca", o con las que emitían papel higiénico con su cara dibujada en él (muy popular en los USA, por cierto). Hasta ahí llegó en su día la explotación de la Bin Laden Brand por parte del consumismo occidental. Sin embargo, esta nueva línea de estrategia publicitaria inaugura una vía de posibilidades insospechadas.

Porque ahora sí que Bin Laden se va a convertir en el sujeto más buscado del globo terráqueo. Hasta el momento sólo lo perseguían Bush y cuatro militares descarriados, pero desde ya mismito el poder en pleno del capitalismo salvaje va a apuntarse a la búsqueda del terrorista. ¿Logrará la maquinaria consumista lo que los poderes fácticos y militares de medio planeta no han conseguido hasta el momento? Veremos. La mejor prueba que podríamos obtener de si han logrado su objetivo las grandes empresas del mundo capitalista es si en la nueva aparición de Osama Bin Laden lo vemos frente a las cámaras de esta guisa:

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Un Misterio Sin Resolver

lunes 16 de enero de 2006 1:02

Si hoy es domingo y además llueve, hoy es día de blogueo intensivo. Así que me dejo llevar y, miren ustedes por dónde, aterrizo en La Visión Irisada, un blog de lo más variopinto, con posts tan descacharrantes como el "Carta Abierta a Tomás Roncero", y con un autor sumamente ingenioso que sabe sacar punta, por lo que he podido comprobar, a cualquier clase de tema. Navegando por su página he encontrado uno que me interesa, y mucho. Algunos de mis lectores ya habrán deducido que me pirro por los misterios y las historias de crímenes, sobre todo aquellos difíciles de resolver. Pues en la pole position de los asesinos reales que he venido siguiendo desde mi más tierna infancia se encuentra, a varios puntos del segundo, el enigmático "Asesino del Zodíaco". Cuenta el amigo doncristal en su post dedicado al tema:
Uno de los asesinos en serie más listos. Con una inteligencia admirable y una personalidad que aún hoy en día es motivo de estudio psicológico. Por supuesto, nunca fue capturado. Afirmó haber matado a 37 personas, aunque la policía sólo consiguió probar la muerte de siete. Escribía cartas a sus perseguidores a través de la prensa. Su firma solía ser un punto de mira seguido del número de muertos a sus espaldas y la enseña "SFPD" (San Francisco Police Department) seguida del número cero.

Muchas de sus misivas eran criptogramas, cuyo contenido aún hoy no ha sido desvelado en su totalidad. La más sangrante es aquella en la que dice: "Mi nombre es...", seguida de una serie de signos y letras cuyo significado la policía (ni cualquier otro intrépido criptógrafo) nunca consiguió sacar a la luz. ¿Era muy bueno o muy cabrón? ¿Hizo trampa o, como los genios, ideó una clave irrompible? Dos acertijos criptógraficos propuestos por Edgar Allan Poe tardaron algo más de 150 años en ser descifrados. Algunas claves tan o más antiguas permanecen sin descifrar. Así que mis biznietos puede que sepan en el año 2130 quién era el jodido asesino del zodíaco, o quizá no lleguen a saberlo nunca...

Me permito citarlo íntegramente porque creo que ha hecho un perfecto resumen de lo que sería la figura de este peculiar asesino en serie. Para mí indiscutiblemente el de mayor mérito de la historia (si es que se le puede otorgar algún mérito a ir cargándose a la gente simplemente por su signo zodiacal, pero en fin, sangre aparte, a mí lo que me fascina es lo listo que era el tipo). Porque realmente tuvo su mérito cometer tantos asesinatos llamando la atención de todos los medios públicos sin llegar a ser nunca identificado y capturado. Sí, ya lo sé, Jack el Destripador fue el primero, único e inimitable, pero él lo tuvo mucho más fácil, porque actuaba en una época en la que no había ni ADN, ni huellas dactilares, ni un cuerpo de policía con unos medios tan avanzados como los de la era "Zodiac". Bien, teniendo en cuenta que los crímenes se perpetraron en la década de los setenta, hay que reconocer que las pruebas de ADN aún se hallaban lejos de ser incluídas en los métodos policiales y que Grissom aún no había ingresado en el CSI, pero aún así el tipo los tuvo muy bien puestos para tener en jaque a toda la ciudad de San Francisco durante la friolera de diez años.

Además, todavía hay un aspecto un tanto desconocido para el gran público que aumenta el grado de fascinación por el caso, y es que en 1990 reapareció en la ciudad de Nueva York. O se trataba del mismo o de un muy buen imitador porque, como nos cuenta la web Astrolabio.net :
Entre 1968 y 1978 un asesino "astrológico" se confesó autor de 37 crímenes. El "Asesino del Zodiaco", elegía a sus victimas en función de su signo astrológico, y nunca pudo ser capturado. En 1990 reapareció, aunque todos los expertos coinciden en afirmar que se trataba de un imitador. Pero lo importante es que ese nuevo criminal "astrológico" continuó sembrando la muerte entre los habitantes de Nueva York, eligiendo a sus víctimas por su "carta astral". Según los astrólogos que fueron consultados por la policía newyorkina, el nuevo "Asesino del Zodiaco" había superpuesto una carta astrológica de Orión sobre un plano de New York, o eso sugería la situación de sus víctimas en el mapa. Sin embargo, al igual que había hecho Jack el Destripador, "el pistolero astrológico" dejó repentinamente de matar, y desapareció con el mismo misterio con que había surgido. Su identidad continúa hoy siendo un enigma.

Ahí queda eso. O sea que tenemos no a uno, sinó a dos casos sin resolver siguiendo los mismos métodos. No me dirán que no encuentran la historia fascinante... Un poco más de información sobre el caso la podemos encontrar en esta morbosa página (titulada "El Matadero del Abuelo"...¡glups!), aunque la mejor noticia que podían darnos a los fanáticos del caso es que ni más ni menos que el gran David Fincher (director de "Se7en" y "Fight Club", entre otras obras maestras) se ha puesto tras la cámara para ofrecernos, en este 2006, su particular visión del asunto. ¿Aportará Fincher alguna novedad o alguna teoría sobre el caso? ¿Le habrá asesorado el propio asesino? No sé ustedes, pero yo ya estoy babeando. Para que vayan abriendo boca les dejo unas cuantas imágenes promocionales del film que acaban de aparecer en Internet. La espera se me va a hacer larga...


Jake Gyllenhaal ("Donnie Darko") con el siempre espectacular Robert Downey Jr.


Gyllenhaal y Mark Ruffalo en otro momento del film

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Se Acercan Los 'Watchmen'

miércoles 21 de diciembre de 2005 1:20

A ver, cuádreseme todo el mundo porque hoy voy a hablar de uno de Los Grandes, así, en mayúsculas. Y además voy a dejar un montón de links repartidos a lo largo del post para demostrarlo, por lo que quedan todos avisados. Y es que si hay un escritor que merezca ser considerado como uno de los más innovadores e iconoclastas de finales del siglo pasado éste no es otro que el genial Alan Moore, reconocido tanto por la crítica como el público a nivel mundial. El único problema es que el hombre no se dedicó a escribir libros hasta un cierto punto en su carrera (y además su producción a este nivel es más bien escasa), por lo que mucha gente desconoce su obra y el alcance que la misma ha tenido en nuestra cultura contemporánea. Baste decir que actualmente los estudios hollywoodienses se pirran por la adaptación cinematográfica de todas y cada una de sus obras, aunque cada vez que se deciden a embarcarse en un proyecto con el sello Moore la cagan con todo el equipo, llegando a provocar que el propio autor ya no quiera saber nada de tales adaptaciones y consiguiendo que se decidiese a romper su contrato con DC Comics por causa de las nefastas películas que la editorial ha permitido realizar a los magnates cinematográficos (verbigracia From Hell, The League Of Extraordinary Gentlemen o, la aún en producción, V de Vendetta). De hecho yo mismo he dedicado un par de posts a esta última adaptación (que a nivel personal me marcó lo suyo): uno esperanzado aunque receloso, y otro definitivamente desanimado.

Como ya habrán deducido, Moore se ha especializado a lo largo de su carrera en la redacción de guiones para cómics y novelas gráficas. Antes de que se apresuren a etiquetarlo como un autor menor, más vale que hagan un esfuerzo y se pasen por cualquier librería especializada para adquirir alguno de sus volúmenes y revisen sus teorías: poca gente ha llegado a expresar tanto y a sacarle tanto jugo a un medio que, hasta que él llegó, era considerado mayoritariamente como "entretenimiento para niños". Pero no es mi objetivo comenzar a glosar aquí el genio de Moore y cómo se sirve de un medio concreto para plasmar sus ideas (su uso de los encuadres y de las viñetas es ya legendario), puesto que hay mil páginas en Internet que lo harán mucho mejor que yo.

La cuestión es que Alan Moore, con su pinta de protagonista de "Náufrago" y sus excentricidades (viste siempre de negro, posee conocimientos de magia negra y participa en una especie de grupo musical/neogótico llamado the Moon and Serpent Grand Egyptian Theatre of Marvels, amén de su resistencia a abandonar su localidad natal de Northampton bajo ningún pretexto), a mediados de los ochenta transformó por completo el mundo de los cómics con la publicación de sus "Watchmen", un hito sin precedentes a nivel editorial. Los doce volúmenes que componen tan magna obra marcaron un antes y un después (como odio esta expresión) en el mundo de los superhéroes de tebeo, tanto por su calidad como por el tratamiento adulto de la temática (algo que nadie había conseguido hasta el momento). Si alguien piensa que exagero, que dedique unos minutos de su tiempo a leer este excelente artículo de Yeray-Muad'Dib (que tengo incrustado en mis enlaces de "Visita Obligada"). Como bien nos explica el autor, "Watchmen" es al mundo del cómic lo que "El Quijote" a la literatura o "Ciudadano Kane" al séptimo arte.

Con semejantes antecedentes era inevitable que alguien tuviese la genial idea de pasar al celuloide esta historia de vigilantes (significado literal de "Watchmen") perturbados. La Paramount lo intentó en su momento, e incluso directores tan particulares como Terry Gilliam y Darren Aronofsky estuvieron realmente cerca de hacerse cargo del proyecto. Actores como Jude Law, Hilary Swank o Johnny Depp expresaron su interés en intervenir en el proyecto, pero como quiera que el argumento es sumamente complejo y no apto para el público que suele llenar las salas en estos tiempos (héroes psicopátas, violadores y neonazis, por poner sólo algunos tópicos que la historia destroza), nadie osó dar el paso definitivo. Gilliam, en realidad, era más partidario de una serie de televisión, dado la riqueza del material original, pero la idea se mostró inviable financieramente. Total, que desde hace ya algún tiempo la cosa ha quedado estancada.

Y así permanecía hasta que, hace un par de días, saltó la noticia: finalmente Warner Bros. se atreve a financiar una adaptación fílmica de la obra. En estos instantes el proyecto se encuentra en fase aún embrionaria, pero las especulaciones empiezan a dispararse por momentos: ¿quién será el guionista elegido por los productores? ¿osará intervenir el propio Moore en la redacción del libreto (dudoso, to say the least)? ¿en manos de qué director quedará tan ansiada adaptación? ¿llegarán entre todos a estar a la altura esperada a partir de tan excelso material?

Y, la pregunta más importante de todas (sólo apta para los lectores del cómic original): Who watches the Watchmen? ("¿quién vigila a los vigilantes"?)

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Prestidigitación Política

lunes 5 de diciembre de 2005 2:14

No puedo evitarlo. Cada vez que me sumerjo en la lectura de un libro apasionante siento la necesidad de compartir con los demás la historia que me tiene absorto. Y en estos instantes acabo de dejar sobre la mesita de noche un ejemplar de "The Prestige", de Christopher Priest, a medio terminar, ansiando que llegue la noche de mañana para poder volver a abrirlo por la misma página por la que acabo de cerrarlo. ¿De qué va The Prestige? Pues básicamente relata la rivalidad entre dos magos ilusionistas del siglo XIX, la cual desemboca en una guerra sin cuartel durante la cual cada uno busca el desprestigio del otro, llegando a afectar incluso a sus futuros descendientes hasta el día de hoy. Todo ello envuelto en un gran truco de magia, un engaño diseñado para embaucar al lector (o eso dicen). En fin, si alguno de ustedes piensa adquirirlo lamentablemente no se ha publicado en España, pero el director Christopher Nolan (Memento) ya está trabajando en su particular adaptación cinematográfica, con Michael Caine y Christian Bale como los magos rivales, con lo que dentro de una temporada dispondrán del estreno de la película para poder paladear la historia.

La cuestión es que, por una tara mental que llevo arrastrando desde mi más tierna adolescencia, ya he tenido que elaborar una analogía entre las tesis del libro y el mundo que me rodea. En concreto se me ha ocurrido una relación con la política que viene que ni pintada. Me explicaré:

En el libro el narrador sostiene que entre un ilusionista y su público se establece lo que él llama un Pacto de Aquiescencia del Hechizo. Es decir, que antes de efectuar su truco, el prestidigitador muestra sus manos vacías a la audiencia, después se arremanga la camisa para demostrar que no tiene nada escondido en sus mangas, suelta el "nada por aquí, nada por allá" y, de pronto, saca el ramo de flores de papel para asombro del respetable. El público suelta su "oooooh" de sorpresa y aplaude a rabiar. Pero, según el autor, eso no quiere decir que la audiencia se haya tragado que lo que han visto sea verdad. Bien al contrario, ellos saben que hay truco, el mago sabe que ellos saben que hay truco, pero a pesar de todo, y mediante el mencionado Pacto de Aquiescencia del Hechizo todos hacen como si lo que se acabara de desarrollar en el escenario fuese auténtico. Y, como he dicho antes, para mí eso es lo que pasa con la política en nuestros días: el político de turno suelta un discurso grandilocuente para embaucar a las masas, las masas aplauden al político, lo votan en función de los argumentos que ha esgrimido, pero en el fondo todos saben que el político no va a cumplir las promesas que tan grandilocuentemente ha detallado. Él mismo sabe que sus votantes no se creen la mitad de las cosas que ha dicho, pero sin embargo gana los comicios. Una vez en la poltrona, procurará favorecer los intereses de los grupos que le financian a la vez que intentará lucrarse gracias al poder que ostenta. Las masas lo saben pero no lo dicen, la prensa le sigue el juego, los tertulianos lo critican pero juegan a su juego, e incluso la oposición acepta estas reglas porque saben que un día les puede tocar a ellos. ¿Podríamos hablar de un Pacto de Aquiescencia Política?

The Prestige también nos cuenta una anécdota la mar de curiosa: la de un anciano ilusionista chino que actuaba en el Londres del siglo XIX. Su truco más espectacular consistía en hacer aparecer de la nada, después de hora y media sobre el estrado, una pecera llena de peces de colores. El truco tenía miga porque el hombre, de edad bastante avanzada, gastaba unos cansinos andares de chino mandarín, arrastrando pesadamente su túnica sobre el escenario. Su fatigada figura apenas podía sostenerse en pie al llegar al final del espectáculo, justo cuando materializaba la famosa pecera ante su público. Pues bien, como nos cuenta el narrador en realidad el chino era un atleta en toda regla, y su lento y trabajoso caminar se debía a que llevaba, durante todo su número, la pecera escondida bajo su túnica aguantada a presión entre sus muslos. Por eso al llegar al final estaba tan cansado. Pero su afán por engañar a la gente era tal que, de día y de noche, al andar por las calles londinenses, al entrar en un restaurante o al refugiarse en cualquier café, jamás en todos los años que permaneció en tierras inglesas abandonó su pose de hombre fatigado y sus andares cansinos. Para que nadie pudiese nunca decir que detrás de ese hombre tan cascado se escondía en realidad un atleta vigoroso. Una vez más, hay numerosos ejemplos que podrían extrapolarse al mundo de la política: muchos políticos tienen la obligación de hacer creer a todo el mundo constantemente que sus ideales son los que en realidad les marca la línea de su partido. Pero ellos deben, a todas horas, adoptar esa pose "oficial" para convencer a la gente (¿y a sí mismos?) de que siempre han pensado de ese modo. Para que nadie pueda decir ni una sola vez que se les ha visto el plumero. Lo que ocurre es que se les ve, y cada día más. En concreto, a bote pronto yo podría nombrarles un representante político catalán que a pesar de mantener una postura pública bien definida estoy convencido de que "en la intimidad" piensa cosas bien distintas de las que dice. Un mal ilusionista, sin duda.

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