Aún hay clases

martes 17 de julio de 2007 2:00

Si les hablo de Vladimir Ilich Ramírez Sánchez posiblemente no sepan ustedes de quién se trata. En cambio, si les digo que estoy haciendo referencia a Carlos El Chacal automáticamente sabrán que me estoy refiriendo a uno de los más célebres terroristas del mundo. Hijo de un millonario, este venezolano militó en el Partido Comunista de su país durante largo tiempo, estuvo una temporadita en Cuba recibiendo adiestramiento en tácticas de guerrilla y posteriormente ejerció de playboy en Londres, ciudad a la que su familia lo envió para que se olvidara de su ideología de izquierdas. Lástima que unos años después, allá por los setenta, decidió unirse al Frente Popular de Liberación de Palestina en Jordania y empezó a liquidar a gente por encargo, convirtiéndose en el terrorista o asesino a sueldo (escojan ustedes el término que más les convenga) más célebre de la historia. El momento álgido de su carrera ocurrió cuando en diciembre de 1975 participó, junto a varios miembros del grupo terrorista alemán Baader-Meinhof, en el secuestro de ministros de la OPEP reunidos en Viena (si les interesa, aquí tienen la narración de los hechos en primera persona).

Su periplo vital no tiene desperdicio y basta con echar un vistazo a la Wikipedia para ver lo difícil que fue cazarlo finalmente en 1994:
El sábado 13 de agosto de 1994, Carlos ingresa a una clínica en Jartún, Sudán, para ser intervenido quirúrgicamente en el rostro. Finalizada la operación y aún bajo los efectos de la anestesia, es trasladado al pueblo de Taif bajo engaño, pues los sudaneses le indicaron que corría riesgo de un atentado en su contra. Una vez en ese lugar, Carlos fue atrapado mientras dormía, por un grupo de comandos franceses quienes le inyectaron un sedante y lo metieron en un saco, trasladándolo a Francia en un jet privado. Una vez en Francia, fue enjuiciado y finalmente condenado el 27 de diciembre de 1997 a dos cadenas perpetuas por actos de terrorismo, entre los que se incluyeron el asesinato de dos miembros del servicio secreto francés y de un informante. Además fue solicitado por las autoridades de Austria y Libia.

Todo un personaje, ciertamente. Y si hoy les menciono parte de su biografía es porque me han llamado la atención sus declaraciones desde la cárcel francesa en las que critica a Al Qaeda por su inhumanidad y su "falta de profesionalidad". Lean, lean:
Desde la prisión francesa de Clairvaux en la que está recluido tras su captura en 1994 y posterior condena a cadena perpetua, El Chacal ha censurado que los terroristas de Osama Bin Laden hayan querido "matar a gente común" y ha dicho que le entristece cualquier muerte que se produzca en Londres, ciudad en la que vivió muchos años cuando era joven y por la que siente un gran apego.

En cuanto a su propia carrera como terrorista, no se ha mostrado arrepentido aunque ha sentido la necesidad de matizar sus crímenes. "No soy un sádico, no disfruto con el sufrimiento de los demás. Cuando teníamos que eliminar a alguien lo hacíamos de una forma fría y sencilla, con el menor dolor posible".

Sorprende esta distinción entre terroristas buenos y terroristas malos, máxime porque juraría que la primera categoría es un oxímoron de mucho cuidado. Imagino que su intención pasa por efectuar un lavado de imagen de cara a un futuro juicio y que su defensa se basará, no ya en la negación de sus crímenes, sinó en el hecho de que él los ejecutaba con suma profesionalidad. Algo así como el "todavía hay clases" tan típico de ciertos prepotentes, que en este caso debería servir para atemperar su condena por comparación. Ignoro si se trata de esto o si es que verdaderamente existe el corporativismo en la industria del terrorismo y cualquier aspirante a kamikaze debe mandar su currículo a una central de dudoso paradero, pero no puedo evitar observar cómo el paso del tiempo y la espectacularidad de ciertas acciones lavan la imagen a más de una biografía repleta de actos atroces pero muy cinematográficos. El mero hecho de que la prensa de medio mundo se haga eco de estas declaraciones de Carlos ya implica que, de una manera muy sui-generis, sus acciones criminales son aceptadas por una sociedad que sólo ha sabido de las hazañas del terrorista a través de películas o novelizaciones de su vida. Y ahí sí que Carlos les gana la partida a los de Al Qaeda, unos tipos de aspecto sucio, que viven en cuevas mugrientas y cuyos atentados son retransmitidos casi en directo por la CNN mediante imágenes repletas de sangre, sudor y lágrimas. La moraleja de esta historia sería que, puestos a ser un hijo de puta, tienes que ser un hijo de puta con clase o que, incluso en el área criminal, el márketing es un must tan importante como en cualquier otro ámbito de la vida.

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Medias verdades sobre el Holocausto

lunes 25 de junio de 2007 2:00

Siempre que en el cine o en la literatura me topo con una historia de nazis echo de menos un elemento concreto que me explique el porqué de la situación que se vivió en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Quiero decir que en todas las películas o novelas sobre el tema siempre me topo con los dos bandos ya definidos y ninguna posible zona gris entre medio y, sobre todo, ninguna descripción del proceso que llevó a la consagración del nazismo. Es decir, que por un lado tenemos a los cabrones de los nazis, unos tíos sádicos, despiadados y torturadores, que más que un ejército de individuos parecen una banda de psicópatas entre los que no desentonaría para nada Hannibal Lecter o Michael Myers. Por el otro tenemos a los judíos, un bando en el que predominan los ancianos, las mujeres y los niños, y que indefectiblemente sufren las de Caín, les llueven todos los palos y no saben ni de dónde ni porqué. Aunque está bien claro en mi juicio quiénes eran los buenos y los malos en ese conflicto, inevitablemente tengo la mosca detrás de la oreja porque me huelo que esta división en muchos casos tiene un alto porcentaje de arbitrariedad y además en ocasiones parece narrada de forma un tanto maníquea. De entrada porque la situación siempre hay que tomarla como dada: los nazis existían y punto, eran unos hijos de puta y te lo crees y ya está. Los judíos, en cambio, eran inocentes, buenos y unos mártires y no había uno solo que fuera un cabronazo, al igual que tampoco había un nazi que fuera, no ya buena persona, sinó un simple funcionario aburrido al que le tocó vestir el uniforme por estar en el lugar y en el momento equivocado. Cómo se había llegado a esa situación en concreto es algo que tanto en el celuloide como en la mayoría de los libros siempre se ha ignorado, y ese proceso de elipsis hace que uno se encuentre ya metido en faena y no tenga tiempo de preguntarse porqué.

No quiero que se me malinterprete: ni tengo tendencias fascistoides ni soy antisemita ni de jovenzuelo pertenecí al movimiento 'skin'. Tengo claro, repito, que los nazis eran los malos del cuento pero es que yo siempre he sido curioso y, como observador de la naturaleza humana, me huelo que no todo es tan blanco o tan negro como nos llevan vendiendo desde hace más de medio siglo y que en esa historia, como en todas las de la vida, hay muchas más zonas grises de las que se supone que hubo según los historiadores. Por eso me gustó tanto leer ayer la entrevista que La Vanguardia le hizo a Imre Kertész, el escritor que mejor ha sabido plasmar lo que es un campo de concentración, a raíz de la publicación de sus nuevos libros en nuestro país, Un relato policíaco y Expediente K. Posiblemente una de las mejores entrevistas que he tenido el placer de echarme a la cara (lástima que no la pueda enlazar aquí: Rai, ¡échame una mano!), sobre todo viniendo de quien viene.

No es mi intención hacer aquí una glosa sobre la figura de este autor --quien sienta curiosidad que Googlee un rato--, pero sí me gustaría dejar un par de perlas de dicha entrevista, aunque sólo sea para dejar claro qué es lo que me gustaría a mí que me contaran sobre el Holocausto. Atención a la primera:
"El papel que uno asume en ese escenario no depende de uno mismo, sino a menudo del azar o de que alguien te señale como víctima o te designe como verdugo. Yo mismo soy judío, sin duda, porque las autoridades me señalaron como tal, pero ni hablo hebreo ni me considero creyente. Es el sufrimiento compartido del holocausto lo que me ha hecho judío."

Toma castaña. O sea, que el hecho de que a uno le toque estar a un lado u otro del conflicto es en muchos casos un hecho meramente coyuntural. Al igual que a Kertész le tocó ser judío, seguramente hubo algún soldado alemán que se dedicó a ejecutar a prisioneros de guerra no porque fuera una bestia inhumana sinó porque algún oficial de rango superior le colocó la pistola en la mano y le endosó una responsabilidad de tal envergadura que, posiblemente, la única alternativa para no volverse completamente loco fuera atajar las instrucciones creyéndoselas a rajatabla, y por ende convirtiéndose en el monstruo que los demás le ordenaron ser. O eso o volarse él mismo la tapa de los sesos, pero en un entorno de supervivencia al por mayor a ver quién es el guapo que opta por suicidarse o darse a la fuga (más o menos lo mismo) antes de cargarse a todos los que, tanto el alto mando como la sociedad que le rodea, han señalado como "enemigos".

La segunda frase de la entrevista que me ha llamado poderosamente la atención es todavía más brutal si cabe, y si no me creeen juzguen ustedes mismos:
"También he abordado algo nada fácil: el enorme sentimiento de culpa. Es muy difícil superar el remordimiento de haber sobrevivido, sabiendo que muchísima gente y amigos han muerto. Siento vergüenza por sobrevivir. A mí me sumergieron en una lógica, en un sistema de pensamiento ideado para destruirme. Haber sido eliminado era lo lógico, todo el sistema legal, emotivo e ideológico lo justificaba, yo viví inmerso en eso y formé parte de esa lógica, fui imbuido en ella. De algún modo, seguir viviendo contradecía todo lo que había interiorizado como mi destino. Es por eso que algunos supervivientes acaban suicidándose, porque hay algo dentro de ellos que les dice que han de ejecutar su sentencia de muerte. ¿Cómo contar todo esto, esta complejidad psicológica, de manera que se entienda?"

Acojonante. Imaginen lo potente que debía ser ese sistema si las propias víctimas se sienten tentadas de ejecutar ellas mismas las sentencias de los soldados enemigos. Ahora imaginen lo poco que les debió costar a los otros, los alemanes pertenecientes a la presunta "raza aria", llevar a cabo las órdenes de ese sistema que les tenía el coco tan comido que incluso las propias víctimas asumían su destino con resignación. "¿Cómo contar todo esto, esta complejidad psicológica, de manera que se entienda?" Pues eso mismo es lo que me gustaría que me explicaran a mí en la próxima Lista de Schindler, que seguro que la habrá. Un tema complejísimo a la par que fascinante, dicho sea sin ningún tipo de morbosidad añadida.

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El peso de la historia

lunes 29 de enero de 2007 0:00


Diría que me sorprende pero lo cierto es que no. De hecho, si yo dispusiera de fondos suficientes como para hacer la compra inmobiliaria y aun suponiendo que me interesara imagino que tendría mis reparos. No en vano estamos hablando de la morada de uno de los grandes monstruos de la historia, pero lo cierto es que por las fotos que vienen en los periódicos la choza tiene buena pinta. Me estoy refiriendo, obviamente, a la tan cacareada venta del 'nido de amor' de Goebbels por parte del Senado alemán, que parece que de momento no tiene demasiado éxito. El porqué de la venta parece claro:
La propiedad 'Waldhof', una villa que cuenta con treinta habitaciones y se encuentra a 40 kilómetros al norte de Berlín junto al lago de Bogensee, tiene unos gastos anuales de mantenimiento de 255.000 euros y permanece vacía desde hace años.
Pero no es el precio lo que frena a los futuros compradores, sinó la funesta idea de alojarse en una casa en la que Goebbels no sólo se traía a sus fulanas a espaldas de su mujer sinó que por lo que cuentan también se inspiraba para perfilar los planes nazis, redactar sus discursos antisemitas e ir puliendo poco a poco su 'solución final'. Convendrán conmigo que es un poco inhibidor el asunto, y en ésas andan ahora mismo en Alemania.

Pero digo que me sorprende porque teniendo en cuenta la ingente cantidad de artistas extravagantes, adoradores de Satán, millonarios pirados por la historia y famosos con ganas de dar la nota que hay por el mundo me parece un tanto raro que las ofertas no se amontonen encima de la mesa. Es más, si yo fuera judío y tuviera pasta quizás me gustaría comprarla sólo para darme el gustazo de derribarla entera y construir un templo de mi religión en su lugar, por ejemplo, en parte como homenaje a todos los que murieron en los campos de concentración y en parte para joder al fantasma del hijoputa de Goebbels, que vería su residencia favorita finalmente en manos de sus enemigos para el resto de sus días. Pero ni así. Bogensee, el pueblo en el que se encuentra la residencia en cuestión, se considera como uno de los lugares del mal que aún resisten en tierras germanas. Lo que demuestra que el nazismo es una de las pocas etapas de la historia de la humanidad con la que nadie se atreve a meterse ni a frivolizar, tan bajo cayó nuestra raza entonces y tan bestia nos parecen esa clase de atrocidades comparado con todo lo que hubo antes y lo que vino después. Y mira que se han cometido atrocidades. Pero hay algo en los uniformes nazis que aún hoy inspira pavor.

En Alemania acaban de estrenar una película que se cachondea de Hitler y lo único que ha provocado, más que carcajadas, han sido airadas protestas por parte de todo el mundo. Y eso que su director, judío para más señas, no para de reivindicar a quien le quiere escuchar la necesidad que tiene el pueblo alemán de reírse del Holocausto. Nada, fracaso total. Será que hay cosas que más vale no exhumar, no sea que aún nos veamos en parte reflejados en ellas, como si de un espejo deformante se tratara.

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Regreso al Pasado

sábado 4 de junio de 2005 20:09

Ante los recientes brotes de violencia juvenil en Cataluña (apuñalamientos en un instituto de Hospitalet, asesinato de un joven en la Patum de Berga) se han oído numerosas teorías acerca de las causas que pueden llevar a un chaval a liarse a navajazos en una reyerta colegial o a la formación de bandas organizadas que se dedican a buscar pelea por cualquier motivo en una fiesta popular. Pero ninguna me ha llamado tanto la atención como la que expuso el historiador Antón Mª Espadaler en la radio el pasado viernes: según él, estamos asistiendo a un regreso al siglo IX, momento en el cual numerosos grupos de jóvenes en toda Europa tenían atemorizada a la sociedad hasta el punto de que, repasando misivas de la época, se constata el miedo a salir a la calle o a realizar un viaje largo sin protección, dado que las posibilidades de que te asaltaran y te asesinaran parecían bastante elevadas.

Los gobernantes de aquel tiempo, básicamente el clero, se plantearon cómo afrontar semejante situación, ya que la escalada de violencia entre los más jóvenes parecía imparable y se avecinaba un futuro sombrío. Como no podía ser de otro modo, la solución que encontraron consistió en enviar a todos estos adolescentes sobreexcitados a territorios foráneos para descargar su ira contra los bárbaros. De este modo nacieron las famosas cruzadas.

El asunto funcionó bastante bien, ya que los que no perecieron en el intento de convertir a los sarracenos regresaron a Europa lo suficientemente agotados como para quedar aplacados durante bastantes añitos... Como siempre, los paralelismos con nuestro actual presente distan mucho de ser remotos. ¿Acaso la estrategia del señor Bush, mandando a las juventudes norteamericanas a poner orden en Irak, no se basa en parte en los mismos planteamientos?

Desconozco si los resultados han sido positivos, y si el índice de incidentes entre los jóvenes de EE.UU. ha descendido drásticamente durante los últimos dos años, pero en mi fuero interno rezo porque no sea así. O, mejor dicho, ojalá sí lo sea pero espero que por estos lares no se den cuenta ya que, de lo contrario, me da miedo pensar a qué conclusiones podría llegar nuestra inefable Consellera Tura o algún miembro del tripartito si se ponen a discurrir un ratito. Por si las moscas, quisiera recalcar que hace ya varios años recibí una carta oficial en mi domicilio (que conservo en perfecto estado) donde se hacía constar que había pasado a la Reserva de las Fuerzas Armadas y que, por tanto, quedaba exento de mis obligaciones militares para con el Estado...

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