Apocalipsis
jueves 29 de mayo de 2008 0:00
Ayer, comiendo con un amigo, me comenta que a su hija han tenido que ingresarla en una clínica por cuestiones de anorexia. Más que una clínica, una cárcel, dado que no la dejan salir, la vigilan con videocámaras, le controlan lo que come y lo que echa (con la humillación añadida de tener que hacer sus necesidades bajo supervisión) y le prohíben incluso subir y bajar escaleras para que no queme lo poco que ingiere. Lo más sorprendente es que la chavala se veía de lo más sana, alegre y sin complejos, y su padre aún no se explica cómo ha llegado a ese extremo.Por la tarde, mientras me cambio en el vestuario del gimnasio, un par de chavales de unos dieciocho años andan comentando sus peripecias cotidianas:
-Esta noche no ceno que para comer me he tomado un frankfurt.
-Pues yo no paro de pedir pizzas. Me he apuntado a unos campamentos para los próximos quince días que así por las noches no cenaré, a ver si recupero mi peso.
-¿Y no te emborracharás en el campamento?
-No.
-Más te vale, que ya sabes que los cubatas engordan...
Luego siguen a lo suyo. Una vez más, parecen unos chicos bastante sanos y normales. Me los miro de reojo y sí, tal vez logro atisbar medio michelín en el esquelético cuerpo de uno, pero comparando con la media de los de mi generación a su edad diría que están unos diez kilos por debajo.
Por la noche, me comentan que una conocida, apodada "mango de escoba" por su esbelta figura, le ha advertido a su marido que no piensa ir a la playa con sus amigos "porque no quiero que me vean las lorzas". Si yo me la miro de perfil juro que no la veo.
Dada la coincidencia de estos tres sucesos aleatorios en tan sólo veinticuatro horas, estoy en disposición de afirmar que no debemos preocuparnos más por el cambio climático. De hecho, la humanidad no llegará jamás a verlo. Si mis cálculos son correctos, diría que en doscientos años la raza humana ya se habrá extinguido: habrá muerto de hambre.
Hasta los fogones
miércoles 28 de mayo de 2008 0:00
Una vez fui al restaurante de Carme Ruscalleda, el mítico Sant Pau, y comí bien. Como por aquel entonces al local aún no le habían endosado la tercera estrella Michelin, el ágape me salió "baratito", unos doscientos cuarenta euros del ala (dos comensales), y aseguraría que al deconstructivismo culinario le quedaba todavía un buen trecho para alcanzar la cima, pues no preservo en la memoria ningún brebaje a base de hidrógeno o un postre relleno de colágeno. Recuerdo que me hizo gracia que los camareros se tiraran más rato haciéndome un resumen de la elaboración del plato que lo que yo tardaba en zampármelo y la presteza a la hora de reponer el vino, pero diría que más allá de estos ínfimos detalles la cosa no variaba demasiado con respecto a cualquier otro restaurante pijo. Supongo que en Can Fabes la comida es más consistente, y me he propuesto comprobarlo un día de éstos, pero en el de Ruscalleda puedo asegurar que la cena se compone de un sinfín de platos que dilatan la velada unas tres horas, un festín de pequeñas porciones de bouffe non-stop que hace que termines bastante lleno (aunque no a reventar). Del Bulli no puedo dar referencias más que nada porque me niego a reservar una mesa con un año y pico de antelación para que luego resulte que el día en que voy a pagar el gusto y las ganas me encuentre constipado y no pueda apreciar "la amalgama de sabores" que me ofrece el amigo Adriá.Viene toda esta parrafada a cuento de las polémicas propuestas incendiarias de Santi Santamaría, maestro de ceremonias de Can Fabes, de las que se ha visto obligado a retractarse en vista del alud de críticas que se le venía encima, y eso que hasta Montignac se posiciona a su lado. Supongo que el hombre estaba hasta los fogones de que no se le reconocieran sus méritos y del protagonismo que acaparaban los experimentos culinarios de Adriá y Ruscalleda, pero no por ello es menos cierto que lo único que ha hecho ha sido expresar en voz alta lo que muchos gourmets de a pie pensaban en voz baja: menos cocina deconstructiva y más entrecottes a la pimienta, que las sopas de cubito de café salpicadas de un riego de regaliz están bien para la foto pero no sacian el apetito de una manera acorde con la que vuela el dinero de la cartera. Y de paso le ha arreado un sopapo al papanatismo omnipresente en nuestra sociedad, presto a alabar cualquier excentricidad sólo porque la recomiendan los cuatro entendidos de turno y a denostar todo lo demás. Amén de los innumerables imitadores de baja estofa que los sufridos clientes tenemos que soportar (¡y pagar!) en cualquier restaurante de segunda de nuestra ciudad.
En el fondo este debate es tan viejo como la vida misma. Ya en el colegio había un grupúsculo de elitistas que glosaban las excelencias de la banda indie del momento y te tachaban de mentecato si osabas decir que a ti lo que te gustaba era la música de los Pet Shop Boys. En el cine, tres cuartas partes de lo mismo: por cada gafapasta que recomendaba fervientemente el último estreno de Woody Allen había cien mil tíos que se mordían la lengua para no confesar que lo que les hacía subir la testosterona era la nueva entrega de "Arma Letal". En el deporte, la élite golfista se dedica a hacer alarde de sus putts ante los mindundis que quedan para jugar al futbito los fines de semana, y en el universo literario hay quien espera su cita anual con el Nóbel para épatar a sus contertulios, normalmente unos impresentables que sólo leen a King. El eterno conflicto entre la élite y la plebe, esta vez servido con una reducción de perfume de pétalo de rosa.
A mí el cuerpo me pide ponerme del lado de Santamaría, qué quieren que les diga. Soy un tío sencillo, en las bodas me tira más el menú infantil que las horteradas precongeladas de presunto pedigrí culinario que nos sirve el catering, y entre las pizzas mi favorita es la margarita. No obstante me entra cierto reparo a la hora de apoyar a este reputado cocinero, no por nada pero manda huevos que sea precisamente él, que pomposamente autoproclama su garito como un "centro de ocio gastronómico" (se ve que "restaurante" queda pobre), el que tenga que poner los puntos sobre las íes a todo el mundillo de la cocina moderna. Si al menos hubiera sido el pizzero de la esquina... Aunque claro, éste no creo que disponga de una gran tribuna mediática.
Personalmente, si les gustan los restaurantes (moderadamente) caros, permítanme que les recomiende el Hispania, un local tradicional y cuya reputación viene de lejos (de mucho más que todos los que he mencionado anteriormente), y que sabiamente ha sabido mantenerse al margen de tanta polémica. Eso sí, no tarden demasiado en visitarlo, porque a la que falte alguna de las dos hermanas que lo regentan intuyo que perderá gran parte de su gracia culinaria. Y no es que esté llamando al mal fario, ojo, que ya tienen una edad pero aún pueden dar guerra durante bastante tiempo.
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A dieta
viernes 11 de enero de 2008 1:00
En Inglaterra un tercio de los adultos están a dieta permanentemente, según informa la BBC. Es el signo de los tiempos que nos ha tocado vivir, supongo, pero también me da la sensación de que esta epidemia de dietistas se está descontrolando a cada día que pasa. Ya advierten en el artículo que un montón de ellas son las llamadas "dietas yo-yo", aquellas que se abrazan con fe el día en que la víctima se pesa en la báscula y contempla horrorizada el resultado pero que a la larga sirven para bien poco, pues los kilos perdidos se recuperan en dos minutos. Los especialistas recomiendan unos hábitos saludables y evitar los excesos, pero la sociedad moderna nos impulsa a devorar como jabatos y a pretender adelgazarnos en las tres semanas que faltan para el verano.Yo no sé si es que ahora hay más gordos o más complejos, si bien intuyo que aquí prima lo segundo, pero tengo bastante claro que vivir a dieta no es vivir. Porque esto de frenar los impulsos alimenticios está bien para fechas señaladas como la Navidad, vale, e incluso una dieta de tanto en tanto puede venir de perlas al organismo. Ahora bien, de ahí a tener que subsistir en perpetua restricción, como si fuéramos a buscar la cartilla de racionamiento en la posguerra, hay un buen trecho. Es como si cada vez que tuviéramos una conversación horizontal con una persona de nuestro agrado nos viéramos forzados a practicar el coitus interruptus. Un desastre, vaya.
Urge cambiar esta estúpida moda, a la sombra de la cual florecen los restaurantes chinos, japoneses y tailandeses, y que ha servido para que gentuza como la que vende el Abdominizer o el Master Plus (odio ese anuncio) se forre a costa de la falta de personalidad del personal. En parte es lógico, porque aunque sabemos que la perfección física -como la moral o la de cualquier otra índole- es una utopía, viendo un capítulo de "Anatomía de Grey" uno acaba pensando que es un desastre con patas sólo porque sus bíceps no miden treinta centímetros de diámetro, no tiene los ojos azules, es bajito, luce entradas o le sobra un michelín. Miras a las mujeres y si no parecen actrices porno ya ni siquiera les echas un segundo vistazo. Alguno dirá que eso a los que tienen las ideas claras no les pasa y en parte es correcto, pero todos sufrimos el bombardeo mediático de los "cuerpos Danone" y a quien más quien menos el encontronazo con el espejo le hace pupita por algún lado. Bueno, de cara a la galería no lo confesaremos, pero a más de uno al entrar en el ascensor se le cae el alma al suelo. Y ya ni hablo de los que sufren trastornos alimenticios, claro.
¿Exagero? Puede. Pero vamos a ver, la encuesta habla de un tercio de la población adulta. Teniendo en cuenta que la gente miente bastante sobre estos temas ("¿yo, dieta? ¡qué va! lo mío es natural") yo elevaría la proporción al 50%. El resto lo dividiremos entre los que no tienen prejuicios y los frustrados, que de ésos hay bastantes aunque no estén a régimen. Así por encima diría que los normales estamos en franca minoría, y también es una pena, caramba. Aunque bien pensado a mí ya me va bien: mientras los restaurantes asiáticos y los que ofrecen nouvelle cuisine están a reventar los viernes por la noche, en los que sirven el Jabugo y el pà amb tomàquet cada día es más fácil pillar mesa sin reservar. ¿Saben que les digo? Sigan con su dieta que yo emularé al poeta Lord Byron, que ya en su época dijo que "toda la historia humana atestigua que, desde el bocado de Eva, la dicha del hombre depende de la comida". El tío era un atormentado, pero no un gilipollas.
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Los 'singles', proscritos gastronómicos
jueves 26 de abril de 2007 0:02
Comentaban hoy en un programa de radio un brillante artículo de Empar Moliner en El País acerca de la dificultad creciente para encontrar mesa en algunos restaurantes si el comensal está solo. Las historias relatadas en las llamadas de los oyentes que se iban sucediendo a lo largo del programa me han puesto los pelos de punta, la verdad. Desde el comercial que por su trabajo debe acudir solo a los restaurantes y al que le enchufan otro cliente en su mesa para amortizar y que de paso "pueda hacer amigos", pasando por el trabajador de un polígono industrial al que en el bar de menú al que acude cada día lo sitúan en una mesa "comunitaria" (y en la que los ocupantes suelen oler a tigre, por decirlo eufemísticamente), hasta el curioso caso de una mujer que, cuando los domingos quiere darse un homenaje en un buen restaurante, si acude sin compañía suele reservar mesa para dos y, a la que lleva diez minutos sentada, simula que la llaman por el móvil y anuncia al compungido camarero que la han dejado plantada. Sucio truco que parece que funciona, aunque no deja de ser triste que deban de urdirse este tipo de estratagemas si se desea degustar un Cabernet Sauvignon en silencio mientras se lee el periódico.De un tiempo a esta parte constato una proliferación excesiva en las cartas de los restaurantes de platos para compartir, usualmente los más excelsos del repertorio. Yo en el tema gastronómico soy de ideas fijas, y por suerte las paellas no se hallan entre mis preferencias, pero admito que no entiendo la razón de que un cliente no pueda comerse una ración normal de paella cuando me consta que en algunos locales la hacen sin problemas y de buena calidad. Mi solidaridad para con las almas solitarias que vagabundean entre los miles de sitios que pueblan nuestras ciudades sin posibilidad de encontrar una mesa individual, pues desde siempre me ha gustado ir solo a los sitios, ya sea al cine, al restaurante o a pasear por el parque. No me malinterpreten, disfruto de una buena compañía como el que más, pero al haber sido hijo único me he acostumbrado a hacer un cierto número de cosas en soledad y jamás me ha parecido extraño que en un restaurante haya mesas frecuentadas por una sola persona. Por tanto, no me parece de recibo que en los restaurantes (y más en los de cierto nivel) rechacen las reservas para uno bajo pretexto de que no rentabilizan las mesas. Se nota que los dueños de tales antros no viajan mucho al extranjero, donde la costumbre está mucho más arraigada que aquí.
Tanto dar la lata con la poderosa industria de los 'singles' y el enorme potencial económico de que disponen para temas de ocio y a la hora de la verdad una actividad tan básica como alimentarse en un buen local les queda vedada sin miramientos. Entre esta fea costumbre y la de poner el aire acondicionado a toda pastilla para echar a los comensales que se demoran más de la cuenta o los gestos de impaciencia de los camareros cuando observan que el café se alarga demasiado los restaurantes se convierten, poco a poco, en centros antagónicos para su clientela, que en vez de ser tratada como se merece en función de lo que pagan por un plato de nuestra carísima 'deconstrucción' gastronómica se les considera como a vulgares cabezas de ganado: se les pesa, se les hace pasar y le arrean cachetes en el caso de que no se muevan lo suficientemente rápido. Menos mal que los restaurantes en teoría son del sector servicios.
Nouvelle cuisine
miércoles 7 de febrero de 2007 0:10
Lean atentamente el siguiente breve y respondan a una duda que me asalta:
¿Lo hizo el cocinero adrede? Yo me inclino a pensar que sí, pues no creo que nadie sea tan tarugo como para dejarse olvidado un preservativo en un plato de sopa... ¿¿¿en un plato de sopa??? Puedo entender que tras un polvo rápido con la pinche el artista tras los fogones deba desembarazarse de la prueba del delito lo más rápido posible, pero... ¿en serio no había una triste basura a mano? ¿En una cocina? Por más vueltas que le doy al asunto me resulta inconcebible. Por tanto, si no fue un accidente tiene que haber sido intencionadamente. ¿Se han fijado en que, de todas las sopas posibles, precisamente se produjo el incidente en una sopa de almejas? ¿No nos hallaremos por un casual ante una técnica de deconstructivismo culinario auspiciada por los mejores chefs? "Y para remojar la almeja, un buen condón pues es poca toda precaución".
Pero supongamos que en realidad ha sido un accidente fortuito: alguien que se dedica a fornicar en la cocina de un restaurante obviamente está metiéndole los cuernos a su mujer. Si se trata de fornicar con la pareja oficial digamos que hay sitios más adecuados (aunque a lo mejor les va el morbo, a saber). ¿Se imaginan cómo se le debió quedar el cuerpo a la parienta del cocinero cuando se enteró del suceso? Y encima a juicio, para mayor escarnio... Ahí sí que tengo claro que, ante la posibilidad de quedar como el adúltero que es, el chef debió alegar en su defensa lo del deconstructivismo y la 'nouvelle cuisine'. Y ante su mujer: "¿Infiel yo? ¿Pero qué dices, cariño? Tú, que no entiendes de arte"... A no ser, claro, que su mujer fuese precisamente la receptora de la sopa y que el litigio legal fuera en realidad una demanda de divorcio. En tal caso estaríamos ante la forma más original que jamás he visto de pedirle el divorcio a la mujer. Sea como sea, chapeau para el chef.
Etiquetas: cocina, noticias, sociedad


