La película del sí pero no... pero sí
lunes 12 de enero de 2009 1:00
El viernes por la noche me tragué The Curious Case of Benjamin Button de cabo a rabo (¡ejem! ¿cómo que no se ha estrenado?), y dado que todo el mundo dice que será la gran triunfadora de la próxima edición de los Oscar me gustaría aportar mi granito de arena bajo la forma de improvisada crítica cinematográfica. Tranquilos, que no lanzaré ningún spoiler, pero sí quiero reflexionar acerca de hasta qué punto el haber visto mucho cine puede repercutir negativamente en la impresión que uno tiene de una película. Me explicaré: en este film todos los elementos están de diez, sin excepción. Empezando por la dirección (¡en pie! ¡David Fincher a los mandos!), siguiendo por las impecables actuaciones de Brad Pitt y Cate Blanchett, sin olvidarme de la excelente banda sonora del siempre infravalorado Alexandre Desplat, y terminando con unos efectos especiales que dejan asombrado al más avezado seguidor del género fantástico (esos primeros pasos de un niño con la cara de Brad Pitt y un cuerpo de un nonagenario bajo la atenta supervisión de un predicador quitan el aliento, de verdad). Sin embargo, para mí se trata de un caso claro de cuando la suma de todos los elementos no equivale al conjunto.Y me pregunto porqué, sinceramente. En principio la historia tiene todos los ingredientes para que lloremos a moco tendido, sobre todo hacia el final de la película. La vida de un hombre que nace con un cuerpo de viejo y va rejuveneciendo hasta quedar convertido en un niño posee el suficiente halo cinematográfico como para convertirse en un argumento potente, y más si sumamos la consabida love story con el amor de toda la vida, una niña que se hace amiga suya cuando todos lo ven como un monstruo y que, a partir del momento en que sus condiciones físicas se igualan, ya está condenada al fracaso (una anciana compartiendo existencia con un niño de diez años con alzheimer y una hija propia no es precisamente el cuadro de vejez que pudiera considerarse un final feliz). Y aunque no desvelaré si esa profecía se cumple, sí diré que al ser narrada la historia bajo la forma de flashback existe un cierto fatalismo latente a lo largo de toda la narración que nos hace prever una inundación de kleenex para los momentos finales. Y, sin embargo, eso no se cumplió en mi caso.
Bueno, puede que yo sea un insensible. Admito que me cuesta llorar en el cine y que Brad Pitt no sería precisamente un actor que logre hacerme empatizar con sus personajes. A pesar de todo, soy capaz de reconocer que ñoñerías como Ghost y similares pueden tocar la fibra sensible del personal aunque a mí no me afecten demasiado. En cambio, con esta película tengo la sensación de que todo es demasiado aséptico, calculado, premeditado, mecanizado. Y ahí es donde me surge la duda: ¿no será que, al tratarse de un film de Fincher, me dedico demasiado a analizar los planos y contraplanos y los movimientos de cámara, la fotografía, los trucajes digitales y demás, y me distraigo del argumento en sí? ¿No será que intento avanzarme a los giros del guión basándome en mi experiencia previa en las películas? ¿Me enfrascaré demasiado intentando localizar los trucos de ese soberbio maquillaje (por primera vez los actores que hacen de viejos parecen viejos de verdad, y no jóvenes maquillados)? En definitiva, ¿haber visto demasiado cine me perjudica ante películas como ésta? ¿Si hubiera visto Benjamin Button con quince años me hubiera encantado? Sinceramente, lo ignoro.
Así que, para mí, esta película es un sí... pero no. Aunque, pensándolo mejor, creo que será una historia que recordaré durante largo tiempo, y no descarto que en mi lecho de muerte (si aún conservo mis facultades mentales intactas y llego a viejo) tenga un fugaz recuerdo para ella. Por tanto, a lo mejor se trata de un sí pero no... pero sí. No sé, tengo un lío de cuidado con respecto a esta película. Lo mejor, el personaje de Tilda Swinton.
Etiquetas: cine
¿La mejor película de 2008?
lunes 29 de diciembre de 2008 2:53
Cuando Harry Knowles elabora su lista anual de los mejores films de los últimos 365 días hay que prestarle atención. Entiéndanme, Harry es un freak: algunas de sus películas favoritas coincidirán con las nominadas a los Oscar, por ejemplo, pero lo más probable es que muchas de las que menciona ni siquiera lleguen a exhibirse en los Estados Unidos. Pero el tío viaja por medio mundo en su silla de ruedas y visita los festivales de cine más recónditos y se empapa de kilómetros de celuloide que el común de los espectadores jamás llegará a visionar. Por tanto, sus gustos pueden resultar estrafalarios, pero tienen criterio.Así que cuando ayer leí que recomendaba como la mejor película del 2008 un film sueco llamado Låt den rätte komma in (Let the right one in, en inglés) no tardé ni un segundo en descargármelo vía torrent (en sueco con subtítulos en inglés), sabedor de que las probabilidades de que aterrizase por estos lares eran más bien remotas. (Nota para los de la SGAE: los torrents también sirven para esto... ¿o acaso piensan distribuirla con urgencia?). Tras haberla visionado, yo no sé si es el mejor pedazo de cine de este año que se extingue, pero lo que sí sé es que se trata de una de las historias de amor más conmovedoras que me he tirado por la cara. Película buenísima y altamente recomendable, palabra.

¿De qué va la cosa? Pues básicamente de la relación entre un chaval de doce años llamado Oskar, bastante tímido y con tendencia a ser vapuleado por sus compañeros de clase, y la "chica nueva en la ciudad", una tal Eli que sólo sale de noche, y además en manga corta y descalza cuando todo el mundo lleva tres anoraks y dos bufandas encima y está cayendo una nevada del copón. La chavala aparentemente tiene la misma edad que Oskar pero muestra signos de madurez inquietantes, por no mencionar esa dichosa manía de chupar la sangre de todo bicho viviente que se cruce en su camino. En definitiva, que es una vampiro. Cuando se muda al apartamento contiguo al de Oskar acompañado de un señor bastante mayor que ella (¿su padre? ¿un antiguo compañero de juegos que ha envejecido mientras su amiga del alma permanecía en la eterna preadolescencia?) los dos jóvenes no tardan en conectar y a partir de ahí se inician toda una serie de peripecias que conviene no desvelar por si alguno de ustedes se anima a visionarla.
La película tiene un ritmo lento, como de "arte y ensayo". Pero el embrujo de los paisajes nórdicos (tan alejados de los nuestros), la excelente definición de los personajes y el buen trazado argumental hacen que el film se diferencie de subproductos tipo Crepúsculo, aparentemente una historia calcada pero en realidad en las antípodas del intimismo del film de Tomas Alfredson. Lo dicho, por una vez y sin que sirva de precedente, Harry ha dado en el blanco: háganle caso y dediquen un par de horas a esta pequeña obra de arte.
Etiquetas: cine
¿Cuándo deja un spoiler de ser un spoiler?
miércoles 17 de diciembre de 2008 1:00
Supongamos que se enzarzan ustedes en una discusión sobre cine de terror moderno y de repente alguien habla de lo bueno que es el final de "Sexto Sentido". Imaginemos que entonces uno de los debatientes del grupo se indigna porque le acaban de estropear la sorpresa de la película y les advierte que no está bien eso de reventar finales al público potencial. Teniendo en cuenta que ya hace una década desde el estreno del film de Shyamalan, ¿se puede decir que revelar a estas alturas el final es soltar un spoiler? ¿Existe alguna norma no escrita que diga que las sorpresas en los argumentos cinematográficos, de series de televisión o de obras literarias prescriben al cabo de cierto tiempo, como los delitos fiscales? ¿Estoy siendo mala persona por decir que Norman Bates y su madre comparten algo más que una desgastada peluca? ¿Puedo ya dar mi opinión en público sobre el improbable hecho de que todos los pasajeros del Orient Express se confabulen para asesinar a un viejo ricachón en las mismísimas narices de Hércules Poirot? ¿Les cuento quién palma al final de Hamlet, o es secreto de sumario para todo el no versado en la obra de Shakespeare?...y todo este rollo porque tengo ganas de debatir sobre lo mucho que me ha decepcionado la tercera temporada de "Dexter" y su soso final.
Etiquetas: cine, libros, televisión
El secreto de Sunny von Bulow
lunes 8 de diciembre de 2008 1:00
El sábado por la noche me enteré de una noticia que me dejó algo tocado, y no porque conociera directamente a ninguno de los implicados, sino por el efecto que ejerció en mí la magia del cine a mis tiernos diecisiete años, cuando fui con una novieta de juventud a ver El Misterio Von Bulow. Si a estas alturas aún no han visto el film les recomiendo encarecidamente a que se lancen a por él, no tanto porque se trate de un peliculón de los que te dejan entusiasmado, sino porque narra una historia que se te cuela por la retina y te deja un poso que no termina de desvanecerse nunca, a pesar de que ya hayan transcurrido casi dos décadas desde que la vi.Supongo que la gracia del asunto es que se trata de una historia real y por tanto uno es consciente de que los personajes existieron, con lo que los hechos -inconclusos- te obligan a tomar parte de uno de los bandos (algo habitual en todo drama judicial) aun sabiendo que probablemente no todo sea blanco o negro. La cosa va como sigue: Claus Von Bulow, un millonario príncipe austríaco residente en Nueva York, presuntamente envenenó a su esposa Sunny con una sobredosis de insulina (la víctima era diabética) y fue juzgado a petición de sus propios hijos, que sospecharon que ahí detrás había algo de juego sucio, infidelidades y lucha por hacerse con el patrimonio familiar. Von Bulow fue declarado culpable, pero recurrió a la apelación y finalmente ganó el juicio, dado que no se pudo demostrar fehacientemente que lo ocurrido no fuera un accidente o un suicidio.
La interpretación que Jeremy Irons hizo del millonario en la gran pantalla le valió un merecidísimo Oscar, pues supo dotarlo de un cinismo y un halo misterioso que jugaba constantemente con el espectador, dejándole en la duda de si se trataba de un tipo inocente al que se le fue la mano accidentalmente o de un jetas impresionante que conseguía siempre salirse con la suya sin que se le arrugara el traje. En cualquier caso quedaba claro que al personaje (digo bien personaje, pues ignoro como era el Claus Von Bulow real) le importaba un comino el juicio, su esposa y la suerte a la que se viera abocado, y se limitaba a ejercer de bon vivant mientras sus abogados (el bufete del prestigioso Alan Dershowitz, ni más ni menos) se dejaban la piel por él durante la preparación de la apelación. La última escena de la película, en la que Irons entra en la farmacia una vez sabe que le han declarado inocente y, para hacer un chiste, pide un bote de insulina guiñándole el ojo a la farmacéutica, es tan antológica que merece pasar a los anales de la historia del cine (junto al final de "Pelham 1, 2, 3" -esa mirada de Matthau- y el de "Frenesí" -"Señor Rusk, no lleva usted corbata"-).
Una de las cosas que más impresionaba de la historia era el "cadáver" de Sunny Von Bulow, la mujer de Claus, en la película interpretada por Glenn Close. Como quiera que la sobredosis no llegó a resultar fatal la víctima quedó en coma y era ella la que, desde la cama del hospital, narraba el argumento con un tono aséptico y fantasmal que, lejos de despejar las dudas sobre la culpabilidad de Claus, no hacía más que incrementarlas. En realidad el cuerpo de Sunny parecía más una amenaza para Claus que otra cosa, pues en cualquier momento podía despertar y levantar el dedo acusador contra su marido. Era una puerta abierta a un final alternativo en la vida real, un final que dejara claro de una vez por todas qué es lo que había ocurrido la noche de los hechos. Un final que ya no se dará puesto que, como he dicho al principio del post, el sábado por la noche me enteré de que Sunny falleció finalmente tras veintiocho años en coma. Ahora ya sólo queda la remota posibilidad de que Claus lo confiese todo en sus memorias, y ya ven que me estoy decantando por su culpabilidad, aunque en realidad puede que todo se deba al canalla simpático al que dio vida Irons en la gran pantalla. En realidad dicen que lo más probable es que ella se suicidara por culpa de la mala vida que le daba su esposo.
Pobre Sunny... si supiera que aún hoy su muerte constituye uno de los enigmas más fascinantes de la historia judicial moderna, apuesto a que se hubiera levantado un día antes para dejar claro todo el asunto. Descanse en paz... si puede.
En contra del Copyright
lunes 22 de septiembre de 2008 0:00
Ahora que por todas partes se habla de los dichosos derechos de autor y de la decisión que se tomará este miércoles en la Eurocámara con vistas a caparnos las descargas de torrents sería un buen momento para lanzar al aire una proclama revolucionaria que abogase por la eliminación total de cualquier derecho sobre la propiedad intelectual. Sí, ya sé que los "creadores" viven de ello y que no es cuestión de ir jodiéndoles la marrana por nuestro egoísmo, pero sólo de pensar que a partir del mes que viene no voy a poder bajarme ninguna serie de televisión si esta medida prospera me entran sudores fríos y me sumerjo en pesadillas sobre un futuro apocalíptico en el que habría que volver a esperar un año para ver la nueva temporada de "Lost" o "24", mal dobladas, a deshoras y con un montón de nauseabunda publicidad de por medio. Espantoso.Pero no es ésta la razón que quiero esgrimir para la abolición del dichoso copyright. La pega que le veo a estos (caducos) derechos es que, en un mundo en el que todo son 'remakes', repeticiones de historias que a su vez se inspiran en otras más antiguas, obras basadas en personajes ya creados, etcétera, si se aplicaran a rajatabla los postulados del copyright (no copiar nada que se parezca mínimamente a otra cosa a no ser que se pague una morterada de dinero) a mí prácticamente no me quedaría nada que echarme a la boca. Pondré un ejemplo sencillito: la semana pasada Telecinco prohibió a La Sexta emitir cualquier imagen de su canal debido a la mofa que se hace de su parrilla desde programas como "Sé lo que hicisteis". Si el resto de canales opta por la misma estrategia el espacio de Patricia Conde y Ángel Martín se irá a tomar por saco en menos que canta un gallo. ¿Preocupante? No demasiado, la verdad, pero admito que algún día me he quedado enganchado viendo el programa y me parece una barrabasada que lo puedan liquidar de un plumazo como en los mejores tiempos de la censura franquista amparándose en las dichosas leyes de la propiedad intelectual.
Aplicando el mismo razonamiento, si Joseph Conrad se hubiera puesto chulo Francis Ford Coppola jamás habría podido rodar "Apocalypse Now", a Linus Torvalds no le habrían permitido desarrollar su Linux, el doctor House y su ayudante Wilson no habrían penetrado en nuestras pantallas en caso de que los herederos de Conan Doyle hubieran detectado demasiadas similitudes con Holmes y Watson, y Sinéad O'Connor no habría podido alumbrar una pequeña joya del pop de haber sufrido alguna amenaza por parte de los abogados de Prince. En todos estos casos hubo alguien dispuesto a desembolsar una ingente cantidad de dinero para poder deleitarnos con todas estas creaciones, pero no quiero ni imaginarme la cantidad de obras maestras que se habrán perdido en el limbo del olvido por culpa del puñetero copyright. Estoy prácticamente seguro que de no haber existido jamás la propiedad intelectual nuestra vida sería muchísimo mejor y hoy en día conoceríamos a muchos más artistas que se quedaron en el camino por falta de posibilidades.
En estos mismos instantes Alan Moore boicotearía gustoso a los productores de "Watchmen" para que no pudiesen tirar adelante el proyecto de tan ambiciosa película. Posibilemente tenga razón y el producto no llegará a la suela de los zapatos de la novela original, pero si sirve únicamente para que un uno por ciento de los potenciales espectadores corran a las librerías a comprarla diría que la tentativa ya ha valido la pena, ¿no? Joder, si pares una obra maestra al menos ten la suficiente generosidad como para dejar que la gente pueda disfrutarla a su antojo.
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Historias de redención
lunes 8 de septiembre de 2008 0:00
Mickey Rourke ha vuelto. El palmarés del Festival de Venecia ha proporcionado un León de Oro a The Wrestler, lo último del siempre genial Aronofsky, y ha impulsado de nuevo la carrera de este actor norteamericano después de un prolongado descenso a los infiernos. A finales de los ochenta, Mickey Rourke era lo más grande que había parido madre. Las tías lo consideraban un sex-symbol merced a su rol en "9 semanas y media", gozaba del respeto de la profesión, había trabajado con los grandes clásicos del momento (Coppola, Cimino, Parker...) en cintas de altísima calidad y tenía un futuro arrebatador por delante. Además, su espíritu rebelde y eternamente disconforme con la industria de Hollywood le granjeaba el status de 'cult star', lo cual repercutía en toda una serie de papeles de alta calidad en películas de mediano presupuesto siempre aplaudidas por la crítica. Yo le conocí con trece años, y a pesar de que la película de Lyne me pareció un pestiño (como todas las de este director, en realidad) de la que sólo se salvaban las tetas de la Basinger, dos interpretaciones de Rourke me dejaron KO al salir de la sala y no miento si digo que cimentaron mi por entonces incipiente devoción al séptimo arte. Me refiero al Stanley White de "Manhattan Sur" y al Harry Angel de "El Corazón del Ángel", dos detectives con gabardina de personalidad contrapuesta pero que lucían estilazo gracias al porte de este mítico actor.A partir de ahí, un par de elecciones desacertadas ("Francesco", horrorosa, y "Homeboy", si cabe aún peor), unas cuantas adicciones poco saludables, un matrimonio tormentoso con Carré Otis (protagonista de la no menos infumable "Orquídea Salvaje"), unas pésimas operaciones de estética y desapareció del mapa para (lo que parecía) siempre jamás. Dicen que pasó de su carrera cinematográfica y se convirtió en 'El Marielito', un boxeador de poca monta con el que me topé por casualidad en el horrendo "Goles son amores" de Manolo Escobar, un domingo por la noche. Viéndolo ahí boxear al ladito de Loreto Valverde y con el Escobar jaleándole las tortas recuerdo que pensé que por fin había descubierto el significado de la expresión "tocar fondo". Nunca más albergué la esperanza de volver a toparme con él en una producción de alto nivel, aunque es cierto que me sorprendió unos años más tarde brindándome un excelente secundario en "The Rainmaker", de su amigo Coppola.
Una década y media después, ahí lo tienen de nuevo en lo más alto recogiendo el máximo galardón de la Mostra. Viéndole ahora pienso que sigue siendo víctima de la despiadada industria del cine, especializada en reventar mitos y hacerlos resurgir cuando creen que es rentable. Afrontémoslo: a la gente le encantan las historias de redención, y si por casualidad se lleva el Oscar este año tendremos ahí a la Redención por excelencia. Él ahora jura que se arrepiente de "haber tirado su vida a la basura" hace quince años, y yo sólo espero que pueda superar esta 'operación revival' a la que le ha sometido la industria. Una industria contra la que abjuró en el pasado y que ahora lo ha engullido y vomitado de la forma más despiadada posible.
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Sin miedo a la vida
jueves 28 de agosto de 2008 0:00
Ignoro cómo habrá afectado este trágico suceso a Beatriz Reyes; tan sólo espero que no termine tan loca de atar como el personaje de Bridges en la ficción. Muchas veces me he preguntado cómo me afectaría a mí una experiencia así, y salvo que alguien me ofrezca una explicación pseudofantástica como la que Samuel L.Jackson le cuenta a Bruce Willis en El Protegido, mucho me temo que terminaría soltándose el último tornillo que aún resiste en mi sesera. Ya no me pongo en el caso extremo de que falleciera mi familia o amigos íntimos en la colisión mientras yo salía indemne, cosa que muy probablemente me llevaría al borde del suicidio; simplemente me imagino el sentimiento de culpa que me atacaría al ver cómo todo el mundo a mi alrededor sufría una muerte horrible y yo no. Por eso cuando veo las fotografías de Beatriz lo que más me impacta es su aparente serenidad. Una de dos: o se encuentra aún en estado de shock y no ha asimilado al cien por cien lo que le ha ocurrido, o es la persona con mayor temple de todo el planeta tierra. Yo sería incpaz de conceder una rueda de prensa a una semana de la tragedia con tanta serenidad, la verdad.
Permaneceré atento a las noticias que se oigan sobre ella. De momento ya he activado una alerta del Google News con su nombre para que lleguen a mi bandeja de entrada las futuras historias sobre esta mujer. Sería curioso que, dentro de un año, me enterara de que ha sucumbido a una intoxicación por un empacho de fresas, por ejemplo.
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Un tipo con clase
jueves 21 de agosto de 2008 0:00
Siempre me han dado rabia los actores con buen físico. No por una cuestión de envidia, aunque puede que sí, sino por el hecho de que a nadie le importe un carajo lo buenos o malos que son en su trabajo: mientras luzcan bien en pantalla las audiencias pasarán por taquilla y se dejarán la semanada por ver esa sonrisa de oro o esas curvas de infarto. Donde los demás se extasian y emiten suspiros yo sólo veo defectos que empañan mi percepción de los sujetos en cuestión: Cruise se me antoja enano y patizambo, Pitt acnéico y con pinta de zumbado, Jolie parece un palo seco y la Diaz tiene sonrisa de tiburón. Lo peor, con todo, es que se trata de actores mediocres (con la posible excepción de Cruise) ensalzados hasta las estrellas por la simple virtud de saber lucir palmito. A su lado, actores de carácter como Hurt, Spacey, Winger o Thompson tienen que vérselas y deseárselas para sobrevivir en una profesión en la que mantenerse cuando uno pasa de los cuarenta sin dejarse caer regularmente por la clínica de estética y el gimnasio resulta casi imposible.Con todo, reconozco que hay un actor al que me resulta muy difícil restarle méritos a pesar de su indudable poderío físico y ante el cual no me queda más remedio que postrarme por su enorme magnetismo en pantalla, aun cuando muchos discutirán la fusta de su talento frente a otros monstruos de su época. La noticia que más me ha impactado de estas vacaciones ha sido la decisión de Paul Newman de retirarse a morir a su casa alejado del mundanal ruido, con la privacidad y tranquilidad con la que ha llevado siempre los asuntos de su vida personal. Miren, se podrá discutir mucho acerca de qué porcentaje de peso ha tenido su físico a la hora de labrarse una carrera en celuloide, pero lo que es indudable es que Newman, al igual que otros intérpretes coetáneos como Peck o McQueen, suplían sus carencias actorales a golpe de clase y porte de una forma que va mucho más allá de los actuales cuerpos hipermusuculados y tallados al bisturí. Llámenle elegancia, saber estar o dominio de la economía gestual combinado con la fuerza de la mirada, lo cierto es que la presencia de Newman llena la pantalla como pocos artistas han logrado por muchos sacrificios al Dios del Método que hayan realizado por el camino. Hace cuatro días pasaron por la televisión "El coloso en llamas", y una vez más abandoné mi siesta sabatina enganchado a las escenas en que dos cincuentones barrigudos, un arquitecto de éxito y un jefe de bomberos, discutían acerca de la mejor forma de atacar el fuego. Y eso que la película es un tostón. A mi cabeza viene también aquel verano de mi adolescencia en el que me tragué una sesión doble de antología en un cine de pueblo, "Hannah y sus hermanas" y "El color del dinero", y todavía recuerdo como suspiraban las quinceañeras al ver al jovencito Tom Cruise hacer virguerías con el taco de billar. A mí sin embargo lo que más me impactó de esa escena era el primer plano en 'zoom' de Newman, sentado en la barra del bar mientras observaba la exhibición de su pupilo con el Balabusca: con su bigotito y sus gafas ahumadas se comía a su partenaire de un bocado casi sin proponérselo.
Pero lo mejor, como decía, es que Newman ha logrado trasladar esa elegancia al terreno de su vida privada. Por más que me empeño, no le recuerdo ni una sola salida de tono en ninguna de sus intervenciones públicas (claro que es justo reconocer que yo no viví su época de desmadre juvenil). Bien al contrario, siempre le he visto pasear la misma clase tanto por sus (escasísimas) intervenciones catódicas como en las revistas de papel couché. Y ahora, como no podía ser menos, ha decidido enfrentarse a su destino final con la misma templanza y grandeza con la que ha vivido toda su vida. ¿Se imaginan una mejor bajada de telón que morir rodeado de los suyos en la intimidad de su hogar y mandando a tomar por saco al resto de la población mundial, guardando tal vez unos minutos para volver a visionar las mejores escenas de "La gata sobre el tejado de Zinc", "El buscavidas", "Dulce pájaro de juventud", "El golpe" o "El largo y cálido verano"? Imposible, vaya. Hasta en eso tiene clase, el muy desgraciado...
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El nuevo macho
miércoles 23 de julio de 2008 0:00
En la primera parte de Arma Letal, película de finales de los ochenta, dos policías comentan lo mal que le va a uno de ellos la relación de pareja, pues su mujer lo ha abandonado y ahora se siente solo. Su compañero le dice que lo que le pasa es que le gusta demasiado ir de duro, y que "estamos en los ochenta (sic) y ahora lo que se lleva es el macho sensible, que llora para seducir a las féminas", a lo que el otro le responde sardónicamente: "¿y qué te crees que hice? Llorar toda la noche solo tumbado en la cama". La escena en cuestión demuestra que el tema del "nuevo macho" no es precisamente novedoso, diría que lleva dando vueltas desde los años sesenta o así, y que cada vez que surge un nuevo brote feminista alguien vuelve a echar mano de este tópico para demostrar lo vulnerables que nos hemos vuelto los del supuesto "sexo fuerte" de unas décadas para acá. El último, el creador de la Lebowski Theory, una tesis doctoral sobre la película de los Cohen basada en el personaje de The Dude como metáfora del rol del héroe masculino en la actualidad. Ateniéndonos a su conclusión,A medida que el mito de la masculinidad sigue deconstruyéndose, los hombres deberían ser capaces de dejar de cogerse los testículos con la firmeza con la que lo han estado haciendo durante siglos, permitiendo así que la sangre circule hacia el falo flácido de la identidad masculina, explorando nuevos territorios masculinos en los que puedan sentirse seguros y erectos.
Ahí queda eso. No está mal como colofón a una tesis elaborada a partir de un fumado que se pasa la vida jugando a bolos y sin enterarse de nada de lo que sucede a su alrededor, ¿verdad? Ignoro la veracidad de todas estas teorías pseudosociológicas, pero mirando a mi alrededor me parece que el rol del macho dominante no ha cambiado tanto durante los últimos tiempos. ¿Que las mujeres se han liberado? Bueno, puede ser, pero ello no implica que los hombres se sientan tan acomplejados y se planteen esta clase de dudas existenciales. Bien, quizás algún tertuliano radiofónico o un catedrático universitario, pero me da la impresión de que estas cuestiones no van con la inmensa mayoría del vulgo. La otra noche paseaba por mi barrio y en una esquina vi a un par de adolescentes peleándose: el chico asía a la chica de la muñeca con bastante virulencia mientras le gritaba "¡como me lo vuelvas a hacer te vas a enterar!" Al final la cosa se calmó merced a la intervención de un par de transeuntes, pero la cara sumisa de la chavala no hacía presagiar que esa relación fuese a cambiar mucho de cara al futuro. Yo calculo que la parejita debía rondar los quince años más o menos, en teoría hijos de un mundo igualitario en los que las mujeres han dejado de ser el sexo débil y miran a sus parejas sin sentirse inferiores. Pues vaya éxito el de la educación recibida... Y de la plaga de casos de violencia "de género" mejor ni hablamos.
En vista de la distorsión entre la teoría conceptual y la tozuda realidad, dejemos que los Lebowskianos y demás inventores de la posmodernidad sexual vayan elucubrando teorías rocambolescas, que al final todo se resume a la conversación que oí hace unos meses en la mesa de al lado en un restaurante. Dos amigos estaban cenando y uno le dice al otro: "¿Y qué opinas de que te hayan puesto a una mujer como jefa?". Con una mirada de salido impresionante, su interlocutor respondió sin dudar: "¡Me da un morbo que te cagas! ¡Ya me la imagino obligándome a comerle el chocho por debajo de la mesa de su despacho!" Para eso debe servir la liberación sexual, digo yo.
Etiquetas: cine, feminismo, sexo, sociedad
Lenguaje coloquial
jueves 10 de julio de 2008 0:00
He esperado unas semanas a escribir esta entrada, dándoles a todos tiempo de pasar por el cine a chuparse la última de Indiana Jones. Como les supongo ya concienciados del bajón que ha pegado la saga merced a esta innecesaria entrega, y los que no la hayan visto imagino que ya no perderán el tiempo tragándose conspiraciones alienígeno-moscovitas más propias de Mulder, Scully y el James Bond de "Moonraker", paso a señalar un curioso efecto colateral provocado por las desventuras del reino de la calavera de cristal. Si hay algo que admiro de la lengua inglesa (y sobre todo de su vertiente norteamericana) es la facilidad con la que integran nuevas palabras al lenguaje coloquial, hasta el punto que han debido crear lo que se conoce como el Urban Dictionary (disponible online) para que el ciudadano de a pie no pierda comba y sepa siempre qué cuernos le está diciendo el rapero con un jersey diez tallas mayores cuando agita sus manos frente a su cara. Muy útil para turistas ocasionales y todo aquel que esté desconectado de la realidad a pie de calle en los USA.Por eso me hizo gracia comprobar cómo se había adoptado, gracias a los desvaríos fílmicos del Dr. Jones, una variante aún más exagerada del celebérrimo Jump the shark. Si el salto del tiburón constituye una imagen muy gráfica que sirve como metáfora del momento en el que una serie ha llegado a su clímax argumentístico y a partir de ahí ya todo es cuesta abajo, los señores Spielberg y Lucas han dado a luz involuntariamente a una nueva expresión aplicable a las sagas fílmicas, conocida a partir de ahora como nuke the fridge (traducible más o menos por "tirarle una bomba nuclear a la nevera", y los que hayan visto el film de Indiana ya sabrán a qué me refiero). Ateniéndonos al Urban Dictionary, su definición sería la siguiente:
Un coloquialismo usado para delimitar el instante preciso en el cual una franquicia cinematográfica cruza la línea que separa la plausibilidad remota de la absurdidad autoparódica, normalmente haciendo referencia a un punto bajo en la serie del cual difícilmente se recuperará.Ejemplos de uso, según otra web que ha recogido el término: "Man, when Peter Parker started doing the emo dance in Spider-Man 3, that franchise officially nuked the fridge." No lo traduzco porque no he visto la tercera película de la saga arácnida (con las dos primeras ya tuve suficiente), pero diría que el concepto se pilla fácilmente, ¿no? En cualquier caso,un término que sin duda hará fortuna por lo adecuado del mismo, como lo demuestran su entrada en la Wikipedia y la creación del sitio web nukingthefridge.com
¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?
miércoles 9 de julio de 2008 0:00
Dicen que es un engaño de la mente, pero por más que lo intento no logro sustraerme a la tentación de idealizar mis épocas de estudiante, mis primeras juergas con los amigos, mi primer rollo de verano, etcétera. Con la música me pasa lo mismo: ¿qué buenos eran los setenta, los ochenta y los noventa (ya parezco un anuncio de M80), qué birria se hace hoy en día! De cine ya ni les hablo; sólo apuntar que de aquí a que salga un nuevo "Padrino" la familia Coppola al completo ya llevará décadas criando malvas al paso que vamos. Los políticos antes eran más íntegros, el pan sabía a pan y los tomates a tomates, no se había inventado aún la telebasura, y nuestra inocencia era tal que medio país se desvivía por ver cómo un crío y su mono se pateaban los Andes buscando a su mamá.Repito que esta percepción seguro que es falsa, y al final todo pasa por admitir que si creemos que cualquier tiempo pasado fue mejor, como reza el tópico, es simplemente porque antes éramos más jóvenes. Recuerdo que Lenny Kravitz ya sostenía hace década y media que la música más creativa se hizo en los setenta, y que desde ahí todo era cuesta abajo. Para mí el clímax melómano se produjo en los ochenta (soy algo más joven que el cantante), y deduzco que a un chaval que cuente ahora con veinte añitos cualquier ñoñería de Coldplay le parecerá el súmmum de la creación. O sea que sí, que todo viene dado por el punto de referencia sobre el que pivota nuestra infancia y juventud. Pero aun así queda un cierto regusto amargo en el paladar, una cierta sensación de que algo se pierde con el paso de los años y los avances tecnológicos, un no-sé-qué nostálgico de cuando las cosas eran más artesanales, los libros desprendían olor a nuevo y los textos interesantes se leían siempre en papel impreso. ¿No les sucede también a ustedes? Será el dichoso engaño de la mente, pero para ser alguien que adopta las nuevas tecnologías cuando aún están en fase beta y que escribe a diario en su blog personal, no está mal el espíritu contradictorio de un post como éste.
Etiquetas: cine, música, nostalgia, televisión
If you are going to San Francisco...
jueves 3 de julio de 2008 0:00
Anonadado me he quedado hoy con la historia que me ha llegado con la prensa del día, concerniente a una inusual visión del puente más famoso del mundo, el Golden Gate, que el cineasta Eric Steel ha plasmado en su película-documental The Bridge. Los que hemos visitado la bahía de San Francisco sabemos que la construcción que une la ciudad de San Francisco con las localidades de Sausalito y Tiburon tiene algo de fantasmagórica, sobre todo si te toca cruzar el puente en una de esas mañanas en las que la niebla va baja, como fue mi caso. Recuerdo que a medida que me adentraba por sus carriles parecía que estuviera llamando a las puertas del cielo (o del infierno, vayan ustedes a saber), con toda esa niebla que impedía ver más allá de cinco metros y conociendo de antemano la inmensidad del trayecto. Entre los ataques terroristas que siempre tienen como objetivo el Golden Gate y las películas de catástrofes de los setenta, me daba la impresión que al sumergirme en esa nebulosa estaba realizando el último viaje de mi vida. No me hubiera extrañado nada si algún fantasma salido de un cuento de Dickens se hubiera acercado a saludarme por la ventanilla del coche.Por fortuna todos esos frutos de mi imaginación enfermiza no se materializaron, pero gracias a Steel y su película ahora sí que hay mucha gente que en efecto realiza su último viaje cada año en el Golden Gate, y tiendo a pensar que la dichosa niebla puede tener su origen en los ectoplasmas de todos aquellos que pasaron a mejor vida arrojándose al vacío desde tan imponente obra arquitectónica. Según cuenta la cinta, unos 24 suicidas al año, 1.200 desde que se inauguró en 1937. Todos ellos volaron los 70 metros que separan el puente del nivel del mar a 120km por hora de media, con unos tiempos que van de los 4 a los 7 segundos, en función de cómo sople el viento el día de autos. Pero si la película tiene un cierto interés no es tanto por sus aportaciones estadísticas (que también), sino por el hecho de que el cineasta decidió ubicar unas cuantas cámaras en los alrededores y en el mismo puente durante todo un año, con objeto de captar los últimos momentos de los suicidas y la externalización de sus demonios interiores. Así, asistimos a las dudas de todos los que miran el vacío a la cara, de los eternos momentos que pasan sopesando la posibilidad de echarse atrás o de dar el salto, sin saber que están siendo filmados para la posteridad. Apasionante.
Obviamente la polémica está servida, pues muchos consideran que la obligación moral de Steel era avisar a las autoridades en cuanto detectara algún movimiento sospechoso en las barandas del Golden Gate. Tiempo tuvo de sobra, como por ejemplo en el caso del rockero vestido de negro que sirve como hilo conductor a la narración, y que se pasa un buen rato siendo perseguido por la cámara mientras se pasea por la barandilla sopesando los pros y los contras de una decisión drástica. Pero, como bien se defiende el director, si hubiera hecho eso jamás habría podido filmar el documental. Un claro caso de obra infilmable si nos atenemos a las convenciones éticas (¿y legales?), aunque por el momento no parece que nadie le haya denunciado en serio (lo cual tiene su mérito, teniendo en cuenta que en EE.UU. las demandas millonarias están a la orden del día y la de familiares "devastados" que podrían buscar una recompensa económica). Citando al propio Steel:"Desde el principio entendimos que si alguien caminaba solo, con aspecto triste y mirando el río, debíamos filmarlo, pero esto no significaba que debiéramos llamar a la policía. Decidimos que sólo intervendríamos cuando alguien se descalzara, se sentara en el exterior de la barandilla o cuando realizara una acción así de obvia, ya que en esos casos evidentes sus vidas eran más importantes que la película".
Yo mismo no sé qué pensar del proyecto, y menos después de enterarme de que uno de los suicidas, un fracasado que es rescatado por una foca, confiesa a la cámara que no sabe porqué lo hizo y que ahora se siente renacido y con nuevas fuerzas, lo cual confirmaría la teoría psicológica de que el suicidio en el fondo siempre es un acto impulsivo del que todos los que sobreviven se arrepienten. Lo único que me queda claro es que si un día decido dejar voluntariamente este mundo probablemente me decante por la opción Golden Gate, dado que al menos así, tras once horas de avión y una buena caminata hasta el logo de Mapfre, cuando recojan mi cadáver de las frías aguas de la bahía podrán decir de todo menos que se ha tratado de "un acto impulsivo".
Aquí les dejo con el trailer, por si están interesados:
"Una de las cosas más extrañas del Golden Gate es que la gente se suicida a plena luz del día y delante de un montón de gente, cuando lo habitual es que los suicidios tengan lugar en la intimidad. ¿Quiere esta gente ser vista? ¿Por qué?"-Eric Steel
Etiquetas: cine, suicidio, ética
Una de paradojas temporales
lunes 30 de junio de 2008 0:00
Acabo de ver Los Cronocrímenes y debo reconocer que me ha impactado. Ahí donde otras superproducciones de mayor presupuesto fallan inexorablemente, esta modesta cinta del director vasco Nacho Vigalondo consigue cuadrar la siempre difícil tarea de encajar varias líneas temporales en un lapso breve de historia (más o menos un par de horas de tiempo fílmico) en el que llegan a convivir hasta tres versiones del mismo personaje, un Karra Elejalde tan notable como siempre, sin que por ello se resienta la lógica interna del argumento ni un ápice. Desde aquí, hats off, señor Vigalondo, acaba usted de entrar en mi olimpo personal de directores talentosos para siempre jamás.Tan sólo un pequeño spoiler, un cabo suelto que me tiene sorbido el coco desde que he salido de la sala de proyección y que someto a consulta popular para tratar de dilucidar si el director ha caído en la trampa de la paradoja temporal o si en el fondo este detalle está plenamente justificado y podría darse en el hipotético caso de que alguien inventara la dichosa máquina del tiempo. No teman, no les arruinará el visionado de la cinta, pero ayudará a que pueda conciliar el sueño sin que se me aparezcan gráficos temporales bajo la forma de pesadilla. Allá voy: el elemento que desata la historia es una chica que se desnuda entre la maleza de un bosque y a la que nuestro héroe voyeur atisba a través de unos prismáticos desde su casa de campo. Intrigado, acude al lugar del striptease y a partir de allí empieza la movida temporal. No les detallaré nada más, salvo que cuando el protagonista vuelve hora y pico atrás en el tiempo comprende horrorizado que o consigue que su otro yo se meta en la máquina o está condenado a vivir una vida "doblada": la suya y la de él mismo, en ese momento en su casa a punto de coger unos prismáticos. Claro, el problema es de órdago porque, por ejemplo, ¿quién de los dos se queda con la choza y la parienta? Así que, ni corto ni perezoso, decide que tiene que motivar a su primera versión a acudir hasta el claro del bosque, para lo cual obliga a la chica del principio a desnudarse, sabedor de que él mismo se halla en el caserón contemplando la escena.
Vale, paren la cinta, fin del spoiler. ¿No es eso una incongruencia? Es decir, si el tipo se mete en la máquina la primera vez es porque él mismo se autodepara una trampa con el anzuelo de la fémina en su segunda versión. Para mí, no tiene sentido. Lo tendría si el que obliga a la chica a desvestirse fuera un extraño que pasaba por ahí en ese momento, o su novio o quien fuera. Pero no puede ser él mismo: eso es la definición pura de paradoja temporal, ¿no? Hala, pongan a discurrir sus neuronas y facilítenme una teoría al respecto, porque yo ando medio lelo pensando en la posibilidad de que si el tipo hubiera decidido no acercarse a curiosear sobre la chica, jamás habría viajado en el tiempo, con lo que no habría obligado a la chica a desnudarse, con lo que él no podría haberla visto jamás, con lo que... ¡ufff!
Bueno, no todas las películas sobre viajes temporales van a ser tan perfectas como Primer, otra ganadora en Sundance, como la de Vigalondo (empiezo a creer que el jurado de ese festival está copado por científicos chalados). La única cinta de esta temática que he visto en la que el viaje se efectúa de forma lineal, y no siguiendo al viajante, con lo cual desde que empieza hasta que termina no hay forma humana de saber qué versión de los personajes estás viendo a cada escena. Hay que verla un mínimo de cincuenta veces y, tras llegar a la solución, te das cuenta de que es sencillamente perfecta en su concepción.
Etiquetas: ciencia ficción, cine
Hasta los fogones
miércoles 28 de mayo de 2008 0:00
Una vez fui al restaurante de Carme Ruscalleda, el mítico Sant Pau, y comí bien. Como por aquel entonces al local aún no le habían endosado la tercera estrella Michelin, el ágape me salió "baratito", unos doscientos cuarenta euros del ala (dos comensales), y aseguraría que al deconstructivismo culinario le quedaba todavía un buen trecho para alcanzar la cima, pues no preservo en la memoria ningún brebaje a base de hidrógeno o un postre relleno de colágeno. Recuerdo que me hizo gracia que los camareros se tiraran más rato haciéndome un resumen de la elaboración del plato que lo que yo tardaba en zampármelo y la presteza a la hora de reponer el vino, pero diría que más allá de estos ínfimos detalles la cosa no variaba demasiado con respecto a cualquier otro restaurante pijo. Supongo que en Can Fabes la comida es más consistente, y me he propuesto comprobarlo un día de éstos, pero en el de Ruscalleda puedo asegurar que la cena se compone de un sinfín de platos que dilatan la velada unas tres horas, un festín de pequeñas porciones de bouffe non-stop que hace que termines bastante lleno (aunque no a reventar). Del Bulli no puedo dar referencias más que nada porque me niego a reservar una mesa con un año y pico de antelación para que luego resulte que el día en que voy a pagar el gusto y las ganas me encuentre constipado y no pueda apreciar "la amalgama de sabores" que me ofrece el amigo Adriá.Viene toda esta parrafada a cuento de las polémicas propuestas incendiarias de Santi Santamaría, maestro de ceremonias de Can Fabes, de las que se ha visto obligado a retractarse en vista del alud de críticas que se le venía encima, y eso que hasta Montignac se posiciona a su lado. Supongo que el hombre estaba hasta los fogones de que no se le reconocieran sus méritos y del protagonismo que acaparaban los experimentos culinarios de Adriá y Ruscalleda, pero no por ello es menos cierto que lo único que ha hecho ha sido expresar en voz alta lo que muchos gourmets de a pie pensaban en voz baja: menos cocina deconstructiva y más entrecottes a la pimienta, que las sopas de cubito de café salpicadas de un riego de regaliz están bien para la foto pero no sacian el apetito de una manera acorde con la que vuela el dinero de la cartera. Y de paso le ha arreado un sopapo al papanatismo omnipresente en nuestra sociedad, presto a alabar cualquier excentricidad sólo porque la recomiendan los cuatro entendidos de turno y a denostar todo lo demás. Amén de los innumerables imitadores de baja estofa que los sufridos clientes tenemos que soportar (¡y pagar!) en cualquier restaurante de segunda de nuestra ciudad.
En el fondo este debate es tan viejo como la vida misma. Ya en el colegio había un grupúsculo de elitistas que glosaban las excelencias de la banda indie del momento y te tachaban de mentecato si osabas decir que a ti lo que te gustaba era la música de los Pet Shop Boys. En el cine, tres cuartas partes de lo mismo: por cada gafapasta que recomendaba fervientemente el último estreno de Woody Allen había cien mil tíos que se mordían la lengua para no confesar que lo que les hacía subir la testosterona era la nueva entrega de "Arma Letal". En el deporte, la élite golfista se dedica a hacer alarde de sus putts ante los mindundis que quedan para jugar al futbito los fines de semana, y en el universo literario hay quien espera su cita anual con el Nóbel para épatar a sus contertulios, normalmente unos impresentables que sólo leen a King. El eterno conflicto entre la élite y la plebe, esta vez servido con una reducción de perfume de pétalo de rosa.
A mí el cuerpo me pide ponerme del lado de Santamaría, qué quieren que les diga. Soy un tío sencillo, en las bodas me tira más el menú infantil que las horteradas precongeladas de presunto pedigrí culinario que nos sirve el catering, y entre las pizzas mi favorita es la margarita. No obstante me entra cierto reparo a la hora de apoyar a este reputado cocinero, no por nada pero manda huevos que sea precisamente él, que pomposamente autoproclama su garito como un "centro de ocio gastronómico" (se ve que "restaurante" queda pobre), el que tenga que poner los puntos sobre las íes a todo el mundillo de la cocina moderna. Si al menos hubiera sido el pizzero de la esquina... Aunque claro, éste no creo que disponga de una gran tribuna mediática.
Personalmente, si les gustan los restaurantes (moderadamente) caros, permítanme que les recomiende el Hispania, un local tradicional y cuya reputación viene de lejos (de mucho más que todos los que he mencionado anteriormente), y que sabiamente ha sabido mantenerse al margen de tanta polémica. Eso sí, no tarden demasiado en visitarlo, porque a la que falte alguna de las dos hermanas que lo regentan intuyo que perderá gran parte de su gracia culinaria. Y no es que esté llamando al mal fario, ojo, que ya tienen una edad pero aún pueden dar guerra durante bastante tiempo.
Etiquetas: cine, cocina, deporte, literatura, música, élite
El futuro ya no es lo que era
martes 13 de mayo de 2008 0:01
Este fin de semana he terminado de chuparme las tres temporadas de Millennium, una serie de finales de los noventa creada por Chris Carter (el productor de los famosos "Expedientes X"), y al concluir el último capítulo he pensado que en el fondo la serie tuvo suerte de ser cancelada en 1998, pues su tesis central se basaba en el apocalipsis total que se cernería sobre la humanidad al llegar al fin del milenio. Claro, eso podía colar en el trienio 96-98, que fue cuando se emitió, pero vistas hoy día todas las teorías apocalípticas de su argumento provocan la misma sonrisa irónica que lo del "efecto dos mil", que nos tenía que mandar al paleolítico de golpe por causa de la crisis informática que se desataría al cruzar el milenio, y que al final se quedó en nada.Con "Blade Runner" pasa una cosa similar: al fijar la historia en el año 2019 podemos decir que, en cierto modo, la película tiene una fecha de caducidad. O se cumplen las profecías visionarias que Ridley Scott plasmó en celuloide en breve o el encanto de la cinta quedará parcialmente maltrecho. Recuerdo que cuando quebró Atari en el 84 los fans de la película se tiraban de los pelos pues una de las marcas que aparecían cada dos por tres en los anuncios de fondo mientras Harrison Ford se pateaba Los Angeles a la caza del Replicante (la otra era Coca-Cola, y parece que de momento por ahí no hay peligro) se había extinguido, y eso representaba un error garrafal para los que creían en un mundo como el descrito en el film. Menos mal que más tarde resucitó de la mano de otra multinacional y hoy en día sobrevive más mal que bien, aunque no descarto que los que la absorbieron no sean precisamente unos fanáticos seguidores de Philip K.Dick. Todavía hoy de tanto en tanto surgen artículos que analizan el porcentaje de aciertos del guión de "Blade Runner", y parece que la gran baza con la que juegan los que profesan la religión de la película es el dichoso cambio climático, que al paso que vamos y si lo que cuenta Al Gore tiene un pequeño viso de realidad aún está a tiempo de cumplirse. No hay mal que por bien no venga, pensarán los cinéfilos de pro.
Lo que no entiendo, sea cual sea el futuro que le espera a la raza humana, es esa manía que tienen algunos guionistas/escritores/directores/creadores-en-general de meterse tanta presión encima ubicando el argumento de sus historias en un futuro más o menos cercano, señalándolo con una fecha concreta que puede arruinar la ilusión de verosimilitud de sus teorías de ciencia-ficción, y encima mezclándolo con datos sacados del presente, tales como marcas, música, vestuario y demás. Que aprendan de George Lucas (no por nada el rey del cotarro), que cuando se inventó su saga galáctica la situó "hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana"... Tan lejana, de hecho, que en ese universo las naves pueden explotar en el espacio y las naves viajar a la velocidad de la luz sin que los seres vivos que hay en ellos se desintegren al segundo. Para que luego digan que la coherencia importa en las buenas historias.
Etiquetas: cine, literatura
El lado oscuro
viernes 25 de abril de 2008 8:00
Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, nos enteramos de que un par de admiradores de Star Wars habían montado la primera iglesia Jedi de Inglaterra en la localidad de Anglesey. Supimos de sus sermones, de sus clases de entrenamiento con el sable láser y de la falta de mujeres en las etapas iniciales del credo. También asistimos compungidos a las dudas éticas que se planteaban sus fundadores, no fuera caso que alguno de sus discípulos utilizase sus conocimientos sobre el manejo de La Fuerza para hacer crecer el Reverso Tenebroso. Poca broma, que ya sabemos que basta con que te deje la Portman de turno por un par de androides de tercera para hacer que el más virtuoso Caballero Jedi se convierta en un Sith de armas tomar.Lo que jamás nos imaginamos cuando leíamos la noticia de su creación es que los enemigos de la Iglesia Jedi de Anglesey atacarían tan pronto. Admitámoslo: los hermanos Jones (fundadores originales del invento) no asimilaron demasiado bien las enseñanzas de la saga galáctica de George Lucas, en la cual quedaba claro que los Jedi siempre actúan con sigilo y discreción. Nada de publicar en prensa a bombo y platillo la noticia del nacimiento de la fe Jedi en Anglesey, por mucho que ansíes captar a todos los descendientes de Leia que pululen por la zona, y nada de revelar las identidades secretas al mundo (Maestro Jonba Hehol y Maestro Morda Hehol, alter-egos galácticos de Barney y Daniel Jones), que hay mucho soldado imperial resentido por lo de las dos Estrellas de la Muerte y mucho zumbado suelto -y conste que no lo digo por los Jones-. En su afán por propagar el legado de Yoda se precipitaron con la campaña de marketing, y así es como llega a nuestros atónitos oídos el ataque a muletazos que Wynne Hughes, un joven de la propia localidad de Anglesey, propinó a Barney y a su primo Michael al grito de "¡Darth Vader!". Lo bueno del asunto es que el agresor llevaba puesto un casco de Vader, lo cual debería haber puesto en alerta como mínimo al Maestro Jonba Hehol, que sufrió en sus caderas la ira del Señor Oscuro.

Este suceso aparentemente inocuo bien podría resultar altamente nocivo para todos los creyentes galácticos a este lado de la Vía Láctea, y en especial para la Iglesia Jedi de Anglesey. A ver si va a resultar que al final los Maestros Hehol son unos farsantes de cuidado, pues me extraña mucho que nadie detectara una perturbación en la Fuerza antes de que cayeran los primeros palos, y aún me escama más que no usaran el control mental para detener las embestidas de la muleta. Y si yo dudo desde la distancia qué no se preguntarán los propios miembros seguidores de esta comunidad Jedi, que por lo que leo en el artículo son más de treinta a nivel local y "miles en el resto del mundo". De embaucadores anda el universo lleno, y mucho me temo que aquí el único que dice la verdad es el suplantador de Vader, que ha declarado ante el Juzgado que "el alcohol me está arruinando la vida".
O a lo mejor se trata de un montaje, que constituye un paso más en la campaña de marketing mundial que están realizando los Jones para captar adeptos a su causa. Sobre todo ahora que pretenden colonizar la luna.
Marketing y mitomanía
jueves 17 de abril de 2008 0:01
Lo del vídeo porno de Marilyn Monroe se veía venir, y en realidad obedece a las mismas razones que impulsan a las discográficas a sacar un recopilatorio inédito de Elvis Presley cada dos o tres navidades. Siempre me ha parecido fascinante la facilidad con la que salen grabaciones "fantasma" de los músicos legendarios ya fallecidos, muy prolíficos en rarities siempre que cuenten con un fuerte componente mitómano a sus espaldas, y en cambio me extraña mucho que no se publiquen con la misma regularidad DVD's de las tomas falsas de James Dean en Gigante, por ejemplo. En el ámbito musical la cosa está clara: desde John Lennon hasta Kurt Cobain, pasando por Roy Orbison, Freddie Mercury o el mismísimo Rey del Rock, siempre hay un productor dispuesto a encontrar una cinta medio oxidada en algún baúl olvidado de un estudio de la Quinta Avenida. Se le quita la caspa, se le añaden instrumentos pasados por los convenientes filtros, se empaqueta con una colección de temas añejos y se vende como "el disco del año". A partir de ahí, hagan caja.Tanta gracia me hace el fenómeno de las resurrecciones musicales que he llegado a imaginarme a todos esos músicos viviendo en una isla tropical y tomando caipirinhas mientras cuentan la pasta de los royalties de sus viejos éxitos. De vez en cuando reciben una llamada de un productor, acuerdan grabar algo nuevo/viejo alrededor de una hoguera en la playa ("imprescindible que suene cutre, Freddie, y dile a Hendrix que esta vez no toque la guitarra, que canta mucho"), lo mandan por e-mail a la discográfica y se siguen forrando a costa de un público crédulo y ávido de noticias musicales de sus ídolos caducados. En esa playa también me imagino a Tolkien leyéndoles relatos de la Tierra Media, pues la literatura no es ajena a los descubrimientos arqueológicos de las viejas glorias, aunque hay que reconocer que los autores literarios mediáticos bajo tierra son más bien escasos.
Se demuestre o no que mi teoría es real, nada me quitará la mosca de detrás de la oreja. El Free as a bird de los Beatles podía pasar como una composición de los Fab Four siempre que estuviéramos dispuestos a bajar el listón hasta el subterráneo, pero que me aspen si alguien ha conseguido identificar sin el menor atisbo de duda las cuerdas vocales de Lennon entre esa algarabía de gemidos. De igual modo, las nuevas aventuras del Silmarillón resultarán tan entretenidas como las de aquel señor y sus dichosos anillos, pero nadie logrará convencerme al cien por cien de que no son obra de algún negro a sueldo de los herederos del profesor de Oxford. Aquí lo que cuenta es la operación de marketing y embolsarse la mayor cantidad de billetes verdes a costa del talento perdido.
Por tanto, parecía lógico que tarde o temprano la misma enfermedad atacara al séptimo arte. Ocurre que las auténticas estrellas de Hollywood, las del Star System en mayúsculas, vivieron en una época sin "contenidos extra" en los DVDs, sin tomas falsas y sin "Director's Cut" con que alargar la rentabilidad de sus obras. Así que alguien tenía que inventar algo, y rápido, que el cine ya no es lo que era y con el rollo de internet las nuevas generaciones se están acostumbrando a tenerlo todo gratis. La primera muestra de esta nueva vertiente de operación de marketing viene bajo la forma de felación y en un tono sepia muy apropiado para la era pixelizada del Youporn, que tanto dificulta la identificación de los rostros de los participantes. Si lo único a lo que podemos aferrarnos para demostrar la autenticidad de la cinta es a un lunar vamos apañados, pero en realidad dará igual: la maquinaria mitómana ya se ha puesto en marcha. De momento ya hay quien ha pagado un millón de euros por hacerse con el original (para que luego digan que el problema del mundo digital es el precio), y si la cosa alcanza la notoriedad esperada no dudo que en poco tiempo encontrará su réplica. Dicen por ahí que existe una grabación en plano subjetivo de los últimos segundos de vida de James Dean, justo antes de que se estrellara con su bólido. Lo más normal es que la cinta quedara destrozada y algo chamuscada tras el accidente, pero hoy en día la tecnología hace maravillas a la hora de recuperar materiales aparentemente inservibles...

Etiquetas: cine, literatura, marketing, música
Una cuenta de iTunes
martes 25 de marzo de 2008 1:00
La semana pasada lo vi claro, desde el momento en que leí una noticia pescada en Applesfera: por lo visto Apple se está planteando seriamente la posibilidad de ofrecer una tarifa plana para acceder a todo su contenido musical online de forma ilimitada. Piensen bien en lo que quiere decir esto: todo el catalogo de la iTunes Store (creo que sólo le faltan los Beatles y cuatro más para tener el último siglo de música al completo) a su disposición pagando, pongamos por caso, 100 euros al año. Sin necesidad de buscarlo por la mula, o de interminables colas de espera, o de la clásica frustración al comprobar que aquella vieja joya de los ochenta sólo la tienen cuatro gatos mal contados y ninguno se digna a compartirla. Yo mismo, un clásico caso de alergia a pagar por nada que se pueda obtener vía peer-to-peer, debo admitir que me plantearía seriamente la posibilidad de apoquinar la pasta exigida para tener millones de temas a mi disposición con sólo hacer un clic. En parte sería como disponer de una copia de seguridad gigantesca de un disco duro de varios miles de Teras, y bastaría con hacerse a la idea de que el importe que nos cuesta sirve para mantener dicha copia en nuestro espacio virtual personal.Si decía que lo vi claro es porque hasta el momento las empresas que vendían contenidos culturales en la red habían adoptado la estrategia de ofrecer a precio de saldo elementos unitarios, ya sea canciones, películas, libros o programas. Tal y como está evolucionando el tema (y la noticia enlazada lo confirma), de lo que se tratará en un futuro será de pagar una cuota por acceder a todo lo que queramos sin restricciones de ningún tipo: como pagar por el Digital Plus pero a lo bestia, para que me entiendan. Ellos suministran los contenidos; nosotros accedemos a ellos cómo y desde dónde queramos. Fantástico, ¿verdad?
Pues en parte sí, pero hay algo que me tiene mosca. Miro mis estanterías y están repletas de libros, de películas, de discos... toda una vida recopilando material para legarlo a la posteridad, todo un montón de recuerdos ahí expuestos para que mis descendientes se hagan una idea de quién fui yo en su momento; de qué cosas me gustaban; de qué películas, series, discos o novelas marcaron mi carácter de una forma determinada... todo eso desaparecerá para siempre si el nuevo modelo de negocio internauta termina imponiéndose, y no duden ni por un instante que lo hará. Se acabó el fetichismo de coleccionar obras culturales para saborearlas en la intimidad; ni rastro de aquellas expediciones eternas por las tienduchas de discos de la ciudad en busca de aquel vinilo añejo que tanto significaba para nosotros; nada de pasarse libros de mano en mano hasta que el olor a tinta se desvaneciese a medida que el contenido de esas páginas iba llenando la imaginación de sus lectores... En definitiva, todas nuestras aficiones y gran parte de nuestra personalidad se hallarán embutidos en una pantalla de ordenador, y Dios quiera que no nos corten la luz o se nos caiga el ADSL. Me pregunto qué cuernos les legaré a mis hijos o a mis nietos ahora que toda esa ingente cantidad de material pasará a ser engullida por las multinacionales audiovisuales y almacenada en un rincón diminuto de internet. Supongo que siempre podré dejar mi iPod en herencia, aunque dudo que esté fabricado para durar muchos años. Como último recurso, tendré que decirles a mis nietos que la vida de su abuelo se encuentra embutida en una cuenta de iTunes, ubicada en un lugar remoto a la espera de que el servidor la borre por falta de pago cuando yo ya no esté. Que sigan pagando si quieren que mi recuerdo no se desvanezca para siempre jamás... desde luego, el negocio puede ser redondo si encima nos atacan por la vía sentimental.
Etiquetas: cine, cultura, internet, música, tecnología
Estancados en el tiempo
jueves 13 de marzo de 2008 1:00
Odio los 'revivals'. Si hay algo peor que la nostalgia del pasado es la absurda manía que tiene la gente de revivirla cada dos por tres para volver a sentirse jovenzuelos. En una emisora de radio oía el otro día que para este sábado organizan una fiesta en la discoteca de la Isla Fantasía (¡cágate lorito!) en la que sonará exclusivamente spaghetti dance de los años ochenta. Ya saben, "I Like Chopin", "La Dolce Vita", el cutre del Silver Pozzoli y el no menos acabado David Lyme, un tío que en realidad era de Sabadell (se llamaba Jordi Cubino) y que hacía mover el esqueleto al personal con temazos como el "Let's Go to Sitges" (¡cágate lorito dos!). En fin, se pueden imaginar lo que correrá por allí el sábado por la noche: malos imitadores de Don Johnson, ataviados con su camiseta y una americana blanca a juego con las bambas, versiones patrias de la Cindy Lauper luciendo hombreras y permanentes, y demás fauna ansiosa por volver a la época en la que eran guapos, jóvenes y los reyes de la pista (mentira: nunca lo fueron pero no se les ocurra decírselo).El lunes por la noche volví a perderme por enésima vez el concierto de los The Cure en mi ciudad, y aunque la cosa ya empieza a fastidiarme pues son el único grupo mítico de los de antes que me queda por ver en un escenario, repasando las crónicas parece que tampoco me perdí gran cosa. Las tres horas que duró el evento consistieron en un repaso de sus tres discos más exitosos (que van de 1987 a 1992, todo lo anterior no lo escucha nadie aunque todos los fanáticos dirán que se trata de obras maestras) y algún hit pretérito. Parece que en breve sacarán otro CD pero a nadie le importa un pimiento: todos quieren oír las canciones de su época y cualquier cosa que Smith y los suyos intenten aportar a partir de ahora carecerá de total relevancia. Para mí que los fans no se molestan ya ni en bajarse las nuevas entregas en mp3, lo cual debe ser frustrante para el artista. Pero bueno, otro síntoma más de lo de "cualquier tiempo pasado fue mejor".
En la televisión americana acaban de sacar tres series que han sufrido distintos destinos en función de sus respectivos ratings, pero las "novedades" de esta temporada más sonadas han sido Terminator: the Sarah Connor Chronicles, Bionic Woman y Knight Rider (sí, sí, el mismísimo "Coche Fantástico"). En cine nos hemos chupado recientemente el remake de "Miami Vice", se avecina el del "Superagente 86" y ya sólo me queda esperar que aquí en España alguien se decida a resucitar "La Mansión de los Plaf".
¿Sería alguien tan amable de explicarme dónde cuernos está la gracia de vivir anclado en el pasado? Una cosa es que de tanto en tanto alguien se ponga un disco de hace veinte años o que una vez cada dos lustros haga gracia volver a ver un capítulo de "Mash". Pero de ahí a tener que encontrarme sólo con fantasmas de otros tiempos, normalmente ya creciditos y entraditos en carnes (y arrugas) haciendo el ridículo cada dos por tres, o en revisiones sin sentido de productos de entretenimiento que ya en su día dejaban bastante que desear media un buen trecho. O alguien para este sinsentido o en breve algún sonado iniciará un casting para "Verano Azul: el regreso". Y eso sí que no.
Les dejo. Voy a echar una partidita al "Arkanoid".
Etiquetas: cine, música, sociedad, televisión
Actores reivindicativos
miércoles 6 de febrero de 2008 1:00
El domingo me perdí la ceremonia de los Goya (voluntariamente, dicho sea de paso) y por tanto ignoro si aconteció algún hecho fuera de lo normal. Seguramente tampoco lo habríamos visto dado que la retransmisión se pasó con seis minutos de retraso, no fuera que largaran contra el gobierno entre premio y premio, pero digo yo que los responsables tampoco tenían demasiado que temer teniendo en cuenta que en las Españas ahora mandan los de izquierdas. En cambio, en la gala de los premios Max de teatro que se celebró un día más tarde no faltaron las consignas reivindicativas contra la Conferencia Episcopal, la Iglesia en general y el PP en particular. Incluso en las entrevistas post-match se pudo ver a actrices de la talla de Vicky Peña rajar de la confabulación judeomasónica liderada por el clero y la derecha.Como siempre que se montan estos 'saraos' no puedo evitar preguntarme si debe existir algún actor o miembro del grupo de la farándula que vote al PP o que sea de derechas. Me lo imagino ahí, agazapado en su butaca, mientras toda la platea va coreando lo del "¡No a la guerra!" y él uniéndose al canto general en voz baja y con cierta timidez, por aquello de no quedar mal (no sea que me enfoque la cámara), mientras piensa para sí mismo que en este país hace falta más mano dura y un par de presidentes como Aznar para meternos a todos los díscolos en cintura.
Yo no sé si existen los actores de derechas, en realidad. A veces creo que para afiliarte al sindicato te deben pedir el carné de comunista o, como mínimo, de miembro del PSOE. Si no, ni obras de teatro, ni series, ni películas, ni premio. También me da la sensación, en cambio, que muchos de los que militan políticamente cuando recogen su premio en realidad lo hacen por seguir la corriente; seguro que más de uno pasaría olímpicamente del asunto pero, como siempre, el corporativismo actoral puede más que la discreción individual. Aunque la lógica dicta que entre tanto abstencionista que hay en este país a algún actor le tocará, ¿no?
Hablando hipotéticamente, de existir la modalidad actor/votante del PP no veo porqué debería reprimirse a la hora de recoger sus premios. Al igual que los demás llevan todos sus lacitos rojos y sus adhesivos pacifistas, el intérprete facha podría acudir con una pegatina en la solapa que rezara (nunca mejor dicho) "sí a la Conferencia Episcopal y a la familia tradicional" o "Rouco, tú vales mucho". Cuando saltara al escenario, en vez de gritar un "¡sí a la guerra!", que queda feo, siempre podría entonar un "por un Bagdad libre: ¡Bush estamos contigo!" o algo similar. Se puede perder el talante, pero no las formas. Intuyo de todas maneras que este personaje, en el caso de que sea real, debe ser de los que dice que "pasa de política" entre su círculo de amistades de profesión, al igual que los locutores de Madrid dicen que son todos del Atlético, no sea que en el próximo reparto de premios no le toque ni la pedrea, y al final tenga que pasar a diputado derechista para llegar a fin de mes. Cosa que, teniendo en cuenta lo mucho que se quejan los actores, casi representaría un mejor sustento de cara al futuro. A no ser que sean precisamente los que más gritan los que consiguen los mejores puestos en la Academia y puedan vivir del momio mucho mejor que los políticos, que ya es decir. En tal caso, presumo que el farandulero pepero no sólo no se calla sino que encima es de los que más gritan cuando se trata de rajar del partido de la gaviota. Aunque luego lo vote en la intimidad, que es donde los de derechas alivian sus vicios privados.
Etiquetas: cine, política, teatro



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