La mejor profesión del mundo

martes 3 de junio de 2008 0:00

Lo cierto es que salgo bastante poco de noche, pero si de vez en cuando me reúno con los cuatro amigos de toda la vida para ir a cenar y a tomar unas copas, en alguna ocasión a alguien se le ocurre rematar la velada proponiendo una incursión a algún antro discotequero de la zona. Tampoco es que nos haga demasiada ilusión, pero por aquello de demostrarle al personal que uno aún es joven y puede aguantar hasta altas horas de la madrugada manteniendo el porte (mentira cochina) la mayoría accedemos y peregrinamos hacia la puerta del local en cuestión. Y aquí viene lo curioso: de un tiempo a esta parte, locales en los que solíamos entrar sin problemas de repente nos largan el consabido "lo siento: hoy hay una fiesta privada" y nos envían de vuelta al redil sin contemplaciones. La primera vez que nos pasó no le dimos demasiada importancia, simplemente nos encogimos de hombros y marchamos para casa. La segunda vez nos miramos al espejo, a ver si es que hacíamos muy mala pinta y los estragos de la edad empezaban a restarle encanto a nuestro look fashion. La tercera vez, ya prevenidos, abordamos al tipo de la puerta con el consabido "somos amigos de Micky" (no pregunten porqué, pero el amo de las discotecas siempre se llama Micky) y al final el hombre accedió a dejarnos pasar, no sin antes repetirnos la cantinela de la fiesta privada. Picado por la curiosidad, le pregunté irónicamente de dónde salían tantas fiestas privadas. "En realidad es una excusa para cuando el local está lleno", me contestó. "Es que últimamente está muy masificado y sólo dejamos pasar a los habituales". Claro, acudir dos veces al año supongo que no te da el estatus de "cliente habitual", de ahí los continuados rechazos.

Lo cual me lleva a evaluar la figura del portero discotequero, un sujeto que ignoro si presenta algún tipo de formación cuando redacta el currículo, pero que dispone de uno de los mejores puestos de trabajo del mundo. ¿Por qué digo eso? Si analizan fríamente cuál es el principal inconveniente de la mayoría de empleos, descubrirán que se trata de los abusos a los que uno es sometido por mor de la autoridad. Cualquiera que haya tenido un jefe ya sabrá a qué me refiero, al igual que también tendrá bien claro que la única forma de sobrellevar sin demasiado estrés los caprichos y las injusticias de nuestros superiores pasa por ir ascendiendo en el escalafón jerárquico: sólo cuando llegas al punto en el que puedes putear tanto o más de lo que te putean tu trabajo (sueldo aparte) empieza a resultar gratificante. Siguiendo este razonamiento, nadie más feliz habrá en su trabajo que aquel que goza del poder de decisión sobre los demás, que tiene en sus manos la facultad de impedir la entrada a la meca del ocio a los pobres currantes que llevan toda la semana anhelando que llegue el sábado noche para poder entrar en el templo del cual él es el guardián designado. Imagínense el gustazo de decidir a quién le amargas la noche y a quien no, cual César en el palco del Coliseo presto a inclinar el pulgar que puede salvar al gladiador o mandarlo a los leones.

Pero es que además el portero de discoteca es un tipo que lo único que debe hacer en su puesto de trabajo, aparte de dejar pasar al que mejor le soborne e impedir la entrada al guaperas de turno que pudiere hacerle la competencia, es permanecer erguido viendo desfilar a un montón de tías buenas dispuestas a humillarse simplemente por conseguir entrar por la patilla. Ya puedo oír a los escépticos del fondo de la clase objetando que no es para tanto, pero si no recuerdo mal la camarera más impresionante de todos los garitos que en su día pisé era la novia del portero. Más que la del jefe del antro, incluso. Por lo demás, el resto del tiempo que no está ejerciendo de Charles "yo soy la justicia" Bronson, probablemente lo dedica a dejarse caer por el gimnasio más caro de la ciudad (de gorra, no en vano el dueño tiene un pase VIP gracias a él) a ver cómo otro montón de mujeres ardientes le hacen proposiciones deshonestas en la piscina para conseguir algún trato de favor en la noche del fin de semana. Y lo mejor de todo: el tipo probablemente es ajeno a cualquier problema de orden financiero o legal que pueda haber en la empresa. Como siempre en estos casos, los marrones para el jefe. De las propinas (en metálico y en especie) ya ni hablo, pero por una conversación que tuve hace tiempo con un espécimen de la profesión el montante de todas ellas supera de largo el del sueldo declarado.

Reflexionando sobre todo ello recuerdo una escena de mi primera juventud, en la que un portero cachas impidió la entrada a un "niño pijo" que llevaba haciendo cola un buen rato. El chaval, medio beodo que iba, se fue de malos modos gritándole al 'segurata' que "¡yo soy abogado y tú en cambio no pasarás nunca de portero de discoteca!" El tipo cachas de la puerta se limitó a devolverle una sonrisa no exenta de desdén, que yo erróneamente interpreté como un acto desesperado de alguien al que un niñato engreído había puesto frente a un espejo, recordándole la miseria de su vida. Cuando pienso en todos los pasantes mileuristas que he en los últimos años de mi vida, encerrados horas y más horas frente a montañas de papeles y soportando a un jefe bastante déspota, me doy cuenta de que tal vez ese desdén no era del todo fingido. Bueno, al menos a los pasantes jovenzuelos siempre les quedará desfogarse en la discoteca... ¿o no?

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