Spore

miércoles 17 de septiembre de 2008 0:00

Hace ya tiempo que no me dedico a probar ningún juego de ordenador. La razón es simple: todos son iguales, y al cabo de diez minutos ya me he aburrido. Un par de años atrás compré una PSP para ver qué posibilidades ofrecía ese trasto al sector adulto del mercado y, salvo el trepidante GTA Vice City Stories, lo demás me resultó francamente aburrido. Incluso este gran juego se me hizo repetitivo al cabo de unas horas, así que la consola terminó enterrada en el baúl de cacharros inútiles, al fondo a la derecha. Hace ya demasiado tiempo que los juegos de ordenador se dividen en FSP (first person shooters, o sea, aquellos en los que llevas un pistolón y tienes que cargarte a todo lo que se menea), RPG (role playing games, más o menos como los anteriores pero sin el efecto 3D "vista real" y usando personajes mitológicos) y las competiciones deportivas (aburridos a más no poder, sólo para enfermos del fútbol, carreras, tenis y demás mandangas). Echo de menos algún entretenimiento que me haga pensar mientras juego, que no dependa tanto de la habilidad que tengo en la modalidad "pulsa tres botones simultáneos en un tiempo récord", que te permita parar para respirar y meditar acerca de tu situación en el juego, y en el que la estrategia sea un factor determinante para llegar a buen puerto, sin vidas que perder ni contador de tiempo que se agote. Algo así como las aventuras conversacionales de mi primera juventud, pero con más gracia.

Al final siempre vuelvo a los clásicos, tipo Tetris (en el móvil, indispensable), los Sudokus o el ajedrez, los únicos que pueden jugarse al ritmo que a mí me gusta y en los cuales tengo la sensación de hacer chirriar algún engranaje de mi olvidada masa encefálica. En realidad, en los últimos años sólo ha habido un juego novedoso que me haya gustado lo suficiente como para engancharme una temporada larga, y ése ha sido el mítico SimCity, un simulador de alcaldía en el que uno debe hacer frente al reto de crear una ciudad a base de construir barrios residenciales, carreteras, centros comerciales y zonas industriales, todo ello jugando con los impuestos y sin descuidar servicios básicos como la policía, los bomberos y demás. He ahí un juego que crecía en complejidad a medida que avanzabas, con unas reglas lo suficientemente sencillas como para no tener que empollarse un manual de trescientas páginas antes de empezar, y en el que no perdías vidas (aunque si millones de presupuesto) y que te permitía recuperarte de las malas decisiones modificando tu estrategia. Brillante en su sencillez, original en su concepción.

Luego vinieron Los Sims, otro simulador (en este caso teóricamente del mundo real), pero a pesar de todo su éxito yo siempre he sostenido que se trataba de un experimento fallido, en gran medida porque resultaba imposible abarcar todas las posibilidades de la vida moderna en ese estereotipado mundo virtual, que a la práctica se convertía en un aburrido reflejo de nuestra vida cotidiana con demasiados colorines y un trasfondo muy naïf para lo que se suponía pretendía imitar. A pesar de todo, me quedó clara una cosa: el futuro del sector pasaba por los simuladores.

Este septiembre se ha lanzado al mercado Spore, otro simulador creado por unos científicos a partir de los modelos con los que ellos trabajan cotidianamente en sus estudios sobre la evolución de las especies (hay un interesantísimo artículo sobre su concepción en el New York Times). Desde hace meses en el mundillo de los videojuegos no se habla de otra cosa, y a quien más quien menos le ha picado el gusanillo para ver de qué va esta historia. Así que hará una semana conseguí el juego (no pregunten cómo, aunque imagínenselo) y dediqué un par de horillas a hacer probaturas. ¿El resultado? ¡Milagro! Por fin un juego completamente distinto de lo que se había diseñado hasta el momento y con infinitas posibilidades de estrategia. A estas alturas tampoco diré que me voy a pasar días frente al ordenador manipulando a estos curiosos bichejos (uno ya no tiene edad), pero sí recomiendo a todo el mundo que se sumerja en el curioso universo en el que el único fin a alcanzar es el de la supervivencia. ¿De qué va la cosa? Básicamente hay que hacer evolucionar una especie desde la vida molecular hasta las civilizaciones interestelares. ¿Cómo? Tras una colisión de un meteorito con un planeta aparece la vida bajo la forma de océanos y materia organica. El jugador debe escoger una especie (inventada por uno mismo, si hace falta) y decidir si puede comerse a otras criaturas o sólo vegetación. A medida que el bicho come va creciendo, se ganan puntos de ADN y de pronto se pueden añadir rasgos físicos como los ojos, las espigas para la autodefensa, etcétera. Con el tiempo el bicho saldrá del agua y le crecerán patas, pulmones y demás y así irá creciendo como especie hasta, al final del juego (si se llega), colonizar todo el universo. Las criaturas se pueden transformar infinitamente y las estrategias variarán en función de la especie que controlemos en cada momento. ¿Lograremos evitar su extinción a manos de otros depredadores?

Con todo, lo que más me gusta de este juego es que ataca a los creacionistas donde más duele. Con un simple programa de entretenimiento lograrán convencer (si tiene el éxito pronosticado, claro está) a toda una generación de chavales que lo de Darwin no es ninguna tontería, y que la adaptación de las especies al medio tiene más que ver con la capacidad de supervivencia que con el dedito de un Ser Superior siempre dispuesto a crear machos y hembras a partir de figuritas de barro. Sólo por este motivo deberíamos contribuir todos a que Spore sea un hit a la altura de las expectativas, capaz de convencer a las nuevas generaciones de que las patrañas religiosas no son más que eso, patrañas, y además de la forma más divertida posible: jugando. Y ahí radica precisamente la clave del éxito: ese aspecto lúdico es algo que ninguna Biblia y ningún creacionista conseguirán alcanzar jamás, por muchos castigos divinos que invoquen para los pecadores.

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