La eterna promesa

martes 16 de septiembre de 2008 0:00

Yo no sé porqué la gente se empeña en ganar siempre, la verdad. Hay casos, como en el deporte, en el que efectivamente todo lo que no sea alcanzar lo más alto del podio te transporta casi siempre al limbo del olvido, pero en muchos otros ámbitos sociales diría que es justamente al contrario: quedar segundo lleva premio, y la mayoría de las ocasiones mucho más suculento que el del vencedor. Fijémonos por ejemplo en la política: a la que uno toca poder empiezan a caer las bofetadas, y se descubre de inmediato que todas aquellas maravillosas propuestas de la campaña electoral en el fondo no eran más que una cortina de humo para que el electorado picara. Bush es tonto de remate, Al Gore era el bueno (y encima le financian un documental con el que se lleva el Nobel, toma castaña). Almunia perdió contra Aznar, pero ya lo han colocado de comisario de la Unión Europea. Rajoy se la ha pegado dos veces contra ZP, pero ahí sigue, al pie del cañón y cobrando sus dietas, más fuerte que nunca y venciendo incluso a los legionarios de la Cope; en cambio, nuestro actual presidente ha pasado de "Bambi" a responsable directo de la crisis económico-financiera. Laporta es un tirano; Rosell se hubiera salido. Y así.

En las relaciones personales mejor ni hablar: el que se lleva a la chica es el que tiene que apoquinar con la hipoteca, los churumbeles, las discusiones diarias, los malos rollos y, una vez por semana y si todo va viento en popa, el polvete sabatino. Pero queda claro que ella se pasará los veinte minutejos del revolcón pensando en aquel tío que le tiró los tejos en la facultad, que se la benefició una noche y que al final se fue para no volver (o ella misma lo mandó a paseo, decisión de la que de tanto en tanto se arrepiente secretamente). Por mucho que Abba vaya cantando que "The winner takes it all", el jabato que pasó al (teórico) olvido ya se ha pasado por la piedra a unas quince féminas desde entonces, y todas ellas le recuerdan con más cariño que con el que piensan en su actual partenaire.

Puestas las cosas en perspectiva, ser el perdedor no está tan mal, ¿verdad? Todo depende del prisma desde el que se mira, pero esto de quedar siempre como "la eterna promesa" otorga sus buenos dividendos a medio plazo, y si no que se lo pregunten a Steve Jobs, un tío que no podrá nunca competir con Bill Gates pero que consigue llevarse a la crème de la crème del mercado con su línea de ordenadores pijos, amparándose en el cuento de la exclusividad que otorga pertenecer a una minoría selecta. Afrontémoslo: si tanta gente habla de los embriagadores efluvios del "encanto del perdedor" por alguna cosa será, ¿no?

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