Historias de redención
lunes 8 de septiembre de 2008 0:00
Mickey Rourke ha vuelto. El palmarés del Festival de Venecia ha proporcionado un León de Oro a The Wrestler, lo último del siempre genial Aronofsky, y ha impulsado de nuevo la carrera de este actor norteamericano después de un prolongado descenso a los infiernos. A finales de los ochenta, Mickey Rourke era lo más grande que había parido madre. Las tías lo consideraban un sex-symbol merced a su rol en "9 semanas y media", gozaba del respeto de la profesión, había trabajado con los grandes clásicos del momento (Coppola, Cimino, Parker...) en cintas de altísima calidad y tenía un futuro arrebatador por delante. Además, su espíritu rebelde y eternamente disconforme con la industria de Hollywood le granjeaba el status de 'cult star', lo cual repercutía en toda una serie de papeles de alta calidad en películas de mediano presupuesto siempre aplaudidas por la crítica. Yo le conocí con trece años, y a pesar de que la película de Lyne me pareció un pestiño (como todas las de este director, en realidad) de la que sólo se salvaban las tetas de la Basinger, dos interpretaciones de Rourke me dejaron KO al salir de la sala y no miento si digo que cimentaron mi por entonces incipiente devoción al séptimo arte. Me refiero al Stanley White de "Manhattan Sur" y al Harry Angel de "El Corazón del Ángel", dos detectives con gabardina de personalidad contrapuesta pero que lucían estilazo gracias al porte de este mítico actor.A partir de ahí, un par de elecciones desacertadas ("Francesco", horrorosa, y "Homeboy", si cabe aún peor), unas cuantas adicciones poco saludables, un matrimonio tormentoso con Carré Otis (protagonista de la no menos infumable "Orquídea Salvaje"), unas pésimas operaciones de estética y desapareció del mapa para (lo que parecía) siempre jamás. Dicen que pasó de su carrera cinematográfica y se convirtió en 'El Marielito', un boxeador de poca monta con el que me topé por casualidad en el horrendo "Goles son amores" de Manolo Escobar, un domingo por la noche. Viéndolo ahí boxear al ladito de Loreto Valverde y con el Escobar jaleándole las tortas recuerdo que pensé que por fin había descubierto el significado de la expresión "tocar fondo". Nunca más albergué la esperanza de volver a toparme con él en una producción de alto nivel, aunque es cierto que me sorprendió unos años más tarde brindándome un excelente secundario en "The Rainmaker", de su amigo Coppola.
Una década y media después, ahí lo tienen de nuevo en lo más alto recogiendo el máximo galardón de la Mostra. Viéndole ahora pienso que sigue siendo víctima de la despiadada industria del cine, especializada en reventar mitos y hacerlos resurgir cuando creen que es rentable. Afrontémoslo: a la gente le encantan las historias de redención, y si por casualidad se lleva el Oscar este año tendremos ahí a la Redención por excelencia. Él ahora jura que se arrepiente de "haber tirado su vida a la basura" hace quince años, y yo sólo espero que pueda superar esta 'operación revival' a la que le ha sometido la industria. Una industria contra la que abjuró en el pasado y que ahora lo ha engullido y vomitado de la forma más despiadada posible.
Etiquetas: cine
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