Un tipo con clase
jueves 21 de agosto de 2008 0:00
Siempre me han dado rabia los actores con buen físico. No por una cuestión de envidia, aunque puede que sí, sino por el hecho de que a nadie le importe un carajo lo buenos o malos que son en su trabajo: mientras luzcan bien en pantalla las audiencias pasarán por taquilla y se dejarán la semanada por ver esa sonrisa de oro o esas curvas de infarto. Donde los demás se extasian y emiten suspiros yo sólo veo defectos que empañan mi percepción de los sujetos en cuestión: Cruise se me antoja enano y patizambo, Pitt acnéico y con pinta de zumbado, Jolie parece un palo seco y la Diaz tiene sonrisa de tiburón. Lo peor, con todo, es que se trata de actores mediocres (con la posible excepción de Cruise) ensalzados hasta las estrellas por la simple virtud de saber lucir palmito. A su lado, actores de carácter como Hurt, Spacey, Winger o Thompson tienen que vérselas y deseárselas para sobrevivir en una profesión en la que mantenerse cuando uno pasa de los cuarenta sin dejarse caer regularmente por la clínica de estética y el gimnasio resulta casi imposible.Con todo, reconozco que hay un actor al que me resulta muy difícil restarle méritos a pesar de su indudable poderío físico y ante el cual no me queda más remedio que postrarme por su enorme magnetismo en pantalla, aun cuando muchos discutirán la fusta de su talento frente a otros monstruos de su época. La noticia que más me ha impactado de estas vacaciones ha sido la decisión de Paul Newman de retirarse a morir a su casa alejado del mundanal ruido, con la privacidad y tranquilidad con la que ha llevado siempre los asuntos de su vida personal. Miren, se podrá discutir mucho acerca de qué porcentaje de peso ha tenido su físico a la hora de labrarse una carrera en celuloide, pero lo que es indudable es que Newman, al igual que otros intérpretes coetáneos como Peck o McQueen, suplían sus carencias actorales a golpe de clase y porte de una forma que va mucho más allá de los actuales cuerpos hipermusuculados y tallados al bisturí. Llámenle elegancia, saber estar o dominio de la economía gestual combinado con la fuerza de la mirada, lo cierto es que la presencia de Newman llena la pantalla como pocos artistas han logrado por muchos sacrificios al Dios del Método que hayan realizado por el camino. Hace cuatro días pasaron por la televisión "El coloso en llamas", y una vez más abandoné mi siesta sabatina enganchado a las escenas en que dos cincuentones barrigudos, un arquitecto de éxito y un jefe de bomberos, discutían acerca de la mejor forma de atacar el fuego. Y eso que la película es un tostón. A mi cabeza viene también aquel verano de mi adolescencia en el que me tragué una sesión doble de antología en un cine de pueblo, "Hannah y sus hermanas" y "El color del dinero", y todavía recuerdo como suspiraban las quinceañeras al ver al jovencito Tom Cruise hacer virguerías con el taco de billar. A mí sin embargo lo que más me impactó de esa escena era el primer plano en 'zoom' de Newman, sentado en la barra del bar mientras observaba la exhibición de su pupilo con el Balabusca: con su bigotito y sus gafas ahumadas se comía a su partenaire de un bocado casi sin proponérselo.
Pero lo mejor, como decía, es que Newman ha logrado trasladar esa elegancia al terreno de su vida privada. Por más que me empeño, no le recuerdo ni una sola salida de tono en ninguna de sus intervenciones públicas (claro que es justo reconocer que yo no viví su época de desmadre juvenil). Bien al contrario, siempre le he visto pasear la misma clase tanto por sus (escasísimas) intervenciones catódicas como en las revistas de papel couché. Y ahora, como no podía ser menos, ha decidido enfrentarse a su destino final con la misma templanza y grandeza con la que ha vivido toda su vida. ¿Se imaginan una mejor bajada de telón que morir rodeado de los suyos en la intimidad de su hogar y mandando a tomar por saco al resto de la población mundial, guardando tal vez unos minutos para volver a visionar las mejores escenas de "La gata sobre el tejado de Zinc", "El buscavidas", "Dulce pájaro de juventud", "El golpe" o "El largo y cálido verano"? Imposible, vaya. Hasta en eso tiene clase, el muy desgraciado...
Etiquetas: cine
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