Un mundo material

lunes 25 de agosto de 2008 0:00

Que la clase no se compra con dinero es una evidencia sobre la que no hay que dar más vueltas. Que la inteligencia no tiene nada que ver con el estatus social es otra perogrullada de las que hacen época. Que el dinero no compra la felicidad dicen que está demostrado, aunque imagino que dependerá de los casos. Que el físico es un factor aleatorio también queda bastante claro. Por todo ello, habría que asumir que, sobre todo a la que la gente se va haciendo mayor y va teniendo las ideas más claras, el factor monetario no debería intervenir para nada a la hora de juzgar favorable o desfavorablemente a las personas. Sin embargo, ocurre justamente al contrario: cuanto mayores nos hacemos, más alardeamos de nuestras posesiones materiales (los que las tengan) y más ninguneamos los aspectos "espirituales", por llamarlos de algún modo.

Santiago Segura dice que prefiere que las mujeres vayan con él por su pasta antes que por su físico, puesto que lo primero se lo ha ganado con su trabajo mientras que lo segundo viene de un orden genético sobre el que él no pudo ejercer ninguna influencia. Eso lo puede decir él porque es feo de narices y porque, efectivamente, si tiene la cuenta corriente bastante abultada es por las películas que ha rodado. Pero cuando pienso en los ricos herederos que no han pegado palo al agua en su vida no puedo evitar preguntarme qué es lo que hace que el personal los admire tanto. Y no hace falta ir tan lejos: pongamos a un mindundi más o menos acomodado que, con el sudor de su frente y pagando una hipoteca, consigue adquirir una segunda residencia. ¿Qué es lo primero que hace? Enseñarla a todas sus amistades. ¿Para qué? Para fardar, sin duda. Porque sabe que lo van a envidiar. En cambio, que el mismo mindundi sea capaz de entender al cien por cien el Tractatus de Wittgenstein no le otorga la más mínima ventaja frente a la mayoría de los mortales. Bien al contrario, seguro que lo consideran un freak sin remedio.

Lo paradójico del caso es que uno va preguntando y se encuentra con que nadie, pero absolutamente nadie, reconoce que el factor monetario pesa a la hora de escoger sus relaciones sociales. No sólo eso, sino que encima suele criticarse al pudiente a la que asome un mínimo punto débil ("mucho dinero pero es idiota", "se ha casado con una pelandusca", "qué mal gusto al decorar la casa", etc). Eso sí, a la que esta clase de personas convocan una fiestorra en su redil hay cola larga para apuntarse y todos le ríen las gracias. De lo cual se desprende que somos todos unos hipócritas de cuidado y que andamos metidos en una carrera de galgos sin remedio para ver quién llega a la meta con el mayor número de billetes verdes en el bolsillo. Teniendo en cuenta que al final sólo unos pocos lo lograrán, ¿no sería más lógico, aunque fuera por interés propio, dejar de admirar a los ricos y centrarnos más en los demás aspectos del individuo? O, puestos a ser materiales, quedémonos en la belleza física, que al menos es interclasista. Por mi parte, yo ya he tomado unos pasos para el cambio de mentalidad: ahora ya no me fijo en las pijas, salvo que tengan las tetas gordas.
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