La juerga olímpica

martes 26 de agosto de 2008 0:00

Hay textos que se comentan solos, no hace falta ni siquiera escribir un post para hablar sobre el tema. Tal podría ser el caso del artículo del Times Online Sex and the Olympic city, escrito por Matthew Syed, un deportista adicto a los Juegos Olímpicos desde el año 1992, justo cuando se disputaron en Barcelona. Uno se pregunta si habrá una causa-efecto entre la Ciudad Condal y las grandes bacanales olímpicas, pero mejor nos guiamos por las palabras del autor y así nos hacemos una idea más o menos clara:
A menudo me preguntan si la villa olímpica - el gran conglomerado de restaurantes y viviendas que acoge a los mejores atletas del mundo durante toda la duración de los juegos - es la fiesta sexual que todos dicen. Mi respuesta es siempre la misma: vaya si lo es. Jugué mis primeros Juegos en Barcelona en 1992 y practiqué el sexo con mayor frecuencia en esas dos semanas y media que en el resto de mi vida hasta ese momento. Es decir, dos veces, que podrá no ser mucho, pero para un chico de 21 años con un pregrado y los dientes torcidos, se trataba de un pequeño milagro.

Barcelona fue, para muchos de nosotros, vírgenes olímpicos, tanto sobre el sexo como sobre el deporte. Estaban las magníficas azafatas - para ayudar a los atletas - en sus camisetas de color amarillo brillante y faldas negras; estaban las encantadoras indígenas que vinieron a ver las competiciones. Y luego estaban las atletas femeninas - literalmente miles de ellas - pavoneándose, bailando, exhibiéndose y trotando alrededor de la aldea, vestidas en lycra y exponiendo yardas de brillantes, bronceadas, tersas e increíblemente exóticas carnes. Las mujeres de todos los países del mundo: musculadas, viriles, atléticas e irradiando estrógenos. Me pasé tanto tiempo en un estado de lujuria que me podría haber desmayado. De hecho, por lo que recuerdo creo que lo hice - ¿en un lugar así cómo podía uno distinguir la realidad de la tierra de los sueños?

No se trataba solamente de los chicos. Las mujeres también parecían sucumbir a sus hormonas, lanzando miradas audaces a diestro y siniestro y sonrisas de dinamita como si fueran confeti. No había comida o café completos sin una tremenda conversación con una larga saltadora de Cuba o una jugadora sueca de bádminton amazónico; el mutuo anhelo resultaba casi cómico de lo evidente que era. Había que hacer un esfuerzo de voluntad para mantenerlo todo bajo control hasta que la competición hubiera terminado. Pero una vez que nos eliminaban de nuestras respectivas competiciones, nos abalanzábamos sobre el otro cuales luchadores suicidas. Puede que hubiese una buena cantidad de sexo gay también - pero, dada la notoria homofobia en el deporte, quedó un poco más encubierto.

La cosa sigue diciendo que lo mismo ocurrió en Sydney y por lo visto sucede ahora en Beijing. Lean el resto del texto si tienen tiempo, pero ya les advierto que de momento he llegado a un par de conclusiones: la primera, que ahora entiendo todos los años de entrenamiento y preparación para unas olimpiadas. Yo pensaba que todo era por conseguir alguna medalla, pero por fin veo por qué se ponen tan contentos cuando se enteran de que van a ir a unos Juegos, y esas ansias por estirar a ver si llegan a los siguientes. También me resulta sospechosa la afición entre nuestros coetáneos de quedar eliminados a las primeras de cambio: si dicen que los españoles somos tan juerguistas y en la villa sólo empieza la bacanal cuando te quedas fuera... Y la segunda es que, por lo que leo en este artículo, el detonante fue Barcelona '92, y eso ya me toca más las narices, qué quieren. Me siento como cuando era un chaval y veraneaba cerca de Calella de la costa y todo el mundo me envidiaba por la gran cantidad de material sexual que se podía conseguir por la zona... y yo volviendo a casa con las manos vacías nueve de cada diez veces. Pues bien, en el 92 yo tenía 18 añitos, y mientras todo quisqui mojaba, ni les cuento cómo iba yo de apretado por aquella época, que para más inri coincidió con la ruptura de la relación con mi primera novieta fija. Si lo sé me pongo cinco años antes a tirar flechas, el único deporte en el que posiblemente me hubieran admitido con un poco de entreno.


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