Ética y tecnología

miércoles 2 de julio de 2008 0:00

La revolución tecnológica todo lo puede. Y eso no es bueno para las tasas de paro, añado. Todos vemos cómo en los bancos cada vez hay menos gente atendiendo y cada vez más gestiones deben hacerse exclusivamente a través del cajero automático; cómo en los párkings y los metros los aburridos empleados son sustituidos por máquinas expendedoras de tickets; cómo empiezan a hacerse pruebas piloto en los supermercados para reemplazar a las cajeras por sistemas electrónicos muchísimo más eficientes y económicos... En definitiva, los puestos menos cualificados tienden a desaparecer del sistema o a reducirse masivamente en número, en una clara carrera en pos de la reducción de costes que conlleva sin embargo algún que otro daño colateral de difícil cálculo presupuestario. Porque, ¿dónde queda el trato humano? Complicado que la viejecita que va a actualizar la libreta pueda reclamarle a la máquina la devolución de aquella comisión irregular, ni siquiera llamando a un 902 "gratuito" que en muchos casos no compensa el valor sustraído por la entidad. Nada de charlas amigables con la dependienta que cada mañana nos reserva una porción de ese queso que tanto nos gusta o un kilo de manzanas "golden" recién traídas de Mercabarna. Poco a poco, la deshumanización de los servicios terminará haciendo que nos relacionemos únicamente con robots sin cerebro y que en lugar de dar los "buenos días" y las "gracias" nos despidamos de nuestro tendero habitual con un "print total" o un contundente "end of session".

Alguno dirá que es ley de vida, y probablemente tendrá razón. De momento el proceso sólo afecta a los trabajos en los que el contacto con la persona queda bastante reducido, pero leo por ahí que ya hay quien se plantea sustituir a los que cuidan a las personas dependientes (ancianos, inválidos y todo el que no pueda valerse por sí mismo) por robots con webcam incorporada capaces de tomarnos la tensión y recordarnos que ya es la hora de la pastilla de las siete. Llámenme clasicón pero me parece excesivo. No sólo por la situación a la que se ve abocado el paciente, obligado a compartir la soledad de sus tardes otoñales con una estúpida máquina que encima graba hasta los pedos que se tira, sino por la desfachatez de los que contratan el servicio, probablemente unos parientes muy modernos que para más inri tendrán la jeta de aducir que "al abuelo no lo pondremos jamás en una residencia mientras viva, que eso es muy inhumano". Con lo baratos que venden los robots ésos en el Pryca, oiga...

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