If you are going to San Francisco...

jueves 3 de julio de 2008 0:00

Anonadado me he quedado hoy con la historia que me ha llegado con la prensa del día, concerniente a una inusual visión del puente más famoso del mundo, el Golden Gate, que el cineasta Eric Steel ha plasmado en su película-documental The Bridge. Los que hemos visitado la bahía de San Francisco sabemos que la construcción que une la ciudad de San Francisco con las localidades de Sausalito y Tiburon tiene algo de fantasmagórica, sobre todo si te toca cruzar el puente en una de esas mañanas en las que la niebla va baja, como fue mi caso. Recuerdo que a medida que me adentraba por sus carriles parecía que estuviera llamando a las puertas del cielo (o del infierno, vayan ustedes a saber), con toda esa niebla que impedía ver más allá de cinco metros y conociendo de antemano la inmensidad del trayecto. Entre los ataques terroristas que siempre tienen como objetivo el Golden Gate y las películas de catástrofes de los setenta, me daba la impresión que al sumergirme en esa nebulosa estaba realizando el último viaje de mi vida. No me hubiera extrañado nada si algún fantasma salido de un cuento de Dickens se hubiera acercado a saludarme por la ventanilla del coche.



Por fortuna todos esos frutos de mi imaginación enfermiza no se materializaron, pero gracias a Steel y su película ahora sí que hay mucha gente que en efecto realiza su último viaje cada año en el Golden Gate, y tiendo a pensar que la dichosa niebla puede tener su origen en los ectoplasmas de todos aquellos que pasaron a mejor vida arrojándose al vacío desde tan imponente obra arquitectónica. Según cuenta la cinta, unos 24 suicidas al año, 1.200 desde que se inauguró en 1937. Todos ellos volaron los 70 metros que separan el puente del nivel del mar a 120km por hora de media, con unos tiempos que van de los 4 a los 7 segundos, en función de cómo sople el viento el día de autos. Pero si la película tiene un cierto interés no es tanto por sus aportaciones estadísticas (que también), sino por el hecho de que el cineasta decidió ubicar unas cuantas cámaras en los alrededores y en el mismo puente durante todo un año, con objeto de captar los últimos momentos de los suicidas y la externalización de sus demonios interiores. Así, asistimos a las dudas de todos los que miran el vacío a la cara, de los eternos momentos que pasan sopesando la posibilidad de echarse atrás o de dar el salto, sin saber que están siendo filmados para la posteridad. Apasionante.



Obviamente la polémica está servida, pues muchos consideran que la obligación moral de Steel era avisar a las autoridades en cuanto detectara algún movimiento sospechoso en las barandas del Golden Gate. Tiempo tuvo de sobra, como por ejemplo en el caso del rockero vestido de negro que sirve como hilo conductor a la narración, y que se pasa un buen rato siendo perseguido por la cámara mientras se pasea por la barandilla sopesando los pros y los contras de una decisión drástica. Pero, como bien se defiende el director, si hubiera hecho eso jamás habría podido filmar el documental. Un claro caso de obra infilmable si nos atenemos a las convenciones éticas (¿y legales?), aunque por el momento no parece que nadie le haya denunciado en serio (lo cual tiene su mérito, teniendo en cuenta que en EE.UU. las demandas millonarias están a la orden del día y la de familiares "devastados" que podrían buscar una recompensa económica). Citando al propio Steel:



"Desde el principio entendimos que si alguien caminaba solo, con aspecto triste y mirando el río, debíamos filmarlo, pero esto no significaba que debiéramos llamar a la policía. Decidimos que sólo intervendríamos cuando alguien se descalzara, se sentara en el exterior de la barandilla o cuando realizara una acción así de obvia, ya que en esos casos evidentes sus vidas eran más importantes que la película".


Yo mismo no sé qué pensar del proyecto, y menos después de enterarme de que uno de los suicidas, un fracasado que es rescatado por una foca, confiesa a la cámara que no sabe porqué lo hizo y que ahora se siente renacido y con nuevas fuerzas, lo cual confirmaría la teoría psicológica de que el suicidio en el fondo siempre es un acto impulsivo del que todos los que sobreviven se arrepienten. Lo único que me queda claro es que si un día decido dejar voluntariamente este mundo probablemente me decante por la opción Golden Gate, dado que al menos así, tras once horas de avión y una buena caminata hasta el logo de Mapfre, cuando recojan mi cadáver de las frías aguas de la bahía podrán decir de todo menos que se ha tratado de "un acto impulsivo".



Aquí les dejo con el trailer, por si están interesados:









"Una de las cosas más extrañas del Golden Gate es que la gente se suicida a plena luz del día y delante de un montón de gente, cuando lo habitual es que los suicidios tengan lugar en la intimidad. ¿Quiere esta gente ser vista? ¿Por qué?"

-Eric Steel

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