Una de paradojas temporales
lunes 30 de junio de 2008 0:00
Acabo de ver Los Cronocrímenes y debo reconocer que me ha impactado. Ahí donde otras superproducciones de mayor presupuesto fallan inexorablemente, esta modesta cinta del director vasco Nacho Vigalondo consigue cuadrar la siempre difícil tarea de encajar varias líneas temporales en un lapso breve de historia (más o menos un par de horas de tiempo fílmico) en el que llegan a convivir hasta tres versiones del mismo personaje, un Karra Elejalde tan notable como siempre, sin que por ello se resienta la lógica interna del argumento ni un ápice. Desde aquí, hats off, señor Vigalondo, acaba usted de entrar en mi olimpo personal de directores talentosos para siempre jamás.Tan sólo un pequeño spoiler, un cabo suelto que me tiene sorbido el coco desde que he salido de la sala de proyección y que someto a consulta popular para tratar de dilucidar si el director ha caído en la trampa de la paradoja temporal o si en el fondo este detalle está plenamente justificado y podría darse en el hipotético caso de que alguien inventara la dichosa máquina del tiempo. No teman, no les arruinará el visionado de la cinta, pero ayudará a que pueda conciliar el sueño sin que se me aparezcan gráficos temporales bajo la forma de pesadilla. Allá voy: el elemento que desata la historia es una chica que se desnuda entre la maleza de un bosque y a la que nuestro héroe voyeur atisba a través de unos prismáticos desde su casa de campo. Intrigado, acude al lugar del striptease y a partir de allí empieza la movida temporal. No les detallaré nada más, salvo que cuando el protagonista vuelve hora y pico atrás en el tiempo comprende horrorizado que o consigue que su otro yo se meta en la máquina o está condenado a vivir una vida "doblada": la suya y la de él mismo, en ese momento en su casa a punto de coger unos prismáticos. Claro, el problema es de órdago porque, por ejemplo, ¿quién de los dos se queda con la choza y la parienta? Así que, ni corto ni perezoso, decide que tiene que motivar a su primera versión a acudir hasta el claro del bosque, para lo cual obliga a la chica del principio a desnudarse, sabedor de que él mismo se halla en el caserón contemplando la escena.
Vale, paren la cinta, fin del spoiler. ¿No es eso una incongruencia? Es decir, si el tipo se mete en la máquina la primera vez es porque él mismo se autodepara una trampa con el anzuelo de la fémina en su segunda versión. Para mí, no tiene sentido. Lo tendría si el que obliga a la chica a desvestirse fuera un extraño que pasaba por ahí en ese momento, o su novio o quien fuera. Pero no puede ser él mismo: eso es la definición pura de paradoja temporal, ¿no? Hala, pongan a discurrir sus neuronas y facilítenme una teoría al respecto, porque yo ando medio lelo pensando en la posibilidad de que si el tipo hubiera decidido no acercarse a curiosear sobre la chica, jamás habría viajado en el tiempo, con lo que no habría obligado a la chica a desnudarse, con lo que él no podría haberla visto jamás, con lo que... ¡ufff!
Bueno, no todas las películas sobre viajes temporales van a ser tan perfectas como Primer, otra ganadora en Sundance, como la de Vigalondo (empiezo a creer que el jurado de ese festival está copado por científicos chalados). La única cinta de esta temática que he visto en la que el viaje se efectúa de forma lineal, y no siguiendo al viajante, con lo cual desde que empieza hasta que termina no hay forma humana de saber qué versión de los personajes estás viendo a cada escena. Hay que verla un mínimo de cincuenta veces y, tras llegar a la solución, te das cuenta de que es sencillamente perfecta en su concepción.
Etiquetas: ciencia ficción, cine
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