Reforma educativa radical

jueves 5 de junio de 2008 0:00

Por primera vez en mi vida, hoy he acudido al supermercado y no he tenido que firmar ningún papel al pagar con tarjeta. Simplemente me han dirigido a un diminuto pedestal con una pantalla táctil en la parte superior y me han hecho estampar mi garabato con el clásico palito propio de las PDAs. Acto seguido, la máquina registradora ha escupido el ticket de compra con mi firma incorporada electrónicamente. Fascinado por esta nueva maravilla tecnológica, me he puesto a cavilar sobre cuánto tiempo debe faltar para que incluso este sistema tan innovador quede desfasado. Imagino que para cuando la identificación del poseedor de la tarjeta se haga mediante comprobación de huella dactilar o de iris ocular, es decir a la que las entidades financieras actualicen sus bases de datos. Diez-quince años, a lo sumo.

Y entonces he caído en la cuenta de que en breve la escritura quedará obsoleta. Si ya nos quitan incluso la firma, en pocos años la caligrafía no servirá para nada, auguro. Personalmente, cada vez utilizo menos los lápices y los bolígrafos: en el trabajo para emitir los cheques, básicamente, y hasta no hace mucho garabateaba mis notas en Post-its, pero desde que he descubierto las Sticky Notes (algo que ya existía en Linux desde hace lustros) incluso mi consumo de pegatinas amarillas se ha visto reducido a la nada más absoluta. Los albaranes los hacemos por ordenador, los mails obviamente (¿alguien recuerda los sellos de correo?), los mapas los genera el Google Maps, las fotos vía Photoshop, y así con todo. Mi proveedor habitual de material de oficina no para de llamarme, escamado por si he emigrado a la competencia, y la semana pasada me confesaba que sus demandas de papel han caído en picado de un tiempo a esta parte. Lógico, pensé yo, si en cuatro días ya nadie sabrá escribir...

Lo cierto es que esta última frase puede parecer una tontería pero no lo es. Entre tanta pantalla táctil, tanto móvil inteligente y tanto teclado inalámbrico llega un punto en el que en casa los únicos trastos que sobran son el bloc de notas y el lapicero. ¿Por qué hay que seguir enseñando a los niños desde el parvulario a pintarrajear y a escribir, si para cuando lleguen a la facultad ya habrá un micro inteligente que captará las palabras del profesor y las transcribirá en los apuntes electrónicos? ¿Para qué martirizarlos con lo de mejorar el trazo y lo de ser zurdos o diestros si en cuatro días lo único que distinguirá a los de derechas de los de izquierdas será la configuración del ratón o la mano que usan para pulsar las opciones de su pantalla táctil? Y eso si no prospera aún más rápidamente el software de reconocimiento de voz: ni manos necesitaremos. ¿No sería más eficaz enseñar a los infantes a manejar el Paint a la hora de rellenar de colorines los dibujos de los globitos y el elefante? Ahora que todo el mundo habla de las reformas educativas, de las terceras horas y demás, sería el momento adecuado para una propuesta arriesgada de estas características. Más que nada para poder decir con voz nasal: "¿la caligrafía? Es taaaan 'siglo veinte'"...

Etiquetas: ,



Comentarios »